Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, ver alguna de las fotos que hago o deshago, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"), mis pinturas al óleo, acuarelas, pasteles (uhmmm rico rico) cabroncillos, digo, carboncillos, experimentos digitales, caricaturas retratos o monstruosidades (que las habrá, no digo que no) que salgan de mi perola a través de mis manos, con la ayuda de mis ojos y a pesar de mi capacidad de raciocinio. Y, como dice una de mis numerosas sobrinas, todo esto será... pooooooooco a pooooooooooco jajuja. Por cierto, todas las imágenes y los textos de mi blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

sábado, 6 de mayo de 2017

ALIENAUTA

"Shhiiiishhhh..."
Los altavoces de la nave emitían un sonido penetrante.
Con la mano aún temblando, Robert activó el micrófono.
 -Robert a Base. -tragó saliva-. Robert a Base...
Al fin una voz neutra respondió al otro lado.
 -Aquí Base. La comunicación es defectuosa pero le oímos Robert. Adelante.
 -Aborten reentrada. Repito, aborten reentrada.
 -Imposible Robert. La misión debe seguir adelante según lo establecido.
 -Negativo Base. La carga se ha visto comprometida. Han muerto todos...
 -Robert...
Sshhhhishhhhhh
 - Robert. ¿Nos oyes?
Sshhhhhhhhhhh
 -Todos muertos... -gimió.
Robert cayó al suelo y quedó boca arriba. Su cuerpo entró en crisis: los ojos en blanco, las extremidades se convulsionaron y de la boca, un líquido anaranjado burbujeó hacia su nuca.
Paulatinamente los miembros de la nave le rodearon en silencio. Las cuencas vacías de ojos, los labios carcomidos, los dientes podridos hasta la raíz. Todos se giraron con ojos sanguinolentos hacia la voz que emitió el ordenador central de la nave.
-¡Atención: próximo destino, la Tierra!

Alienauta - ilustración digital



miércoles, 3 de mayo de 2017

FE MALDITA


El padre Samuel estaba un poco harto de repartir hostias. 

Cada vez estaba más convencido de que quienes tomaban el Cuerpo de Cristo no lo merecían. ¿Cristianos? ¡Ja! Usaban la religión para justificar sus vicios y ocultar sus zonas más oscuras. "Perdóneme Padre porque..." bla, bla, bla.

Estaba pasando una crisis, como cuando empezó el noviciado. Le cansaba ponerse y quitarse el alba, la casulla, la estola. Sostener el copón se le hacía insufrible hasta tal punto que le tentaba golpear en la cabeza a algún que otro creyente cretino, reincidente en abyectos actos mil veces confesados y mil veces perdonados a los ojos de Dios.

Una feligresa le aguardaba arrodillada en el confesionario. Se colgó la cruz sobre la sotana y cerró la cortina granate al sentarse en el interior. Se persignó tres veces y miró a la mujer a través de la celosía. Era de una hermosura virginal. Ninguna imagen de santa o Vírgen de las que había visto a lo largo de su vida se le podían igualar.

Sin embargo, ese olor... Una mezcla entre dulce y amargo, un olor estanco, de patio húmedo y deshabitado.

El padre Samuel le hizo la señal de la cruz y la mujer pareció girar el rostro de pronto.

-¿Está Vd. bien?

La mujer, cubierta con una capucha negra, respondió en un idioma desconocido para él que sonaba a lascas cayendo sobre el agua.

Samuel se cubrió la cara con la mano en un gesto pensativo y escuchó escalofriantes gruñidos convencido de que cesarían pronto y ella empezaría a disculparse y a confesar pecados interesantes. 

Por fuera oyó murmullos y pasos apresurados que se dirigían a la salida dejando la iglesia en silencio. Casi podía oír los quejidos del pábilo de las velas derritiendo la cera. 

Un siseo le sobresaltó. Volvió a mirar a través de las finas tiras de madera, pero la mujer ya no estaba, lo que le produjo un cabreo irracional. ¡Más de lo mismo! El mundo se volvía loco por momentos. Se levantó bruscamente, corrió la cortina y dio un respingo: la mujer, de pie frente a él, le miraba con dos círculos incandescentes, abriendo la boca lentamente. Un hilo de saliva espesa unía los colmillos de ambas mandíbulas. Samuel se quedó petrificado cuando ella le asestó un mordisco brutal del que no pudo zafarse. Todo se le desenfocó y perdió el conocimiento.

En estado inconsciente, su cuerpo se metamorfoseó. Los feligreses más valientes que se le acercaban, huían espantados al verle.

Samuel recuperó el conocimiento y se incorporó con gran esfuerzo. Estaba rodeado de policías apuntándole con un arma. Gente común se protegía tras ellos. Le miraban con caras aterradas sin decir nada. Y el padre Samuel seguía sorprendido. No entendía nada. Pero una idea le inundó el cerebro: La iglesia emanaba un olor exquisito a sangre caliente y líquida. Y él se sintió poseído por una sed primitiva, que abría la garganta de todas sus células empujándole a saciarla.

