Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, ver alguna de las fotos que hago o deshago, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"), mis pinturas al óleo, acuarelas, pasteles (uhmmm rico rico) cabroncillos, digo, carboncillos, experimentos digitales, caricaturas retratos o monstruosidades (que las habrá, no digo que no) que salgan de mi perola a través de mis manos, con la ayuda de mis ojos y a pesar de mi capacidad de raciocinio. Y, como dice una de mis numerosas sobrinas, todo esto será... pooooooooco a pooooooooooco jajuja. Por cierto, todas las imágenes y los textos de mi blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

sábado, 22 de diciembre de 2012

A la esperanza

Cuando saliste de tu cautiverio,
era yo quien te esperaba.
Me abrí paso entre la bruma y te recogí la maleta.
Estabas temblando. Ni te atrevías a mirarme a los ojos.
Yo ya no recordaba cuándo te perdoné.
Tus labios estaban frios, agrietados.
Te di un beso en la frente y te cubrí los hombros.
Apenas podías andar. Tendrías que acostumbrarte.
Llorabas, aunque tus lágrimas morían
en la lluvia que golpeaba nuestras almas.
No hubo palabras cuando decidiste no acompañarme.
No pudiste soportarlo. Revivirlo.
Yo no quise insistir.
Creo que, en cierta manera, tu decisión me liberó.
Después de tantos años, de tanta oscuridad,
me sentí libre.
Me fui, con tu cuerpo desdibujado
por el aguacero, en la retina.
Y no volví a verte jamás. No me importa.
Ahora veo que en realidad
nunca fuiste más que un sueño.
Y que al fin, puedo bajar los brazos,
doloridos, agarrotados,
y darme por vencido.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Morir en el mar


Siempre creí que moriría en el mar,
que las olas mecerían en sus brazos
mis sueños de ayer.

Siempre pensé que la oscuridad me cegaría,
que me quemaría los pulmones
el fuego de la espuma.

Supe desde niño, que un océano me mataría de sed.

Y que las olas, 
y la espuma,
y el océano

serías tú.




Con las uñas



Con las uñas, cavé para ti una tumba.

Mis lágrimas brotaron
como flores sobre ella,
y mi tristeza de amor
sigue quemando,
cada noche que sobre mí
la bóveda celeste
se derrumba.

Pero sigo viendo tu cara de ángel,
como de niña caprichosa,
mirándome con pena infinita,
oculta tras una estrella.






El dolor


Hay una bestia en tu interior

que puebla y aterroriza tus sueños.

Hay una fiera que araña tus entrañas,

y en las noches más negras,

aplasta tu sonrisa.

Hay un dolor en ti más allá del dolor, 

que únicamente su mano podría aliviar.

De nadie más. 


Jamás.




Ciego amor



¡Oh ciego amor!¡Amor sin límites! 

¿Cuánto castigo me infringes amparado en las sombras?

¡Oh amor ciego! ¡Amor ingrato!

¿Qué se encontrarán mis ojos

 cuando no los deslumbren los tuyos?

¡Oh amor, amor! ¿Qué son estas heridas que sangran,

que gritan dolor,

ahora que no te tengo?





Corazón


El amor te puso a mis pies.

Y cuando te tenía a mi merced

y pensé que era el momento de destruirte,

ese mismo amor te salvó de mí,

volviendo grana mi negro corazón.



jueves, 27 de septiembre de 2012

Sombra en el portal

Recorriendo las calles envueltas en las penumbras de la noche, el eco de los pasos se perdía entre esquinas, apenas iluminadas por las farolas cansadas de ahuyentar sombras. Las que, agazapadas en los portales oscuros, nos observan pasar, sin decir nada, con la frialdad de una presencia que no perteneciera a este mundo.

 

sábado, 9 de junio de 2012

Las cuatro cartas


El paseo entre los frondosos árboles que guardaban las quietas aguas del estanque empezó expectante mientras bailaban nerviosamente entre sus manos las cuatro cartas recibidas desde la capital.
Las palmas de las manos empezaron a sudarle y su pecho se agitaba rápidamente lleno de ansiedad.

