Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


jueves, 1 de noviembre de 2018

Bajo el puente

Mientras cruza el puente, a Jon le parece escuchar en el aire un coro de ángeles, o un susurro celestial de aviso, como una advertencia sutil.

Los faros de los coches que vienen de frente aparecen y desaparecen como flases. Pero nadie le ve andar, y mucho menos le ven esa mirada, perdida en la oscuridad de su propio terror.

Sus pasos le llevan a un indeterminado lugar, y quizás a otros tiempos. ¿Cómo retrasar más la vuelta a casa? ¿cómo hacerla interminable? Cuantos más pasos, más dolor; cuantos más pensamientos, más desesperación.

A unos metros, un perro callejero le sigue. Se para cuando él se para. Se sienta cuando él mira al río.

Apoyado en el puente - ilustración digital
Ya de noche, al entrar en casa se enfrenta a su propia soledad. Enciende la lámpara del salón y cae derrotado sobre el sofá.

El perro está en la calle, sentado, mirando la ventana. Él se levanta a por una cerveza y lo ve fuera. Cruzan la vista un instante y la profunda mirada del perro cala en sus huesos. Le trae recuerdos. Jon abre la puerta de la calle y le grita para que se vaya. El perro se aleja unos pasos, él cierra la puerta y el perro vuelve y se queda allí, mirando intermitentemente a la puerta y a la ventana.

Le da un sorbo a la cerveza y se sienta a ver la tele. Zapea constantemente. Ningún canal le llama la atención, La apaga. Se deja vencer por el sueño. Al cabo de un par de horas despierta y se queda mirando al techo, la lámpara, el reloj de mesa, los cuadros en las paredes. Ninguno le dice nada. Se asoma otra vez a la ventana. El perro ya no está ahí. Mejor. Se dirije a la habitación a descansar. Se quita los zapatos y oye un ruido en la puerta principal. Dibuja una mueca en su cara. Va descalzo y la abre. El perro está allí, mirándole. Parece muy agotado. Respira con la lengua fuera, cierra la boca. Le mira fijamente como las aguas profundas del río.

-¿Quién eres?

Jon se echa a un lado e invita al perro a entrar. Tiene que insistir dos veces más. Cierra la puerta tras él y le pone un plato con leche que bebe ansiosamente. Le pone comida en un recipiente y se acuesta.

A la mañana siguiente Jon se levanta con un nuevo ánimo. Espera hablar con el perro, llevarle a un buen veterinario, pasear con él..., ¿quién sabe?

Pero el perro no está. Encuentra la puerta de la galería entreabierta.

Ese día recorrió los alrededores esperando tropezar con él de nuevo, pero no ocurrió.

Lentamente pasaron las semanas y sus paseos interminables por la ciudad le hastiaban. Se paró a mirar las oscuras aguas bajo el puente. Forzó un poco la vista. Le pareció ver a un perro abajo, junto a la orilla, y se apresuró. Al llegar comprobó que estaba en lo cierto. Era él, el mismo que le había incitado a intentar romper su aislamiento. Pero el perro estaba muerto.

Jon no le apreció ninguna herida. Venció su aprensión y le acarició la cabeza, sucia y húmeda. Tenía la lengua colgando y los ojos abiertos. Aún le brillaban. Realmente era un perro viejo, muy viejo. No quiso ni imaginar las penurias que habría sufrido. Jon supuso que le había sorprendido la muerte allí, o que quizás se había arrastrado hasta este lugar para morir con algo de dignidad. "No es mal sitio para morir" pensó.

Se quedó sentado junto a él, mirando la corriente del río y el reflejo fugaz de los destellos de los coches sobre ella.

Esa noche no volvería a su casa. Esa noche, se quedó él sentado, mirando al infinito, esperando que el perro le abriera la puerta.