Miró, como lo haría un depredador salvaje, a una de sus beatas favoritas. Toda la nave, la pila bautismal, los retablos, temblaron cuando saltó sobre ella como una bestia surgida del Averno.

Algunos de los presentes corrieron despavoridos, otros no podían reaccionar ante lo que veían, un par de policías dispararon sobre él hasta vaciar el cargador, pero Samuel seguía succionando incansable hasta que, una vez saciado su apetito, se levantó en silencio, se ajustó el alzacuellos con los dedos manchados de sangre, y ante la mirada atónita de todos, caminó como un dios entre lacayos hasta perderse en los secretos de la noche.


Fe maldita - ilustración digital

Bronco, el pirata

Era conocido como Bronco entre sus colegas.

Nunca aspiró a ser un grande, como Drake o Barbanegra. Solo quería regresar a su cabaña, darle de comer a su mascota y leer la montaña de viejos manuscritos que requisaba en sus abordajes. 

Dominaba varios idiomas, pero los textos que más le interesaban estaban caligrafiados en árabe. Se enamoró de los poemas, de los planos de barcos y edificios, de las filigranas geométricas, de las sorprendentes estructuras mecánicas... Pero sobre todo, lo que guardaba como un tesoro, era un pergamino amarillento y muy frágil con el que pasaba las horas muertas. En su deteriorada superficie, un artista anónimo dibujó con tinta de color caldera y suaves toques de albayalde, unas figuras que representaban cuerpos de mujer, en poses de gran elegancia y cuya belleza artística le subyugaba. Las miró hasta quedarse dormido.

Cada vez que regresaba de uno de sus saqueos traía algo nuevo.
Aquella vez regresó con una bella muchacha de ojos rasgados a la que no entendía. Se ganó su confianza tratándola con respeto, dándole un poco de espacio en su choza. Intentó imitar las pinturas que le fascinaban copiando a la joven, con diferentes pigmentos y materiales, pero ninguna de sus obras le satisfacía. Hasta que, observando su frustración, la joven se acercó a él con una sonrisa. Le cogió el pincel, lo mojó en tinta de calamar y sobre un pedazo de piel de carnero que extendió sobre las tablas del piso, empezó a arrastrar las cerdas empapadas. Bronco, boquiabierto, fue testigo del mayor prodigio que jamás viera. Las líneas de tinta bailaban, se unían, se fusionaban y conformaban al fin una imagen de una belleza extrema. 

Miró a la muchacha. Apartó de su rostro la espesa melena azabache y la besó cerrando los ojos. Pero sintió un fuerte picotazo en la boca que le despertó de repente. Su loro tenía hambre. Tumbado en el suelo, miró a su alrededor. Ni rastro de ninguna chica, pero sí de una botella de ron que rodaba vacía junto a su cabeza.

Un soldado del rey de España pateó la puerta de su choza y la luz del sol le cegó unos segundos. No pudo levantarse. La bayoneta le atravesó el pecho y le dejaron agonizando allí mismo. El dibujo rojo intenso, que Bronco creó escupiendo sangre sobre los tablones de su choza, le enamoró hasta morir.




Bronco el pirata - ilustración digital

viernes, 14 de abril de 2017

ADVENIMIENTO

Ocurrió en la noche de primavera del año 0.

La lluvia iluminó la noche y entre sus gotas caían engarzadas las semillas doradas que les dió de comer durante 600 generaciones.

Cada aniversario, todo el pueblo esperaba, mirando al cielo, que se repitiera el milagro y que otro regalo les hiciera aún más felices.

Aquél aniversario se palpaba en el aire la certidumbre de que algo especial iba a ocurrir. Así que todas las miradas, todos los rostros se alineaban hacia la bóveda celeste, con la boca entreabierta, los manos entrelazadas y la respiración tensa en la garganta.

Se quedaron toda la noche esperando. Algunos empezaron a irse temprano y el goteo no cesó hasta que solo quedaron Asfon y Grugen en la explanada adornada de flores. Agotados, con la nuca dolorida, pero rebosantes de fe. 

El alba asomaba tímidamente sus deditos amarillos. 

Contenidas en los párpados, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Ellos eran los únicos que tenían la suficiente fe como para darse cuenta de que el milagro se había obrado una vez más: como cada día, el sol se elevaba sobre las montañas e irisaba la mies que rodeaba por completo la aldea, como un manto áureo de amor y vida.

Advenimiento - ilustración digital

VÍCTIMA MÚLTIPLE

Jash era un asesino. Algo peculiar, pero un asesino.

La primera vez que mató a Elisa fue la Nochevieja del 68.
Era la cajera del supermercado de su barrio. 

