Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, ver alguna de las fotos que hago o deshago, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"), mis pinturas al óleo, acuarelas, pasteles (uhmmm rico rico) cabroncillos, digo, carboncillos, experimentos digitales, caricaturas retratos o monstruosidades (que las habrá, no digo que no) que salgan de mi perola a través de mis manos, con la ayuda de mis ojos y a pesar de mi capacidad de raciocinio. Y, como dice una de mis numerosas sobrinas, todo esto será... pooooooooco a pooooooooooco jajuja. Por cierto, todas las imágenes y los textos de mi blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

viernes, 17 de marzo de 2017

La Matamoscas

El edificio de 6 plantas estaba libre de moscas. 

La vecina del primero, la Matadora, recorría todos los días las 6 plantas con su matamoscas de estrecho mango de alambre rematado por una pala rectangular con rejilla de plástico verde: Su arma de destrucción masiva.

En su ansia exterminadora había golpeado con saña al vecino del 4º cuyos ojos saltones y su boquita de pitillo provocaba sus bajos instintos.

La comunidad la soportaba por interés. Así que se encerraban en sus casas hasta que la exterminadora finalizaba su ronda insecticida. Jamás encontraban cadáveres. Alguien difundió el rumor de que se las comía.

¡Plis! ¡Plas! era una batalla despiadada en la que siempre vencía la raza humana.

Un día, la Matadora no hizo su ronda. A la semana de inactividad, los vecinos llamaron a la policía.

La policía avisó a los bomberos que derribaron la puerta. Un olor melífluo les invadió el cerebro a todos. Incontables criaderos de moscas colgaban del techo, de las paredes, cubriendo todo el espacio de la casa.

Entraron a gatas en el cuarto principal y allí se toparon con la Matadora en estado de pupa, palpitando sobre la cama. Sobre ella, un moscón gigante con un poderoso parecido al vecino del 4º, revoloteaba sobre ella amorosamente.

La Matamoscas

Hay ocasiones

Hay ocasiones en las que busco el vacío, en las que necesito arrasar la mesa y dejarla completamente limpia para centrarme y empezar de cero. Borrar con ansiedad la pizarra atestada hasta el límite de anotaciones, fórmulas, tópicos, máximas, chistes, improperios y al fin observarla despejada.

Hay ocasiones en las que anhelo pasear de noche sin rumbo por la ciudad, perderme en un bosque tupido en el que no haya nada conocido, sentarme durante un tiempo sin tiempo en un banco de piedra frente al océano con las manos en los bolsillos y las piernas estiradas y un pie sobre otro pie y la visera de la gorra tapándome las ideas, las fantasías, los recuerdos que me devuelven el dolor.

Hay ocasiones en las que no quiero más que tumbarme en la hierba sin otra cosa de la que preocuparme que estar bien, sentir el frescor de la brisa o el sol bailando sobre mi cara.

Y no por eso todo. Ni nada. Ni nunca. Ni ahora.

Y no por eso tú, ni yo, ni ayer.

Y no por eso, mañana.

Descanso en la hierba

martes, 7 de marzo de 2017

La sirena perdida

María creció entre desperdicios, rodeada de miseria y sin embargo hermosa. Jamás acudió al colegio, nunca leyó un cuento o un libro. Se pasaba el día jugando con los otros niños al escondite entre los escombros, o en los arbustos cerca de la playa.

Un día, siendo ya adolescente, se besaba con un chico arropada por los largos cabellos anaranjados de las dunas, cuando le llamó la atención un chapoteo en las olas que se espumaban en la orilla.

Se sorprendió al ver una gran pez dando saltos fuera de la superficie y entrando en el agua emitiendo un sonido dulcemente melodioso.

Le pareció que exhibía una larga melena de brillos azulados y que las escamas de sus caderas destellaban al sol como pepitas de oro.

Esa imagen le embargó tanto, que se desentendió del chico, corrió hasta la orilla, entró en el agua y nadó torpemente unos metros buscando a aquella bellísima criatura sin conseguirlo.

