Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, ver alguna de las fotos que hago o deshago, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"), mis pinturas al óleo, acuarelas, pasteles (uhmmm rico rico) cabroncillos, digo, carboncillos, experimentos digitales, caricaturas retratos o monstruosidades (que las habrá, no digo que no) que salgan de mi perola a través de mis manos, con la ayuda de mis ojos y a pesar de mi capacidad de raciocinio. Y, como dice una de mis numerosas sobrinas, todo esto será... pooooooooco a pooooooooooco jajuja. Por cierto, todas las imágenes y los textos de mi blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

sábado, 29 de octubre de 2016

Laberinto de locura

Caen las gotas de lluvia sobre el reloj.
Destellos de faros en la noche
nacen y mueren, 
emergen y se sumergen,
cantan y lloran,
se levantan y al poco 
caen de nuevo
en el olvido
y desaparecen entre sombras 
de dolor y odio,
que torturan recuerdos
hasta hacerles gritar,
hasta que rasgan el camino
por el que un río de estrellas
viajará hasta tu boca.

Y girarás la cabeza para mirarme,
y tu mirada temblará 
buscándome en la oscuridad
del laberinto de locura
en el que me extraviaste 
para siempre.


jueves, 27 de octubre de 2016

Autoretrato

Llevaba tiempo engañándose a sí mismo. Jésica se había convertido en toda su vida.
Ella tenia la belleza, la juventud, ese tipo de energía que a él le hacía fluir e hinchar el pecho de felicidad.

Estaba llena de alegría, de sueños que quería realizar con él. Y él se dejaba llevar, como en un vals, bailando y dando vueltas arropados por la música en un gran salón de luces doradas.

¡Cómo un simple acto inocente puede destruir pirámides, derrumbar rascacielos! Jésica, jugando, insistió en que se hicieran una foto con el móvil, juntos, abrazaditos. Y cuando se vio junto a ella en la pantalla, estático como un árbol, abrió los ojos por primera vez. Se descubrió derruido, acabado, avergonzado de aprovechar la vitalidad de Jesica para mantenerse vivo. Se sintió como los restos de un naufragio que insistían en sobrevivir al capricho de las olas, queriendo seguir mirando al sol.

Ese día tomó la decisión. Se fue soltando de ella lenta, dolorosamente. Y la oscuridad del océano le engulló sin hacer ningún ruido.



lunes, 24 de octubre de 2016

Búscame en las estrellas

Su mujer le dijo la verdad señalando al cielo. Ningún moribundo miente: "Búscame allí, te esperaré en las estrellas"

Una mañana, Miguel emprendió la búsqueda. Anduvo durante días, y las noches se tumbaba mirando el firmamento. Pero por más que buscaba no hallaba rastro de Teresa.

Una noche decidió seguir caminando, pegado al arcén de la carretera, con su hatillo colgando del hombro y sus ochenta años pesándole en las piernas y en el corazón.

El camión con todas sus luces encendidas salió forzado de la curva. En un instante, salió el sol para Miguel y le arrolló.

Se vio a sí mismo tumbado en el asfalto, con la cena aplastada, su mano abierta y aún temblando. Se sintió flotando sobre el conductor que pedía la ayuda de su dios y lloraba de frustración junto al cuerpo inerte y roto de un anciano loco.

Miguel se sintió ligero y seguro. Una voz familiar le susurraba al oído y le hacía reír por primera vez en mucho tiempo. Miró hacia abajo y supo que había llegado. Su mujer le aguardaba, sentada en el borde del Universo.



jueves, 20 de octubre de 2016

Hada perdida

Algunas hadas son tan curiosas que a lo largo de los tiempos desarrollan un cuello muy muy largo. Se asoman tras los troncos de los árboles, atisban entre las hojas todo cuanto acontece en el bosque. Nada se escapa a sus chispeantes ojitos. Pero ¡ay!, en ocasiones, una de ellas se despista y se extravía. Y sus hipos lacrimosos llaman la atención de los maléficos espíritus que habitan la oscuridad...

viernes, 14 de octubre de 2016

Clara la soberbia

Clara la rompecorazones, la más bella criatura sobre la Tierra, la de los ojos de gacela... no tenía amigos. Las chicas porque las despreciaba, los chicos porque acababan con el corazón roto y sangrando en las caballerizas de palacio.

La soberbia de Clara no tenía límites, ni se parecía a ninguna cosa que nadie hubiera visto jamás en un ser humano. Se sentía tan orgullosa de sí misma que se llegó a interesar por el espejo del que todo el mundo hablaba. El espejo que reflejaba la auténtica y completa belleza de quien se miraba en él.

Muchas mujeres de lejanos rincones del mundo hablaban maravillas de él. Se quedaron fascinadas de lo que vieron y su satisfacción la predicaban a la rosa de los vientos.

Clara acudió con su matrona al castillo de la bruja que lo protegía en lo alto de la torre, cubierto por finas telas de seda negra y azul.