Raúl Tamarit Martínez





El ramo de boda

Solo era un ramo de flores, pero no un ramo de flores cualquiera.
Florina se afanaba en acudir a todas las bodas que podía, fuera como amiga o como visitante espontánea. Es lo que tienen algunas bodas, no se puede controlar a todo el mundo que acude. ¿Será un familiar que no reconocemos o será amiga de alguno? En fin, lo mejor era no darle importancia mientras no consumiera un cubierto en la mesa.
De esas dudas y sonrisas falsas se alimentaba Florina y se las arreglaba siempre para estar entre las damas que saltaban peleándose por conseguir el ramo de flores que la novia lanzaba al aire. Florina no se perdía ni un solo fotograma de la película que comenzaba en la mano de la novia, el ramo se despegaba de sus dedos, flotaba en el aire dando vueltas y vueltas, algún pétalo salía despedido al espacio en el viaje de reentrada a la atmósfera y seguía cayendo, haciendo espirales irregulares hacia las decenas de uñas de variopintos colores que se estiraban para agarrarlo. Pero las garras de Florina estaban hiperdesarrolladas y sus dedos se estiraban hasta lo indecible más que cualquiera de los demás. Sus falanges se tornaban gomosos y elásticos así como sus uñas kilométricas. Esas armas junto con algún empujón estratégico bastaban para conseguir el premio gordo. El ramo de la novia, la confirmación de que la próxima en casarse iba a ser ella.
El ramo de novia - ilustración digital
Cuando lo atrapaba gritaba, reía y lloraba de felicidad, se arrodillaba en el suelo apretujando el ramo en su pecho, como si se tratara de un bebé. Y las demás se apartaban de ella espantadas por el bochornoso espectáculo y la dejaban sola con su delirio.
Siempre acababa así. Florina se recomponía y con su ramo de flores, como una loca, paseaba por los alrededores del recinto, por los jardines, ignorando a las mujeres y mirando fijamente a los ojos de todos los hombres con los que se cruzaba, no le importaba que ellos la rehuyeran.
Al cabo de unas horas empezaba a sentir asco de todos ellos y comenzaba el regreso a su casa. Muchas veces andando, otras en autobús y las menos en taxi.
Al entrar en su casa, su madre le preguntaba desde la mecedora de la salita y ella se encerraba en su cuarto dando un portazo sin responder. Se sentaba en la cama y se comía el ramo. Empezaba con las florecillas más pequeñas y acababa royendo los tallos más duros. Después lo vomitaba todo, se duchaba, se ponía el pijama y hacía compañía a su madre, que la miraba de reojo con desaprobación.
Pasaron meses hasta que vio anunciada la boda de los Vinissiti. El día de la boda, consiguió pasar por entre los vigilantes de la puerta confundida en medio de un gran grupo de personas. Con su vaporoso vestido rosa hecho por ella, imitación a un Versace que le fascinó, rematado con una pamela al estilo Audrey Hepburn en "Desayuno con diamantes" a la que le cosió unas flores alrededor. Los zapatos de tacón alto a juego se los compró en un rastrillo, pero a ella le parecieron los de una princesa.
Una vez dentro de la fastuosa finca, fue repartiendo sonrisas a diestro y siniestro, intentando que no se le notara demasiado la férula dental. Los invitados se repartían por los alrededores del jardín y alguno se atrevía a adentrarse en el impresionante laberinto a espaldas del edificio.
Clarisa Vinissiti esperó a hacerle el corte a la enorme tarta con una espada del siglo XVI de la familia, antes de iniciar la ceremonia de lanzamiento del ramo.
Esta vez Florina no tenía apenas competencia, la mayoría de las jóvenes solteras lo rehuían por vergüenza, sin embargo alguna aceptaba por amistad hacia la novia. Pero incluso aunque hubieran luchado por él, no eran competencia para Florina. Nuevamente lo cazó como si se tratara de una inocente paloma y ella un ave de rapiña. Las otras cinco pretendientes se asustaron al oír su grito de triunfo y le hicieron el vacío. Florina respiro profundamente y salió del gran salón abrazada al ramo. Como de costumbre recorrió cada rincón en busca de su media naranja (¿víctima?) y sin darse cuenta entró en el laberinto.
Los muros de cipreses mutilados la forzaban a girar, a volver, a detenerse. En uno de los recodos descubrió un pequeño asiento de piedra. Descansó en él hasta que una joven pareja dobló la esquina y la vieron. El joven, al verla sofocada, se inclinó para preguntarle:
-¿Se encuentra usted bien, señorita?
La jovencita le sujetó el brazo con fuerza y tiró discretamente de él. Presentía en Florina cierta energía que la inquietó.
Florina miró al muchacho con ojos brillantes, pasó la lengua por sus labios para hacerlos más atractivos y le dijo:
-Mira, he conseguido el ramo de la novia. ¿Quieres casarte conmigo?
La acompañante del chico estiró de él ya sin contemplaciones.
-¡Vámonos de aquí! ¡Venga!
El muchacho aún desconcertado por la pregunta de Florina, se dejó arrastrar por su pareja hasta que la perdieron de vista.
-¿No te has dado cuenta? ¡Esa tía está loca! ¡Vámonos de aquí!
-¡Eh, cálmate! ¿No crees que estás exagerando? Me vas a arrancar la manga.
Florina les siguió con la intención de salir del laberinto y volver a su casa lo antes posible. Su frustración esta vez era absoluta.
Los jóvenes, que creían que les seguía con turbias intenciones, se pusieron nerviosos, no acertaban con el camino de salida, y se adentraban más y más en el laberinto seguidos de cerca por la esperpéntica figura de Florina, cuyo vestido empezaba a mostrar varios girones y las flores se le caían mustias a los lados del sombrero.
Tras varias caídas y con un ataque de nervios, la chica de la pareja lanzó un alarido de alivio al verse en el centro justo del dédalo, con la fuente y la estatua del arcángel Gabriel en el centro. De la punta de la espada del ángel surgía un flojo chorro de agua cristalina. Los dos jóvenes se apoyaron en el borde de la fuente sin parar de vigilar la salida por la que ellos habían llegado. Florina no aparecía por ella. Pensaron que había dejado de seguirles pero seguían tensos. Se mojaron la cara y la nuca. Estaban aterrorizados. Se pusieron a gritar auxilio y al cabo de unos eternos minutos el guarda de la finca apareció y les acompañó hasta el salón de la finca. Una vez allí, dieron la alarma por la presencia de la dama de rosa que les había acosado en el laberinto y que nadie conocía.
Mientras tanto Florina seguía perdida en el laberinto. Tras muchas vueltas, consiguió llegar a la fuente del ángel pero, al intentar agacharse para beber, sufrió un mareo y se golpeó en la frente con el dedo pulgar del arcángel. Cayó sin sentido dentro del estanque y se ahogó. La férula de plástico se le despegó de los dientes y quedó flotando junto con algunas hojas marchitas.
A la mañana siguiente muy temprano, la bruma cubría toda la loma y el laberinto aparecía rodeado de espirales de niebla fantasmagóricas.
El guarda, haciendo limpieza tras el festejo, llegó hasta el corazón del laberinto y advirtió un ramo de flores que sobresalía de la superficie del estanque. Se acercó y ahí estaba Florina, boca arriba, agarrada al ramo, como una Ofelia del siglo XXI, pero con una extraña sonrisa dibujada en sus labios. Sus ojos, abiertos e hinchados como huevos de gorrión, miraban fijamente al rostro cabizbajo del arcángel Gabriel, que parecía decirle muerto de amor: "Claro que sí, Florina. Sí quiero".

