Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, ver alguna de las fotos que hago o deshago, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"), mis pinturas al óleo, acuarelas, pasteles (uhmmm rico rico) cabroncillos, digo, carboncillos, experimentos digitales, caricaturas retratos o monstruosidades (que las habrá, no digo que no) que salgan de mi perola a través de mis manos, con la ayuda de mis ojos y a pesar de mi capacidad de raciocinio. Y, como dice una de mis numerosas sobrinas, todo esto será... pooooooooco a pooooooooooco jajuja. Por cierto, todas las imágenes y los textos de mi blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

sábado, 4 de noviembre de 2017

Vicent (Mirada de león)

Era pequeño para su edad y, ciertamente, estaba un poco asustado. Su padre le susurró antes de dormir unos consejos para afrontar su primer día en el nuevo colegio y Vicent le escuchó envuelto en la penumbra de su habitación con los ojos muy abiertos.

Al día siguiente, subió los cuatro escalones de la escuela con el cuerpo muy recto, el gesto serio, ajustándose la mochila en la espalda.

Esa mañana llamaron a su padre.

Un grupo de niños habían acorralado a Vicent y le habían golpeado.

Después del papeleo con la directora, llegaron a casa y el padre sirvió la comida en silencio. Ambos se observaban mientras comían. Cuando acabaron, el padre miró directamente a los ojos de Vicent. El niño se irguió, se repasó con la lengua el corte que le nacía en el labio y empezó a esgrimir una sonrisa. Su padre también comenzó a sonreír y enseguida rompieron a reír a carcajadas. Cuando se calmaron, Vicent miró fijamente a su padre para mostrarle algo que ambos ya sabían. Que Vicent superaría aquella situación. En su miraba brillaba una energía especial, una suerte de poder que sobrepasaba los límites de lo corriente. Y el padre lo sabía.

Mirada de león-22,9x30,5cm-Lápiz grafito, carbón y pastel blanco

Pelirroja

La mañana entraba en la habitación directamente desde las puertas de cristal del balcón, atravesando las cortinas que bailaban mecidas por una suave brisa.

Una franja de sol iluminaba las baldosas, subía por las sábanas de la cama hasta la pared. En su camino de luz destelló en el cabello rojo y húmedo de Elsa.

Acababa de salir de la ducha y le gustaba sentir el calor del sol en el cuerpo mientras se secaba. Lo había convertido en un ritual placentero que finalizaba frente al espejo, desnuda, completamente segura de sí misma. Le gustaba repasar las cicatrices del maltrato que sufrió siendo una niña y que casi le cuesta la vida.

Se vistió con parsimonia. Primero el sujetador, y al final, comprobaba que el seguro estaba puesto y enfundaba la pistola. Se ajustó la placa, se guardó la documentación y cerró con llave.

Al irse, el apartamento quedó en silencio.

La franja de luz solar escaneó la estancia a lo largo de la mañana, como si creyera que Elsa aún estaba allí. Después, se escabulló una vez más tras las cortinas.

Melena roja-22,9x30,5cm-20171019_181129

Con los pies en la arena

Se sentía como una batería descargada. Le costó seis vidas llegar hasta la playa. Y en la orilla lamida por las olas, cayó de bruces. Se incorporó con las ropas empapadas, la cara cubierta de arena que doraba su imperturbable gesto de tristeza.

Hundió los pies desnudos con movimientos zigzagueantes y al momento subió por sus piernas una corriente de energía que inundó todo su cuerpo.

Se abrió la camisa y palpó un punto exacto del esternón. Levantó el mentón respirando profundamente y apretó con el pulgar hasta oir un chasquido. Abrió los ojos ansiosa por comprobar que todo volvía a funcionar. Confirmó con un suspiro de alivio que los cambios empezaban a producirse.

Lo primero que desapareció fue el mar.

Con los pies en la arena-29,7x21cm-Pastel blanco sobre papel Canson negro

La pescadora valenciana

La orilla de la playa dividía su vida en dos mundos, ambos igual de imaginarios. Uno en el que creía estar viviendo; el otro, desconocido, cruel y generoso al tiempo, que le ofrecía el sustento pero que le robaba el aliento, que le paraba el corazón, y que a veces le hacía llorar cuando una vela blanca temblando en la lejanía hería sus ojos.