Cada vez que Jash coincidía con ella al pagar la compra, Elisa le miraba de forma burlona, o se mostraba grosera con él, o descortés, o le explotaba globos de chicle en las narices.

La odiaba. Jamás había odiado a nadie más en el mundo.

Un día, decidió seguirla para averiguar dónde vivía.

Y en la Nochevieja, cuando regresaba de festejarla con sus amigas,  en un tramo solitario del parque, la abordó ataviado con un disfraz y máscara de diablo.

Le obligó a desnudarse para humillarla mientras le relataba los motivos por los que iba a matarla. Elisa no paraba de llorar y suplicar.

A la mañana siguiente un corredor descubrió el cadáver.

Jash pasó la peor noche de su vida. No salió de su casa durante tres interminables días.

Al fin, muerto de miedo, entró en el supermercado. Temió que todos le reconocerían como el asesino de Elisa, pero nadie le prestó atención. Compró leche y pan y se puso en la cola de la caja tras cinco clientes. Le temblaban las manos. Cuando casi llegaba su turno, se fijó en la cajera y se mareó. Una rubia que masticaba chicle despachaba a una señora y de repente se le quedó mirando. ¡Era Elisa! ¡Imposible!

Elisa volvió a tratarle con desprecio y Jash planeó y ejecutó su muerte desde aquel día cientos de veces más. Hasta que ya no le quedaba odio, ni rencor. Y una noche, cuando Elisa gritaba de terror esperando que el hacha cayera sobre ella, Jash, agotado, dejó caer el arma al suelo de la cocina, y se sentó en las baldosas murmurando: "No puedo más".

Elisa había dejado de gritar, se agachó frente a él, le levantó la barbilla con el índice, le miró a los ojos con odio y le preguntó:

  -Entonces, ¿no me vas a asesinar más veces, pedazo de mierda?

Jash lloriqueaba y la miró. Apenas vio caerle el hacha en la frente una y otra vez.

A la mañana siguiente, Elisa estaba trabajando en el supermercado. El uniforme ocultaba la sangre seca de Jash que aún salpicaba su cuerpo. Miró hacia la puerta y empezó a reír a carcajadas salvajes.

Jash estaba de pie en la puerta de apertura automática, que rebotaba contra su cuerpo, con el hacha hundida en la cabeza y una enorme sonrisa en su cara de gilipollas múltiple.

Víctima múltiple - ilustración digital


viernes, 17 de marzo de 2017

La Matamoscas

El edificio de 6 plantas estaba libre de moscas. 

La vecina del primero, la Matadora, recorría todos los días las 6 plantas con su matamoscas de estrecho mango de alambre rematado por una pala rectangular con rejilla de plástico verde: Su arma de destrucción masiva.

En su ansia exterminadora había golpeado con saña al vecino del 4º cuyos ojos saltones y su boquita de pitillo provocaba sus bajos instintos.

La comunidad la soportaba por interés. Así que se encerraban en sus casas hasta que la exterminadora finalizaba su ronda insecticida. Jamás encontraban cadáveres. Alguien difundió el rumor de que se las comía.

¡Plis! ¡Plas! era una batalla despiadada en la que siempre vencía la raza humana.

Un día, la Matadora no hizo su ronda. A la semana de inactividad, los vecinos llamaron a la policía.

La policía avisó a los bomberos que derribaron la puerta. Un olor melífluo les invadió el cerebro a todos. Incontables criaderos de moscas colgaban del techo, de las paredes, cubriendo todo el espacio de la casa.

Entraron a gatas en el cuarto principal y allí se toparon con la Matadora en estado de pupa, palpitando sobre la cama. Sobre ella, un moscón gigante con un poderoso parecido al vecino del 4º, revoloteaba sobre ella amorosamente.

La Matamoscas

Hay ocasiones

Hay ocasiones en las que busco el vacío, en las que necesito arrasar la mesa y dejarla completamente limpia para centrarme y empezar de cero. Borrar con ansiedad la pizarra atestada hasta el límite de anotaciones, fórmulas, tópicos, máximas, chistes, improperios y al fin observarla despejada.

Hay ocasiones en las que anhelo pasear de noche sin rumbo por la ciudad, perderme en un bosque tupido en el que no haya nada conocido, sentarme durante un tiempo sin tiempo en un banco de piedra frente al océano con las manos en los bolsillos y las piernas estiradas y un pie sobre otro pie y la visera de la gorra tapándome las ideas, las fantasías, los recuerdos que me devuelven el dolor.

Hay ocasiones en las que no quiero más que tumbarme en la hierba sin otra cosa de la que preocuparme que estar bien, sentir el frescor de la brisa o el sol bailando sobre mi cara.

Y no por eso todo. Ni nada. Ni nunca. Ni ahora.

Y no por eso tú, ni yo, ni ayer.

Y no por eso, mañana.

Descanso en la hierba