Desasosiego

Tu mirada la paseas por todas las cosas. Sigues sumida en tus pensamientos, los de ahora, los de antes. Las cosas que recuerdas te preguntas si fueron reales, o solo son fruto de tu imaginación. El camino a la cocina lo recorres sin pensarlo, te haces un café y te lo llevas al comedor. Te ves de pronto reflejada en una vitrina. ¡Qué frágil mueble! ¡qué frágil contenido! Haces un paralelismo entre tu vida y aquel endeble armatoste.

Desasosiego - 29,7x21cm - pastel y creta
Primero fueron tus padres, después tu hija y tu marido. Demasiadas pérdidas, demasiado dolor. Cayeron sobre ti como martillazos. Sin tiempo para recuperarse de uno, caía el otro implacable.

El silencio que te rodea ya es insoportable, y el brillo de la mesa de cerezo bajo tus dedos resecos, también.

El primer sorbo de café te hace estremecer. Por un momento piensas ¿y si fuera el último café? O el último latido...

Por el ventanal entra la luz cálida del atardecer. Lanzas un suspiro de alivio por Mira, tu querida gatita. La vecina la adora y no ha tenido inconveniente en quedársela un par de días. Mientras se lo pedías, intentaste que no notara que para ti, en este momento, no hay diferencia entre un par de días o un par de vidas.

La maleta lleva una semana preparada. Tienes la absoluta certeza de que debes romper con el pasado para sobrevivir, y crees haber encontrado la forma: huir, huir lo más lejos posible, donde nadie te conozca, ni nadie te traiga recuerdos.

No te molestas en llevarte la taza de café vacía a la cocina. El teléfono móvil lo has borrado varias veces. Un reseteo duro. Nada del pasado. Coges las llaves del coche. Cierras la casa con llave y dejas una copia en el buzón de tu vecina. Sales a la calle y en el portal te paras un instante. Le echas un último vistazo a la calle donde has vivido tantos años. Te subes al coche, giras la llave del contacto y cuando agarras el volante para salir te detienes y rompes a llorar.

Así te sorprende el sol de la mañana, apoyada en el volante, con la cabeza entre los brazos. Los cristales del coche empañados te crean la impresión de estar en otro mundo, en ninguna parte, quizás muerta.

Arrastras la maleta de nuevo hasta el ascensor y entras en tu casa. Por alguna razón la ves diferente, como si fueras una extraña. Y te impacta descubrir que eso es exactamente lo que está pasando. Has experimentado una catarsis que te ha convertido en otra persona, dispuesta a reconstruirse a sí misma una vez más.

