Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"). Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


martes, 1 de mayo de 2018

Hugo desaparecido

Hugo era un tipo afable, educado, y todos en la Casa le querían.
Una mañana desapareció. Nadie le había visto desde la noche anterior. En el desayuno, Floren, Virtu, Angelines y Paco miraron su asiento vacío y bromearon sobre sus dificultades para despegarse de las sábanas. Los cuidadores le buscaron por todos los lugares posibles del edificio antes de avisar a la policía, lo que contrarió a la gerente. El protocolo era muy claro en ese sentido, primero tenían que avisarla, aunque fuera su día libre.
Fue bien entrada la tarde cuando localizaron a Hugo en la playa, andando con paso inseguro y parándose a intervalos para mirar al mar, allá lejos, donde las líneas se confundían con el cielo.
Hugo se mimetizó con la lluvia. Solo se le conseguía ver cuando rompían las olas y las ráfagas de viento abrían un espacio, como una cortina de seda líquida.
Un policía acompañó a la directora del Centro. Caminaban hundiendo pesadamente los pies en la arena mojada, enfrentándose a los golpes de lluvia y viento. Le llamaron elevando la voz a medida que se acercaban para que no se asustara.
-¡Hugo!
Hugo no reaccionaba, seguía dando un par de pasos a la derecha y después a la izquierda sin perder de vista el difuso horizonte.
-¡Hugo! ¿Qué haces aquí? -le increpó la directora en un tono agrio que llamó la atención del policía.
Cuando ella le cogió del brazo, Hugo dió un respingo y la miró asustado. Los ojos los tenía muy irritados, apenas parpadeaba, y en su rostro contraído se confundían lluvia y lágrimas.
-¡Hugo, vámonos a la Casa! ¡Vas a caer enfermo! -dijo la gerente, mientras el maldito rimel le corría por la cara.
-¡No! ¡Rosita está llegando, está llegando!
Hugo quería soltar su brazo del agarre de la directora, pero no lo conseguía.
-¡Hugo, Rosita no va a venir! -le gritó. A medida que el agua le calaba más la ropa, la directora se ponía más nerviosa. Miró al policía y torció los labios. Definitivamente, este asunto le había fastidiado la cena de aniversario. Echaba en falta al idiota del psicólogo cuando se le ocurrió la idea.
-¡Hugo, escúchame! -el viento ululaba con estrépito y las gotas de lluvia empezaban a doler en la cara- ¡Rosita ha venido a verte esta tarde y te está esperando en la Casa!
-¿Rosita? -Los ojos de Hugo se relajaron al fin.
Raúl Tamarit Martínez - Perdido - ilustración digital
El coche patrulla les llevó hasta la Casa cuando la tormenta estaba en su momento álgido y los truenos estallaban sobre los tejados. Durante todo el trayecto el anciano no paraba de salmodiar el nombre de Rosita, como quien conjura la presencia de un dios, o el cumplimiento de un ferviente deseo.
La gerente entró en el recibidor cogiendo a Hugo por los hombros. En recepción contuvieron una sonrisa al verla con el pelo aplastado sobre el pequeño cráneo, y el pintalabios carmesí repartido por toda la cara. Y también sintieron un escalofrío al ver sus ojos.
Hugo miraba alrededor mientras daba torpes pasitos sin saber hacia dónde dirigirse. La directora le cogió de la mano.
-Ven conmigo, anda, que te está esperando. -le dijo apartando a los auxiliares con un gesto de la mano, conminándoles a volver a sus tareas.
La directora y Hugo subieron al ascensor. Hugo seguía susurrando el nombre de Rosita con los ojos muy abiertos, pero que no parecían ver nada de este mundo.
El ascensor paró en el segundo sótano y se abrieron las puertas automáticas. Todo estaba oscuro y Hugo dió un paso atrás. Los neones del ascensor apenas iluminaban un pasillo frente a ellos que se perdía en una silenciosa negrura.
-¡Mírala Hugo! -y Hugo abrió más los ojos- ¡Está allí, esperándote! -Hugo rió feliz y salió tanteando las paredes llamando a Rosita.
Y el ascensor se cerró tras él.