Pescadora valenciana-29,7x21cm-Dibujo pastel blanco sobre papel Canson negro

viernes, 29 de septiembre de 2017

El Recogedor

El grupo de caza colgaba de las ramas las piezas que cobraba y contínuaba su cacería sin detenerse. El Recogedor, guiándose por la alta sensibilidad de su olfato, las localizaba y las cargaba en su carro hasta la aldea.

Aquella mañana, el olor le llegaba con menos intensidad pero sorprendentemente distinto. Se salió del sendero dejando el carro con varias piezas alineadas sobre el cajón del que destacaba el voluminoso cuerpo de un enorme jabalí sobre los corzos, liebres y aves.

El Recogedor se abrió paso por la espesa vegetación entre la que el sol saliente entreveraba sus rayos de luz creando un efímero pero bello juego luminoso. Las sombras azuleaban el denso manto que cubría el bosque y, de repente, accedió al lugar del que provenía el olor dulzón que no sabía interpretar.

Levantó la mirada y su piel azul enrojeció de repente. Vió a dos seres cubiertos por unos ropajes extraños, colgados de las ramas de un roble con los cuellos tronchados y las manos amoratadas. Le levantó la barbilla al más grande y le impactaron sus ojos muy abiertos rodeados por unos negros círculos irregulares. Estaban resecos y enrojecidos, y transmitían un terror indescriptible. El otro, que parecía un niño, portaba además, colgando de su cuello, una tablilla en la que rayado con tiza se veían unos signos que hicieron que el Recogedor frunciera el ceño.

Se negaba a aceptar que el Grupo les había dado caza para el sustento de la aldea. Sus rostros eran tan parecidos a los de ellos... Respetuosamente los descolgó y cargó en el carro. Regresó a la aldea afectado por una congoja difícil de explicar.

Cuando al atardecer regresaron los cazadores, negaron haber sido ellos los causantes de tan crueles muertes. No obstante, los dos cadáveres pasaron a formar parte de las provisiones.

Al caer la noche, a la lumbre de la fogata, el Recogedor daba cuenta de los últimos trozos de carne de la cena. Había seleccionado unos pedazos de los novedosos seres. Repasó la tablilla del niño que se guardó como curiosidad, cuyos símbolos seguían intrigándole. Los repasó de nuevo: "APESTADOS". Y el sueño se apoderó de él.

El ahorcamiento - ilustración digital


domingo, 17 de septiembre de 2017

DEPREDADOR

Estaba harto de tanta rutina. Las horas de oscuridad eran pocas para hacer algo diferente a buscar comida. Un gato callejero, ratas, perros extraviados... Los humanos eran el gran plato, pero los riesgos eran enormes. Son una especie que se organiza rápidamente y acabarían dándole caza como a una cucaracha.

Así que aquella noche tomó una decisión. Confundido entre las sombras, recorrió el cementerio como de costumbre. Entró sigilosamente en la cripta justo antes del amanecer, apartó lentamente la losa de la egregia tumba y, antes de entrar, se quedó mirando su interior. La oscuridad más absoluta. Insoportable para él.

Se introdujo tomando nota mentalmente de cada gesto, de cada contracción muscular, del rictus que le provocaba la angustia de sobrevivir en un mundo anodino.

Tumbado, arrastró con las uñas la enorme lápida del túmulo que se hizo añicos contra el suelo. Por primera vez disfrutaba de una vista nítida del techado de la cripta, iluminada por los rayos de la mañana que se abrían paso por las cristaleras. Las lenguas de luz lamían el interior de la tumba y empezó a sacar hilos de humo de la frente del vampiro. Aunque el dolor era insoportable, reprimió un grito agónico cuando la luz solar le hizo arder como una tea medieval.

Antes de sentir cómo sus ojos caían al vacío y le golpeaban la nuca, siseó entre dientes: "Así que morir era esto..."


Depredador - 29,7x21cm - Pastel sobre papel negro Canson


A la sombra

Había perdido toda esperanza, pero cada día, al atardecer, miraba a ese punto perdido en la distancia que había de materializarse en un ser concreto, más allá de toda duda, en una silueta fluctuante avanzando hacia ella con los brazos abiertos y la sonrisa desnuda.

A la sombra - 21x29,7cm-Pastel sobre papel para esbozos Canson (inspirado en una imagen vista en la red)