Nada menos.



Raúl Tamarit Martínez


El guardaespaldas

Fabián era su guardaespaldas.

La acompañaba temprano hasta que dejaba al niño en el colegio. Después la seguía muy de cerca intentando no perturbar su intimidad, como si todo fuera normal. Sin embargo, algunos vecinos sabían lo que ocurría y trataban de no inmiscuirse en el paseo de Matilde. Si se cruzaban con ella la saludaban y seguían su camino. Nada de pararse a cotillear, ni a preguntarle por su hijo, y mucho menos sobre su marido.

Matilde esa mañana fue a la peluquería, entró en el supermercado y visitó a su madre. Finalmente, al cabo de dos horas emprendió el camino de regreso a su casa bajo la mirada atenta de Fabián. Ni siquiera la cobertura que le proporcionaba el escolta conseguía tranquilizarla. No se imaginaba tener que pasar toda su vida así. Y la compañía de la policía no iba a ser eterna. Se había acostumbrado a tomar pastillas durante todo el día. Pero ni siquiera podía dormir profundamente. Se desvelaba fantaseando con mil formas de matar a su marido, cada cual más cruel. Se levantaba por la noche para cerciorarse de que su hijo estaba a salvo. Le volvía a arropar y vuelta a empezar. En eso se había convertido su vida.
Guardaespaldas - ilustración digital

Para Fabián, el oficio le venía natural. Pensaba que había nacido para eso: proteger a los más débiles. Pasó por varias casas de acogida hasta la mayoría de edad. En el colegio sufrió agresiones pero, al contrario que cualquier otro niño, lo agradecía porque le sirvió para prepararse. Aprendió a defenderse a edad muy temprana, y la confianza que adquirió la utilizó cuando fue necesario para amparar a otros. Descubrió que en la mayoría de ocasiones nunca necesitó utilizar la fuerza física. Un gesto, una actitud fuerte y decidida o incluso una mirada firme, bastaba casi siempre. De niño sus héroes eran ángeles y se sentía siempre arropado por ellos. Más adelante leyó que en la antigüedad, otros como él sentían esa necesidad y que la materializaban en un juramento sagrado que les llevaba a dar su propia vida por la persona a la que juraban proteger, incluso matándose si no lo conseguían. Ese tipo de determinación a Fabián le servía de ejemplo y le inundaba de fuerza. Le hubiera gustado ser uno de aquellos "devotio custodes hispalenses" que Julio César se procuró como su guardia personal, admirado por su código ético. Lástima que prescindiera de ellos en vísperas de los Idus de Marzo.

Mientras estaba inmerso en estas reflexiones, desde la distancia, el marido de Matilde observaba con las mandíbulas prietas y el gesto endurecido. Siguió con la vista al guardaespaldas y bufó rabioso.

Matilde subió las escaleras hasta su casa en el segundo piso y se encerró corriendo tres cerrojos. Fabián subió tras ella y continuó hasta el terrado. Batió la zona y bajó de nuevo hasta la entrada del edificio. Desde un lugar discreto, vigiló hasta que le sustituyó su compañero al mediodía. Se fue tranquilo porque su colega era un buen profesional. Sin embargo, a mitad de la tarde, tuvo un mal presentimiento. Dejó con cuidado las pesas, se duchó con rapidez y salió del gimnasio. Arrancó su Ducati y se dirigió al domicilio de su protegida apurando semáforos. Saltó los escalones de dos en dos y se encontró la puerta de Matilde entreabierta. No llevaba su arma reglamentaria pero eso no le paró. Entró con sumo cuidado y se dirigió hacia el dormitorio de donde venía el sonido de una voz ronca.

En dos zancadas se plantó en la puerta y la escena le desconcertó.

Junto a la cama de Matilde, su compañero yacía en el suelo con la cabeza abierta. Dos hombres sujetaban a la mujer de ambos brazos y otro frente a ella, con un cuchillo en la mano la insultaba. Era el marido, lo reconoció al girarse alertado por los otros dos. La misma cara de acelga.

Fabián se lanzó sobre el marido sin pensárselo dos veces. De un puñetazo lo lanzó contra el borde de la mesilla de noche y se desnucó. Los otros dos soltaron a Matilde y se le echaron encima. A uno le hundió la mandíbula de un codazo pero el otro le agarró del cuello y le clavó un rodillazo en el estómago que le dejó sin aliento. Cayó al suelo bajo aquella mole humana que le aplastaba la tráquea como si sus manos fueran unos enormes alicates. A punto de desmayarse oyó un golpe seco y la cara del tipo le cayó babeando sobre la suya.

