Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, ver alguna de las fotos que hago o deshago, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"), mis pinturas al óleo, acuarelas, pasteles (uhmmm rico rico) cabroncillos, digo, carboncillos, experimentos digitales, caricaturas retratos o monstruosidades (que las habrá, no digo que no) que salgan de mi perola a través de mis manos, con la ayuda de mis ojos y a pesar de mi capacidad de raciocinio. Y, como dice una de mis numerosas sobrinas, todo esto será... pooooooooco a pooooooooooco jajuja. Por cierto, todas las imágenes y los textos de mi blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

martes, 27 de septiembre de 2016

Después de la pelea

Héctor acostumbraba a huir desde niño. Le asustaba el run-run de alguien acechándole, oía gruñidos de perros y lobos a su alrededor. Los gritos y amenazas contra él le obligaban a esconderse, a ocultarse en las alcantarillas, en las cuevas, se perdía en las montañas durante días y meses, se alimentaba de raíces y bayas, de los restos de animales que encontraba en las madrigueras y al pié de los acantilados. Siempre huyendo, dando la espalda a las amenazas. Entraba en edificios vacíos y seres informes le perseguían incansablemente rugiendo a sus espaldas.
Una tarde que caía roja sobre su piel sudorosa, mientras corría sobre las sombras de una carretera abandonada, perseguido por una jauría de ruidos escalofriantes, jadeando al borde del desmayo... algo ocurrió.
Detuvo su carrera aminorando el paso. Se paró en la noche, bajo la luz nacarada de la luna, mirando al suelo. Relajó todos los músculos de su cuerpo y se giró lentamente. Los ruidos, los rugidos, los gritos cesaron. Visualizó una enorme figura compuesta de indefinibles y horribles formas que alzó sus garras contra él. Pero Héctor ya no le temía. De pronto se dio cuenta de que el miedo que sentía había destruido su vida. 
Y decidió disfrutar de su epifanía: enfrentarse a la realidad.


sábado, 24 de septiembre de 2016

La cadena

La cadena

Laura arrastraba a su perra Fedra de la correa hasta su casa. Pedro estaría levantado y esperándola. Mientras esperaba al ascensor su respiración se aceleró. Llegó a su piso, abrió la puerta dejando entrar primero a la perra y allí estaba él. Parecía un enorme oso a contraluz. Su marido lanzó un gruñido ininteligible, la cogió de la muñeca y la arrastró a la cocina. Allí la desnudó desgarrándole la ropa, le rodeó el cuello con una correa de piel negra y remaches dorados y la enganchó a la pared. Apretó con dureza la cara de Laura con la mano mirándola con desprecio. Laura temblaba de frío. Era pleno invierno. Pedro se aseguró de llevar la cartera en la chaqueta, cogió las llaves del coche y en el quicio de la puerta la voz de Laura le detuvo:
-Pedro...
Él la miró de soslayo y se fué dando un portazo.
La perra, con el rabo entre las piernas se escondió debajo de la cama.
Pedro llegó al trabajo y Reinaldo, su jefe, le acompañó hasta su nuevo despacho. Bajaron al sótano, una mesa pequeña e hinchada de humedad, escasa luz, sin teléfono. Le hizo sentarse en el suelo, aún no había llegado el nuevo mobiliario. Le ordenó que se ajustara una argolla anclada en el suelo al tobillo y se marchó con las llaves de la casa y el coche de su empleado. Pedro se quedó en la penumbra mirando a la pared con los ojos muy abiertos y aterrorizado.
Reinaldo condujo el coche de Pedro hasta la casa de éste. Fedra apenas ladró al oir la llave en la puerta. Reinaldo entró en la casa.
-¿Laura?
Un sollozo le condujo hasta la cocina y vio a Laura sentada en el suelo, desnuda, temblando, con la cara entumecida de llorar. Se asustó al ver al hombre agacharse, cogerla de los hombros y ayudarla a levantarse.
-¿Quién...? -logró decir Laura.
Reinaldo la liberó del collar y la ayudó a vestirse y a entrar en calor. Ella siguió llorando hasta que se tranquilizó en brazos de Reinaldo. Llamó a Fedra, le puso la correa y la sacó a pasear. Al cabo de un buen rato, Laura arrastraba a su perra Fedra de la correa hasta su casa. Reinaldo estaría levantado y esperándola... su respiración se aceleró...