Volvía nadando a la arena cuando un tirón la hundió y notó un beso pulposo en sus labios y pinchazos en su cintura.

Mucho se habló de aquello en el barrio.

María enfermó. Su cuerpo se fue cubriendo de escamas y sus piernas se unieron en una delicada cola de pez. Su familia la ocultó en un cuartucho, con un cubo de agua y un cazo hasta que murió emitiendo gritos que semejaban cánticos. 

Con el tiempo, el barrio fue abandonado por sus habitantes. Los muros de las casas se desconchaban o derrumbaban.

En un cuartucho derruido, una pared a la vista de cualquiera, mostraba una extraña silueta: los restos de María se habían quedado adheridos a ella y su figura pisciforme se recortaba sobre el yeso.

Durante muchos años, los vecinos se refirieron a ella, como la sirena cautiva. O desgarrada. O condenada.


La sirena de los suburbios - fotografía tomada de una pared en el barrio de El Cabañal, y algo retocada por mí (poco) digitalmente.


viernes, 3 de marzo de 2017

Qué triste hacerse viejo

Qué triste hacerse viejo 
cuando cada año que pasa 
te deja un poco más solo, 
cuando de tus ramas 
caen las hojas una a una 
con cada amigo que muere, 
con cada amor que extrañas. 

Qué triste hacerse viejo 
cuando ya no hay quien acompañe
tus tardes al sol, 
cuando el camino de regreso a casa 
se hace inacabable 
y deseas caer de bruces 
y ya no volver a levantarte.

Qué triste hacerse viejo 
cuando las manos arrugadas 
de un recién nacido 
asaltan tu memoria 
y se convierten en las tuyas. 
Cuando la tarde anaranjada, 
enrojece tu rostro 
y tu alma llora. 
Cuando miras el poniente 
buscando un rayo de esperanza, 
o la sombra de tus muertos 
ofreciéndote un abrazo 
que dure más 
que una huidiza mirada, 
o que un suspiro, 
o que un sueño.

Qué triste hacerse viejo solo, 
sin ningún consuelo, 
sin ninguna compaña.

Anciana sentada - ilustración digital

Y la Muerte tomó vida

Y la Muerte cobró vida para tocarla como sólo un ser vivo puede tocar a otro, como sólo la piel humana puede sentir la ternura de la carne que vibra con la sola expectativa de un contacto furtivo, que tiembla bajo la mano que la acaricia con pasión y deseo irrefrenable. 



Desnuda de espaldas - 30x42cm - Técnica mixta sobre papel

Chupándose el dedo

Era su coletilla preferida. La solía soltar en todas las tertulias familiares, en las conversaciones con los amigos y, lo que es peor, en las entrevistas que concedía a diferentes cadenas de televisión.
No había referencia a su persona o a su trabajo que no la concluyera con un: "¡...que una ya no se chupa el dedo!" y quienes la escuchaban intercambiaban miraditas de complicidad.

Cuando llegaba a su casa, repetía inconsciente un ritual que, al vivir sola, nadie le había afeado. Antes de dormir empezaba con pequeñas succiones en su dedo índice mientras leía o veía televisión.  Y al acostarse, siempre del lado derecho, acomodaba el almohadón, apagaba la luz, cerraba los ojos y se metía el pulgar en la boca. Lo chupaba rítmicamente hasta que el sueño la devolvía a su infancia de nuevo, y amanecía sollozando y convencida de que aún la mecían, entre canturreos, los brazos de su madre.

Chupándose el dedo - ilustración digital






Y llegará el día de la ira

Y llegará el día de la ira,
y las manos se alzarán hacia el cielo
suplicando misericordia.

Y llegará el día del llanto eterno
en que los impuros de corazón
implorarán el perdón que negaron.

Y llegará el día de la compasión,
que nos sorprenderá sin aliento,
y nos acogerá en su seno,
y nos dará consuelo, 
y nos querrá despiertos
hasta el final de los tiempos.




Manos entrelazadas - ilustración digital