Fabián apartó el cuerpo inerme y descubrió a Matilde de pie, hiperventilando y con un candelabro de bronce que chorreaba sangre, entre sus manos. Los ojos parecía que se le salían de las órbitas. No cabía nadie más en aquella habitación. Matilde se dejó caer sentada sobre la cama. Parecía decirle sin palabras a Fabián, que todo había acabado: sus miedos, su aterrada existencia. Fabián le quitó el candelabro de las manos con cuidado y la abrazó para consolarla.

Fabián acabó en la cárcel. Estaba fuera de servicio, allanó una vivienda, provocó la muerte de dos personas..., pero tenía la conciencia tranquila, hizo lo que su código de honor le ordenaba. No podía pedir más. Y además, en la cárcel, muy probablemente alguien necesitara de sus servicios.

Por otra parte, Matilde le visitaba una vez al mes. Le llevaba lectura y le contaba cosas de su nueva vida con su hijo. A Fabián le alimentaron el alma sus muestras de agradecimiento y, sobre todo, verle en la cara la sonrisa que no había antes. En la última visita le confió que había conocido a un buen hombre con el que esperaba casarse.

Desde esa ocasión y hasta que Fabián salió de la cárcel, nunca más volvió a saber de ella.


Raúl Tamarit Martínez





Rob

Ildefonso Ruzbein vivía en las calles en la época más oscura del Inconformismo, cuando los perros y los gatos habían dejado de merodear buscándose el sustento y habían sido sustituidos por los viejos robots desechados por los reformistas. A esos antiguos androides, tan viejos como él, Ildefonso les llamaba "robs" para simplificar. Ahora, las nuevas máquinas pasaban por ser casi humanos. El anciano los distinguía enseguida de los humanos auténticos porque nunca le miraban a la cara, ni se paraban para tirarle en la manta un sólo crédito.

Sin embargo, algo que nunca cambiaba era el despilfarro, el derroche, la basura. En los callejones poco iluminados, los ojos de los deteriorados robots eran la única luz que se veía entre las sombras.

Ildefonso aprendió de ellos. Se ocultaba lejos de las calles concurridas, o de las grandes avenidas, huía de las patrullas de policía y los furgones que retiraban sin descanso a los que, como él, consumían sus últimas fuerzas en un vano intento de miserable supervivencia.

El anciano contaba con algunos lugares estratégicos para pasar la noche. Algunas veces compartía espacio con algún rob, que también acabaron imitando el comportamiento de los indigentes. Puro mimetismo que compilaba su artificial cerebro usando anticuadas rutinas de programación.

Hacía mucho frío la noche en la que coincidió con el rob manco.

Cuando Ildefonso giró para adentrarse en el callejón, al que sentía como su hogar, sorteó mecánicamente la basura, los palés rotos, y al llegar a la altura de los contenedores, una luz tenue le hizo detenerse en seco. Enseguida dedujo que el lugar que él solía usar estaba ocupado por uno de esos robots sin dueño y vagabundos que pululaban por los barrios bajos. Su primera intención fue largarse de allí. Aquellas antiguallas eran impredecibles. Pero estaba demasiado cansado, así que cogió aire y se asomó con cuidado. El rob se sobresaltó al ver la cabeza asomar sin el cuerpo por el borde del contenedor. Ildefonso también se asustó y se volvió a ocultar. Como el rob no reaccionaba, volvió a asomar la cabeza más despacio y ante la pasividad de la maquina se mostró entero, seguido del carro con sus cosas personales. Con movimientos lentos se sentó a un metro del robot, que miraba hacia abajo sin moverse. Al cabo de un par de minutos, el androide giró el cuello y miró a Ildefonso con la luz rojiza de sus redondos ojos artificiales. El hombre se puso algo nervioso y dedujo que el rob estaba esperando algo. Así que le dijo:
RaulTamaritM-Rob-29,7x21cm-pastel

-Hola.

La luz de los ojos del rob subieron de intensidad un instante.

Ildefonso sacó de una bolsa de plástico un mendrugo de pan. Se paró con la boca abierta a punto de darle un mordisco. Miró al robot.

-Rob.

El robot le miró.

-¿Quieres un poco?

La máquina negó con la cabeza emitiendo un chirrido alarmante.

-Está bien. Como quieras.

Ildefonso sacó una botellita de plástico con aceite de oliva casi a la mitad. Se echó un chorrito sobre el mendrugo y se lo llevó a la boca con delectación.