Paseo rápido - fotografía retocada



jueves, 22 de septiembre de 2016

Responso


Ella miraba la cruz de piedra clavada en el suelo, cubierta de líquenes, con los poros de granito, vencida por los años, y los brazos abiertos anunciando un encuentro.

Era para ella un símbolo, como el jalón que fija el alma a la tierra. Sin embargo, sabía que allí no quedaba nada. Él la rodeaba como un aura que flotaba y brillaba en sus dedos cuando se rozaba los labios recordándolo.

Y absorta en este pensamiento, languidecía la luz del sol en dorados que rodeaba, como las manos de una madre amorosa, el ramaje de los cipreses, las lápidas húmedas e incluso su propio cuerpo trémulo.

Tímidamente, rezó como le enseñó su abuela: hacia adentro. Y se fue de allí amando los recuerdos como le enseñó su padre: con el alma.



El show debe continuar

Ha estado en todas las riñas, en todas las peleas, escaramuzas, razzias, batallas. Ha estado en todas las guerras. Algunas veces incluso creyó que era su deber, que estaba moralmente obligado. Otras se vio arrastrado por las circunstancias o por el cañón de una pistola en la sien. Pero siempre acabó igual: cadáver. 
Cuando la paz no es suficiente para que unos pocos sigan aumentando su riqueza exponencialmente, le mandan a él a morir por ellos. A millones, a morir para ellos. Para esos pocos, los muertos no importan. El show debe continuar...


Remordimiento angelical

Él no buscaba ser un ángel. Y mucho menos un ángel vengador. A él lo que le gustaba era cantar. Se sentía a gusto en el coro de los serafines. Pero no podía ser. Desafinaba, y Gabriel le enmudeció para siempre.
En el cielo a cada uno le asignan un cometido. El suyo era vengar el oprobio cometido contra los inocentes. Lo cual no le desagradaba del todo. De hecho, él mismo se consideraba víctima de su jefe. Y esa circunstancia le dio el punto que necesitaba para realizar su trabajo: la rabia. Sus mandobles cortaban cabezas, cercenaban piernas y brazos hasta destruir la maldad al ritmo de "Santo, Santo, Santo es el Señor". Sin embargo, al acabar la matanza, se sentía culpable. ¿Porqué tenía que ser él? ¿Merecía tamaño castigo no saber cantar? Sabía que no era libre, y que el remordimiento le perseguiría el resto de su singular eternidad. Miró hacia abajo donde sus homónimos caídos se reían de él. Agachó la cabeza, apretó los puños y tarareó en su mente una melodía mientras esperaba impaciente su siguiente encargo.


La extraña pareja

¡Cómo si el amor pudiera escoger! En no pocas ocasiones veo una parejita que se arrumacan, agarrados del brazo, engatusados y sin embargo, a pesar del embelesado besuqueo me digo a mí mismo: ¡Qué extraña pareja!


El corazón de la ciudad

Su corazón tiene tres válvulas y ellas marcan el ritmo de los latidos. 
Una es verde, como la pulpa de un kiwi inmaduro. 
Otra es naranja, la menos duradera, transitoria, casi prescindible. 
La tercera es roja, como las lágrimas de la granada, roja como las mejillas de un niño, como una herida abierta que nunca para de verter promesas de una vida mejor.
Y cuando cesa la sangría, una pausa naranja se apodera de ella y la esperanza parece reinar todopoderosa de nuevo. Pero es un espejismo. El verde se evapora y la herida vuelve a abrirse para después cerrarse, y abrirse... Y millones de parpadeos verdes, naranjas y rojos bailan la predecible danza de la vida y la muerte de la ciudad.



lunes, 12 de septiembre de 2016

La lectora de cartas

Era su bien más valioso. Ese puñado de cartas desgastadas, amarillentas, releídas incontables veces, siempre junto a su mesita de noche, apenas iluminado por la tímida luz de la lamparilla, la anclaba al pasado como una descomunal losa que la asfixiaba. Y no obstante, les quitaba la goma que las mantenía unidas, y en ritual ceremonia, las releía de la primera a la última sentada junto a la ventana hasta que la luz del día se hacía insuficiente y su memoria sustituía a sus ojos.