Abrió la primera carta con torpeza y dejó caer el sobre amarillo que se confundió enseguida con las margaritas.
“Querida Laura, soy el hombre más feliz el mundo. Bendito sea el día en que tus padres invitaron a los míos a vuestra casa de campo. Pude conocerte, y desde ese momento no paro de pensar en ti. Pienso en todos los momentos que compartimos.  Aquella primera cena en familia donde descubrí  tu radiante hermosura. Esa delicada manera que tienes de coger los cubiertos y llevarte la comida a los labios. Esa forma de mirar que me hacía temblar como hoja al viento. Fueron  días inolvidables. Espero que volvamos a reunirnos pronto y disfrutar así nuevamente de tu compañía.

Enteramente tuyo.
Roberto”

Laura suspiró mirando al cielo azul. Sonriendo abrió precipitadamente la segunda carta. El sobre de color rosa cayó balanceándose hasta el camino:

“Adorada mamá: al mismo tiempo que ésta le he pedido a nuestra ama de llaves que haga llegar una carta a Laura agradeciéndole la hospitalidad de que hicieron gala con nosotros ella y sus padres.  Espero que por fin te calmes y me dejes tranquilo. He hecho todo lo que me has pedido, he sido amable con ella, a veces hasta demasiado, pero no puedo evitarlo: me da asco. Es una niña repipi, consentida, aburrida y todavía sueña con que llegará su príncipe azul algún día jajaja y por los ojillos que me pone estoy seguro de que  piensa que soy yo. Pero como no la secuestre un pitufo montado en una cabra…
Vuelve pronto mamá, te echo mucho de menos. Mi cama es un témpano sin tu cuerpo a mi lado.
Tu hijo que te necesita.

Roberto”

Laura releyó el texto una y otra vez sin dar crédito a su contenido. Se ruborizó hasta la raíz del pelo y unas lágrimas de rabia se adivinaban a punto de estallar en sus ojos.
Ya sin tanta prisa, más bien con la cautela con la que se desactiva una bomba, abrió la tercera carta. El sobre era otra vez amarillo:

“Inolvidable Laura: no he podido substraerme a la necesidad de volverte a escribir cuando la primera carta aún esta batiendo sus alas hacia tu casa. Nunca había sentido tanta dicha con ningún ser humano como la que he sentido  contigo. Los besos que nos dimos escondidos tras la cortina de la biblioteca de tu padre encendieron mi cuerpo como un árbol de Navidad. El brillo húmedo de tus ojos, tan cerca de los míos, se me antojaron estrellas queriendo hacerse sitio en la noche más oscura. Iluminaste mi alma y prendiste fuego a mis sentidos. En aquel preciso momento supe que te quería, que quería morir a tu lado, que murieses tú al mío, lo mismo daba. Para entonces, te aseguro que ya te habría devuelto esa pequeña cantidad de dinero que me has prestado. Y con creces. Adoro tus rizos dorados, tus manos hechas de lirios blancos entretejidos. Y aunque sé que no es el momento más apropiado, necesito que me consigas un poco más de dinero. Tú y yo sabemos que lo que importa es el amor que nos tenemos y la felicidad que sentimos al estar juntos. Pero lo necesito para un proyecto que te sorprenderá.
Mi querida Laura, no veo el día de poder estar de nuevo unidos, como aquella noche en el jardín. Por cierto, ¿se te fueron las manchas del vestido?

Tuyo eternamente.
Roberto.

PD: con que me mandes una cantidad similar a la anterior creo que me servirá.”
¿Y ahora esto? El desconcierto de Laura aumentaba exponencialmente. La cuarta carta le temblaba en las manos. El sobre era blanco y el perfume que emanaba le aturdió por un instante.
La abrió. Y cuando acabó de leerla rompió a llorar. Y al instante reía como una loca y volvía a llorar y a reír, hasta que al fin se calmó y caminó lentamente, con la mirada perdida. Ya en la orilla del lago, dejó caer las cuatro cartas, que se empaparon y hundieron en sus aguas.