El robot se había quedado observándole y emitió un ligero sonido, como un lamento. Ildefonso no se dió por enterado y el robot repitió el mismo sonido. El anciano se dio cuenta y le ofreció la botellita con aceite. Rob la cogió con los oxidados dedos de su mano derecha y la enfocó a la abertura que tenía como boca. Estaba a punto de vaciarla cuando de pronto paró y miró al anciano, que le hizo gestos de que se lo acabara. Así lo hizo y al viejo le provocó una sonrisa verle allí, con los cables sueltos que quedaban de su brazo izquierdo, con la botellita apoyada en su pequeña boca, esperando pacientemente a que cayera esa última gotita que resbalaba lentamente por las paredes de cristal.

Un balón vigía entró rodando en el callejón emitiendo rayos infrarrojos a su alrededor en busca de deambulantes como ellos. Ildefonso utilizaba la técnica del tronco para no ser detectado y le sorprendió descubrir que Rob hacía lo mismo. Quietos, conteniendo la respiración (al menos él) hasta que el balón siguió su camino calle abajo con las fotocélulas vacías de información. Ningún movimiento delator.

Ildefonso vació el pecho con un largo suspiro y Rob le imitó.

-Creo que tú y yo vamos a ser buenos amigos. -le dijo con el pulgar hacia arriba. Rob dudó un momento y le imitó con entusiasmo.

Pasaron meses juntos y la complicidad era absoluta. Los demás robots se mantenían alejados, quizás extrañados de la simbiosis.

Una noche, poco antes de amanecer, ambos cruzaban un parque sin ninguna iluminación. Cuatro jóvenes borrachos se fijaron en ellos. Se reían y burlaban de su aspecto. Enseguida el más activo se les acercó con la botella de alcohol en la mano.

-¡Eh, tú, viejo! ¡Sois una basura!

El anciano no contestó y agarró de la mano a Rob para que acelerara el paso.

-¿Es que estás sordo? ¡A ti te digo, mierda con patas! ¡Me dais asco!

Los otros tres seguían sentados en un banco riéndose de las gracias de su amigo, que se giraba guiñándoles un ojo.

-¡Vosotros os lo habéis buscado!

Les lanzó chorros de alcohol blandiendo la botella pero Rob se puso delante y le cayó la mayor parte. El joven sacó un encendedor, activó la llama y lo lanzó sobre ellos. El androide lo atrapó con su única mano y se prendió de inmediato como una antorcha entre las risotadas de los cuatro amigos. A Ildefonso, que apenas le había salpicado, le horrorizó la escena en la que su amigo chillaba asustado. Se quedó paralizado sin poder reaccionar.

Inesperadamente, Rob se abalanzó sobre el joven pirómano y lo aplastó contra su pecho. Ahora los gritos eran espantosos. Los amigos corrieron hasta ellos mesándose los cabellos pero ninguno se atrevía a acercarse a las llamas hasta que huyeron despavoridos. Pronto, tanto el robot como el muchacho se habían convertido en una masa carbonizada. Ildefonso lloró de rodillas a su amigo hasta que vino la patrulla.

Ningún policía le preguntó qué había ocurrido. Los ciudadanos que se aventuran a esas horas por las calles saben a lo que se arriesgan. La ciudad era implacable y engullía vidas sin parar.

Para Ildefonso, aquella tragedia significaba volver a deambular solo por las calles. Pensó que su amigo debía haberle dejado morir a él. Al fin y al cabo, Rob parecía tener más ilusión por vivir.

Se acercó a los restos carbonizados para despedirse. Ildefonso no pudo contener la emoción al descubrir que la mano de Rob se movía dificultosamente hasta que levantó el pulgar.

-Sí, Rob -y el anciano le copió el gesto- Buenos amigos para siempre.

El anciano se sentó sobre las cenizas frías, apoyó la cabeza del robot en su muslo y se quedó con él contándole cómo un día como éste conoció al amor de su vida, hasta que se apagaron las luces de sus ojos.

Mientras tanto, el sol iluminaba los edificios más altos y los pájaros seguían sin cantar.