La bruja le recitó los avisos de rigor, pero Clara la apartó con la mano y subió las escaleras ansiosa. La matrona llegó resoplando justo a tiempo para ver a Clara sentada frente al espejo, en camisón, con el pelo suelto cayéndole en cascada por la espalda.

Clara pellizcó la tela de seda y la tiró al suelo. Emitió un quejido y enmudeció.

La matrona miró sobre el hombro desnudo de Clara la imagen que devolvía el espejo y un chillido de terror rasgó su garganta.

Clara sin embargo, pareció reconocerse en él. Se pasó la mano por la cara, se emocionó observando las membranas nictitantes en los ojos y al sonreír, sus dientes brillaron como cuchillos a la luz de las velas.


sábado, 8 de octubre de 2016

Reencuentro


Era tan hermosa, que el espantapájaros soñaba con que se acercara lo suficiente para que rozara su ropa, con que la brisa le ayudara a mover sus manos de paja y rodearla por la cintura. Soñaba con su dorado cabello bailando al viento sobre su cara de esparto.

Clavado en el campo, crucificado como un bandido, con los bolsillos llenos de semillas y tierra, miraba de nuevo asomarse el sol entre las espigas, relampagueando chispas de luz, agigantando su sombra primero hasta hacerla desaparecer a sus pies.

La niña se acercó a él un día radiante. Se rió de su cara de trapo, y él le reía, de su sombrero agujereado y sucio, y él sonreía. Se rió de su chaqueta a cuadros, de los bolsillos descosidos, de sus pantalones rotos. Y él se moría de vergüenza, hundida la barbilla en el pecho, deseando poder salir corriendo y perderse.

Al amanecer, seguían retumbando en su cabeza las risas, que poblaban el aire como mariposas tristes. Y por un instante se sintió humano al notarse lágrimas, que mostraran el dolor que le atormentaba. Pero solo era rocío. Y los cuervos, viejos amigos, se posaron en sus brazos de nuevo. Para ellos, él era el perfecto espantaniñas.


domingo, 2 de octubre de 2016

Convaleciente


Tuvo que recorrer medio mundo. Le habían avisado unos parientes. Ella se estaba muriendo y un único nombre salía entre susurros de sus labios: Javier.

Cuando bajó del autobús le estaban esperando. Le llevaron a toda prisa hasta la casa de María. En la entrada, la madre le miró de reojo con desprecio y le dió la espalda. Javier entró en la casa sin decir nada, buscando con la mirada. La hermana de María le abrió la puerta del cuarto y desde el umbral Javier sintió el corazón detenerse.

Se arrodilló junto a la cama y sujetó con dulzura su mano. Ella giró la cabeza con esfuerzo, miró a Javier y sus ojos enrojecidos parecieron transformarse en cristales. Javier sintió un ahogo atascándole la garganta.

Los primeros rayos de sol empezaban a atravesar la ventana y les iluminó débilmente. Él no pudo aguantar más y rompió a llorar justo cuando María exhaló un largo suspiro que la vació por dentro, mientras apretaba con sus últimas fuerzas la mano de Javier. Él permanecío durante mucho tiempo junto a ella rememorando los momentos felices. Pero cada vez que traía escenas de la separación a su mente, notaba que la garganta le negaba el derecho a vivir.

Cuando Javier tomó el camino de vuelta, se quedó hipnotizado por el paisaje, sintiendo que con cada árbol, con cada casa, con cada ser humano que desaparecía tras él, dejaba un jirón de su alma cosido al recuerdo de María.


sábado, 1 de octubre de 2016

Como un tiro en la frente

La luz del amanecer la despertó una vez más. Llegaba tarde, así que directamente se vistió ante la mirada de su perro que la observaba con los ojos muy abiertos, tumbado en la cuna.
Entró en el cuarto de su madre y le dio un beso en la mejilla para no despertarla. Le extrañó verla rodeada de pañuelos de papel usados.

Salió de puntillas de la casa cerrando suavemente. Corrió hasta el ascensor, salió a la calle y le enfadó mojarse con la lluvia. Subió al autobús, saludó con la cabeza a los habituales desconocidos, que pasaron de ella, y se encogió de hombros.

Llegó a la oficina. Hacía un día de perros para todos. Nadie levantaba la mano ni la mirada para saludarla ni darle los buenos días. Qué asco. Se sentó en su mesa y se sonó los mocos. Le asqueó ver un poco de sangre en el papel.

Los compañeros estaban haciendo corrillos, alguna compañera daba un grito y se echaba a llorar. Algo grave había pasado. Pero ahora tenía algo más urgente de lo que ocuparse. La nariz no paraba de sangrarle y se fue al baño. Se lavó las manos y la cara. Le molestaba algo la frente y se miró al espejo. Se quedó helada. Tenía un enorme boquete entre ceja y ceja.

Una compañera entró hipando en el baño y se le echó encima, literalmente la atravesó, ocupaba todo su espacio físico como si... Volvió a mirarse al espejo horrorizada. Se metió el dedo en el agujero de la frente y a continuación las dos manos en la nuca. Un enorme boquete se abría donde debía estar su cráneo. En ese momento fue consciente de que nunca más volvería a trabajar en aquella oficina.