Aquella mañana, recién levantada, aún desnuda, se sentó junto a la ventana cerrada de su cuarto, abrió las cortinas y desplegó las cartas por orden cronológico sobre la mesa. Le dio un sorbo al café mientras decidía con cuál de ellas deleitarse: aquella en que le declaraba su amor, o ésa en la que le prometía envejecer a su lado, o con la que le hacía reír tanto...

Antes de decidirlo, y sin reparar en el espantoso viento de poniente que doblaba los árboles de la alameda, abrió de par en par las hojas de la ventana. Las cartas volaron golpeadas por una mano gigante, batieron sus alas como palomas liberadas de un agónico cautiverio. Ella, espantada, lanzó un grito de horror y salió corriendo de casa, saltó de dos en dos los escalones hasta la calle y persiguió las cartas como una enajenada. Nada le ataba al presente, porque su presente era su pasado, y su pasado se escapaba furioso por calles y parques, por esquinas y sumideros.

Apenas dos hojas de cientos acabaron estrujadas entre sus dedos. No sabía si volver a su casa o quedarse llorando sobre el asfalto empedrado. No tuvo que decidir. Sus manos, su boca, todo su cuerpo se transformó de pronto en miles de cartas nunca escritas, en declaraciones y poemas, en secretos y confidencias que jamás se atrevió a garabatear sobre el papel. Y desapareció entre las nubes viajeras de aquel verano ventoso y cruel que puso punto final, al fin, a su existencia tejida de ayeres.




¿Viene o va?

¿Viene o va? La miro de reojo. Cabizbaja, pensativa, la espalda hacia adelante, los pies retraídos, las manos juntas y ocultas, la mirada perdida, la tez pálida... Dejo de mirarla, no quiero parecer indiscreto. Observo a mi izquierda las luces de algunos turismos y otros autobuses. Me parece ver quieto en un semáforo a alguien conocido. Pero no, no era. Mi curiosidad regresa al interior y carraspeo. Con el rabillo del ojo intento de nuevo observarla. Quizás su gesto ha cambiado. Pero me sorprende descubrir el asiento vacío. Me sale un chasquido de fastidio. ¿Iba o venía?
Es tarde. Me he quedado vacío, en la última parada. Mañana volverá la vida a entrar y salir por mis puertas. A ir y venir, quizás volver o a desaparecer para siempre.


Amanecer en la playa

Una de esas visitas inaplazables para las que no hace falta sacar una entrada, ni pedir cita, ni anotar en la agenda, ni contratar un guía. Andar plácidamente por la orilla de la playa cuando aún puedes avistar estrellas y planetas como puntos luminosos y ver alzarse el telón celeste sobre la línea del horizonte. Y bajo el escenario, elevándose majestuosamente al actor de actores, el gran astro rey, que con gesto solemne nos advierte de lo bello que es vivir. De lo que bello que es soñar.


Esclavo

Nació esclavo. Le fue fácil. No conocía otro modo de vivir. Fuera de los límites de su esclavitud no conocía nada. Las figuras que se paseaban por las paredes eran sombras sin ningún volumen, eran como el humo, inaprensibles. Por eso, cuando soltaron sus grilletes se quedó quieto. Cuando le animaron a andar fuera de la oscuridad de su hábitat, retrocedía. No escuchar los grilletes con cada paso que daba le asustaba. Las líneas que marcaba la luz del sol en el suelo se le antojaban un muro infranqueable. La falta de libertad se había integrado en su piel de tal forma que le dolían los ojos, se le agrietaban los labios. Pero no había escapatoria, sería libre, aunque ese estado para él se pareciera mucho a la muerte.