Carta a Elena

Mi adorada Elena.
Aún recuerdo con nitidez el día que llegué al pueblo, con la curiosidad y expectativas de quien descubre un mundo nuevo. Sólo la lluvia salió a mi encuentro al bajar de la diligencia, así que, totalmente empapado, entré en el hostal aquella tarde.
Mientras firmaba la entrada y me asignaban habitación, vi tu sombra al fondo cerrando despacio una puerta. No imaginaba entonces que la sombra que desaparecía tras la puerta iba a convertirse en la luz de mi vida.
El encargo que me traía a este lugar, para mí tan recóndito, ocuparía un mes de mi existencia. Suficiente tiempo para convertirse en el más importante de mi efímero paso por este mundo.
Subí a la habitación y después de asearme como es menester y organizar mis cosas, bajé a la hora de la cena. La luz amarillenta de los candiles le daba un aire acogedor a la pequeña estancia habilitada a modo de comedor. Solo había cuatro mesas equidistantes y una mujer de mediana edad cenando en ese momento.
-Buenas noches. Buen provecho -le dije. La mujer se limitó a hacer un gesto con la cabeza y siguió sorbiendo la sopa.
Me senté en un rincón desde el que tenía una amplia panorámica del lugar y me distraje con unos legajos que guardaba en el bolsillo de la chaqueta. Un movimiento en la puerta me hizo levantar la vista distraídamente y entonces te vi. Te debí parecer un estúpido ya que me quedé sin habla. No parpadeé hasta que, ya de pie junto a la mesa, me dijiste:
-Buenas noches, señor. Bienvenido. -sonreíste amablemente- Esta noche para cenar tenemos sopa de fideos, estofado y verduras asadas.
De espaldas del mar - ilustración digital
Un menú que jamás olvidaré. Yo solo era capaz de mirarte, y sentí que el tiempo se había ralentizado. Veía el parpadeo de tus ojos, los reflejos dorados en tu iris, el movimiento de los labios, tu pelo negro recogido en un gracioso moño, tus blancas manos, una sobre otra... Entonces, un mohín en tu boca me hizo reaccionar. Desde aquella noche supe que mi corazón nunca volvería a latir igual.
Conseguí que me sirvieras de guía los primeros días, acordando un pago que satisficiera a tus padres por el servicio, y paseamos incansablemente recorriendo calles, rincones pintorescos, hablando con vecinos y tenderos, visitando las playas y los acantilados, los amarraderos de barcos de pesca, me mostraste la iglesia, me acompañaste hasta la casa del cura con quien mantuvimos una entretenida charla frente a un ardiente café... A cada minuto que pasaba a tu lado me daba cuenta de que fortalecía más si cabe la atracción que sentía por ti. Hasta que te hiciste imprescindible.
Mientras por las tardes documentaba y preparaba el informe para mi cliente, por las mañanas, puntualmente esperaba en el mostrador a que surgieras con tu luminosa sonrisa. Hasta el día en que no apareciste tú sino tu padre, diciéndome que se había acabado. Me devolvió el importe sobrante del anticipo que le di y me dejó helado, sin responder a mi demanda de explicaciones.
Mi sufrimiento iba en aumento a medida que se acercaba el día de mi marcha. Volví a ver tu sombra una única vez más tras el quicio de una puerta, un instante antes de que alguien desde dentro la cerrara de un portazo. ¿Fue tristeza lo que percibí en tu rostro? ¿Eran lágrimas? O sólo lo que mi imaginación quiso regalarle a mi deseo.
Acudí a casa del cura para pedirle ayuda, que consiguiera para mí las explicaciones que tus padres me habían negado. Por él supe que se habían visto forzados por las habladurías del pueblo, la de quienes nos habían visto pasear, a su juicio demasiado juntos, rozándonos a veces, o reír sin la conveniente mesura, o alejarnos hasta perdernos de vista por los recodos de los acantilados a resguardo de cualquier mirada curiosa.
De nada sirvieron mis súplicas por hablar contigo una última vez, que nos sirviera de despedida, aunque ésta fuera la más amarga. Probablemente tu padre adivinó en esta petición mis intenciones de pedirte que vinieras conmigo, sin saber siquiera si esa posibilidad la albergabas en tu alma.
He dejado esta carta en manos del párroco y a su discreción y buena fe me encomiendo. Espero que puedas leerla algún día y, al menos, que tengas la confirmación de mi amor más sincero, con la esperanza añadida de que las señales que recibía de ti conviertan en recíproco este maravilloso sentimiento. Indicios, mensajes tácitos en nuestras largas conversaciones, en las largas miradas que nos dedicamos hasta que tú o yo bajábamos la vista vencidos por la creciente atracción que se creaba entre nosotros, en el temblor de tu mano cuando ocasionalmente la abrigaba entre las mías, en el roce accidental de nuestros labios al coincidir en un giro, o al mirarnos cuando nos agachábamos al mismo tiempo para acariciar la misma concha marina, al huir, cogidos de las manos, de una ola oportuna...
Si lo que sientes por mí, se acerca un ápice a lo que siento yo por ti, más abajo te escribo mis señas. Me he procurado la forma de tener noticias sobre ti, de tal manera que estaré esperando tu respuesta el tiempo que haga falta, tanto si ese tiempo es mi vida entera. A menos, Dios no lo quiera, que me hagas llegar tu negativa, que me convencerá de que todo ha sido fruto de mi imaginación y que no existe motivo para que guarde ninguna esperanza.
Te amo con todo mi ser, y con todo mi ser, te espero.





sábado, 14 de julio de 2018

La castañera

La anciana castañera permanecía quieta, sentada en el suelo de la esquina de las calles Pueblo Nuevo y San Tirso. La nieve lo cubría todo, incluso las farolas de gas que aún permanecían encendidas alumbrando apenas las huellas de los caballos y el rectilíneo rastro de los escasos coches que se atrevían a circular a esas horas.