-Joderrr, ¿no nos vas a dejar sin saber lo que contiene la cuarta carta, no?
-Está bien, quería que fuera un misterio para que cada cual imaginase su contenido y porqué le había afectado de esa forma a Laura. Pero vale, aunque me temo que os va a decepcionar. Es una carta de mierda. Ahí va:

“Amado Luis Rodolfo: eres un cabronazo, me tienes desesperado todo el día. No me llamas, no sé nada de ti desde hace una semana. Sé que quieres castigarme con tu indiferencia. Ya te he conseguido dinero, y pronto te mandaré más. No puedo soportarlo, quiero irme a vivir contigo, quiero dejar de aguantar  al mafioso de mi padre, a la puta de mi madre y a esa ama de llaves que me la tiene jurada desde que la vi guarreando con mi viejo. Cuando le ordeno cualquier cosa, como llevar alguna carta a correos me  mira con un odio enfermizo. ¡Es diabólica! Te lo suplico Luisito,  llévame contigo, ¡sálvame!

Me muero por tus cartílagos.
El amor de tu vida.

Tu Robi”

jajaja, ¡os lo dije o no os lo dije! ¡Pues ahí la tenéis! Pero a mí, lo que más me gusta es la pintura digital y los caretos que se perciben camuflados entre la vegetación alrededor de Laura.

domingo, 1 de abril de 2012

Abandonada




Aunque no le conocía de nada, aquél día sintió la necesidad de acercarse a él. Fué un gran error, aunque ella ahora, desde la distancia, no lo percibía así. Eran dos mundos opuestos. Quizás por eso le atraía tanto. Y ella fué con el tiempo haciendo pequeños y grandes sacrificios para navegar tras la estela que él iba dejando en su frenético deambular por el mundo. Alguna vez ella le alcanzaba con gran esfuerzo, le ofrecía a él su sonrisa, desde allí abajo, esperando una respuesta en su mirada, pero no hallaba más que un gesto de indiferencia, o incluso, a veces, de desprecio. El tránsito hasta su corazón se tornaba en ocasiones agónico, el camino rocoso, el polvo que levantaban sus pisadas y que ella tragaba con resignación, extenuantes. Un glorioso día, un día como no hubo otro, él dejó de mirar el horizonte y se giró para mirarla. Él pudo ver sus mejillas arreboladas, el brillo acuoso de sus ojos, y le sonrió con un gesto de extrañeza. A ella, esa sonrisa le pareció un destellante faro en plena noche. Pero sólo fue un espejismo. La luz desapareció en la inmensidad del destino que él se había marcado a sí mismo. Y ella se quedó sola. Caída en el camino, en medio de un mundo desolado, incendiado, destruido. Sola, sin identidad, con las heridas que la brutal carrera tras el hombre que amaba le había infligido. Comprendió que partes de ella no volverían a renacer de las cenizas. Y mientras tanto, el crepitar de las llamas seguiría rompiendo el nuevo silencio de su nuevo mundo.

lunes, 19 de marzo de 2012

El hombre que espera

Un hombre está de pié, rígido en la orilla de la playa, en plena noche, mientras observa a lo lejos cómo arde la ciudad. Alrededor de él, un espacio desolado, con restos abandonados en la arena, quizás de barcas desvencijadas. Las gaviotas se desplazan contra su voluntad movidas por una amenaza que no comprenden. El ambiente es pesado, agobiante.


Mantiene las manos en los bolsillos de su gabardina. Se inclina un poco hacia adelante, como si acabara de observar algo en la distancia que le interesa. Sigue expectante, en silencio. No hay nadie a su lado con quien compartir su preocupación. Pero no importa. Las llamas lejanas revolotean en sus pupilas y le hacen ver fantasmas creándose y destruyéndose en su alocado ascenso hacia el cielo. Una repentina brisa le mete el frio por el cuello de la camisa y le sacude el cuerpo, que tiembla como una rama mojada en un ciclón. Y de nuevo la calma. Parece vencido, y hace un gesto de retorno. Gira la cara. El dolor araña su frente y hunde la mirada en la arena. De repente un chisporreteo lejano le devuelve al hueco creado por la larga espera (hueco en el espacio, hueco en el tiempo). Las gaviotas graznan riéndose de él, las costillas roídas de las barcas muertas parecen grandes bocas que amenazan con devorarle vivo. O casi.

¿Debe seguir allí? ¿Ha de emprender el largo viaje a lo desconocido sólo? De su presente derrumbado no ha quedado nada. Ningún superviviente, ningún rehén. Sin embargo, aún no está todo perdido, seguirá esperando un poco más. Pero también, un poco menos.