Algún transeúnte pasaba apresuradamente por delante de la castañera sin pararse a mirar siquiera los rojizos rescoldos del fogón.

La anciana, acurrucada y envuelta en su toca, con un pañuelo negro cubriendo su cabeza, quedaba oculta por una capa blanca, confundida en su entorno de tal forma que, junto con sus utensilios, parecían un puñado de trastos viejos amontonados en la esquina listos para ser retirados.

Un fino y frío viento empezó a soplar calle abajo, arrastrando grandes copos de nieve a modo de cortinajes contra portales y ventanales. Un carruaje pasó frente a ella a toda prisa salpicándola de barro. La anciana ni siquiera se inmutó, no se atrevía a perder calor con un mínimo gesto. Sin embargo, sacó una mano temblorosa, sujetó torpemente las pinzas e intentó reavivar la lumbre. Una vaharada de aliento salió de su boca semiabierta. Quería haberse retirado mucho antes de que cayera la noche, pero la rigidez de sus piernas le impedían levantarse. Ahora ya no las sentía. Había desechado la idea de volver al refugio con su cargamento de castañas, la olla, las pinzas, el fuelle..., imposible. Había vendido apenas un par de cucuruchos. Nada.

Nadie parecía fijarse en ella cuando pasaba por delante. Levantaban las solapas de sus abrigos y aceleraban el paso. El aire dolía al respirarlo, no había tiempo para comprar castañas. Y el aroma de las que la anciana mantenía calientes para atraer a los más renuentes había desaparecido hacía muchas horas.

Estaba sola. No le quedaba nadie a quien contarle sus penas, o que le diera un abrazo o un beso en la mejilla. Solo otros como ella, amontonados en el refugio como leña vieja, sin fuerzas para sonreír o levantar la mirada. El hambre la había convertido en una mujer enjuta, seca, malhumorada y triste, muy triste. Pero sin lágrimas. Las abandonó el día que no pudo con su peso. Por eso hoy le sorprendió notar el calor de una cayendo hasta su boca. La lumbre no echaba humo. Las castañas apiñadas en cucuruchos se encogían bajo la nieve. Y ella se hacía a cada minuto más y más pequeña.

Raúl Tamarit Martínez - La castañera
Al amanecer, bajo una capa de hielo, alguien reconoció su cuerpo hecho un ovillo y llamó a los vecinos. Un policía hizo algunas preguntas y se quedó unos minutos junto al cadáver, haciendo anotaciones con un lápiz en una hoja de papel gris. Cogió una castaña que permanecía sobre el fogón e intentó hincarle un diente, y el diente crujió. Ugggg. Soltó la castaña y el sabor metálico de la sangre le enfureció. El policía esperó a los servicios forenses con la mano en la cara y un gesto de dolor.

Cuando llegó el carro, pararon frente a la anciana, bajaron dos funcionarios con sendas palas y despegaron a la castañera del suelo haciendo palanca. El hielo que tenía adherido pesaba más que ella, así que la subieron al carro con facilidad y pusieron en marcha al caballo con suaves latigazos. El policía les miró perderse entre el gentío y sintió una punzada de lástima por la anciana. Ésta pobre mujer podría haber sido la madre que él nunca llegó a conocer. La que le abandonó al nacer entre los desperdicios de una bodega. Entonces el dolor en el diente regresó y le hizo blasfemar contra todo lo divino y lo humano. Guardó sus anotaciones en un bolsillo de la chaqueta y le dedicó a la castañera un último pensamiento, escueto y rotundo como una esquela que resumía su paso por este mundo: "¡Maldita vieja estúpida!"

Apenas el policía había girado la siguiente esquina, una tropa de desharrapados se pelearon por los restos que dejaba la anciana y que probaban su existencia. El sol de aquella luminosa mañana propició el deshielo y acariciaba con sus débiles rayos la esquina de Pueblo Nuevo con San Tirso.

En el suelo, una castaña congelada, abierta su corteza con un irregular tajo de cuchillo, parecía una redonda y cómica sonrisa mostrando una dentadura tostada, con un hilillo de sangre, que se reía del mundo y sus miserias.