Cristo crucificado

Pablito se asomó al pasillo de la gran iglesia desierta. Había asistido al dantesco espectáculo que su hermano mayor y sus amigotes decidieron perpetrar. Escondido entre los asientos, escuchaba sus risas frente al Cristo crucificado, al que escupían, le lanzaban cerveza, patatas fritas, ketchup y servilletas mojadas que se quedaban pegadas a sus sangrantes piernas o en su cabeza.
Al rato, se cansaron de la burla y se fueron a la carrera por la puerta lateral.
La iglesia recuperó la calma, su habitual e impresionante silencio. A Pablito se le ocurrió que podrían estar flotando en el espacio, donde había leído que nada podía oírse, excepto tu propia respiración dentro del casco espacial.
Esperó escondido hasta comprobar que nadie acudía. Encaró el largo pasillo y comenzó a caminar hacia el altar. Solo se escuchaba el roce de la goma de sus zapatillas. Se detuvo debajo del Cristo y levantó la mirada. Observó atentamente las manchas sobre la figura del cuerpo crucificado y le asaltó un sentimiento de lástima. Habría preferido que su hermano no hubiese hecho esto. Sintió la vergüenza ardiendo en sus mejillas.
La sangre policromada de la lanzada brillaba temblorosa a la luz de las velas. Pero sobre todo, brillaban los grumos que la cubrían. La cabeza de aquel hombre parecía inclinada para mirarle desde lo alto, como si quisiera pedirle ayuda. Pablito miró a su alrededor. Cogió la tela blanca que descansaba sobre el altar y una de las sillas que se alineaban contra las paredes del pórtico. Colocó la silla bajo el Cristo y, subido a ella y de puntillas, empezó a limpiar lo que su hermano había ensuciado. Pero por mucho que lo intentaba, apenas llegaba a frotar los pies de la mancillada figura.
Estaba sofocado por el esfuerzo cuando le sobresaltó el grito del anciano sacerdote:
-¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo?
Pablito perdió el equilibrio y se agarró de los pies del cristo para no caer, pero su peso arrastró la cruz y se estrelló con ella contra el mármol del suelo.
Veinte años después, regresó a la iglesia y se sentó en la primera fila. Había recorrido medio mundo y visto cosas asombrosas. Tras el altar, el viejo y reparado Cristo giraba aún la cara buscando a Pablito subido a la silla de puntillas. Pero nada como lo que Pablo tenía ahora delante de él. En el púlpito, dirigiéndose a los feligreses ceremoniosamente, el sacerdote levantó las manos con una hostia consagrada entre los dedos. Al bajar la mirada, vio a Pablo sentado frente a él, muy cambiado, pero la cicatriz de la frente le delataba. Con desbordante alegría y ante la sorpresa de todos los presentes, el sacerdote corrió a abrazarle y le susurró al oído:
-¡Dios! Cuánto te he echado de menos, hermanito.

Raúl Tamarit Martínez - Cristo - 29,7x21cm - pastel 
(inspirado en El crucificado, Cristo de la Buena Muerte, 
imagen en madera realizada por Juan de Mesa en 1620)

Traspasando el límite

Si la esperanza es lo último que se pierde, ¿trasciende la esperanza a la muerte?



Traspasando el límite - ilustración digital

Vitrubio en el lago

Declaración del único testigo vivo del Paciente Cero:
"Puedo jurar que no le vi entrar en el embarcadero. Será porque no le quité el ojo en ningún momento a la puesta de sol."
"No le vi. Me habría dado cuenta, supongo. Un anciano, con sus pasos pequeños, andando por las maderas hacia el lago. ¡Me habría llamado la atención!"
"Tampoco le vi caer, ni escuché chapoteo ninguno. Así que cuando alguien levantó la voz, yo fui uno de los curiosos que se acercó a ver."
"Al parecer, un niño vio a una mamá pato con sus seis patitos subirse al pecho del anciano que flotaba a la deriva, bajo montañas de pétalos de muchos colores, con los ojos muy abiertos y la boca como la de un pez, respirando torpemente y con los brazos y las piernas muy abiertos. Me recordó al hombre de Vitrubio, pero coloreado."
"Muchos opinaban que el niño que avisó a su padre le había salvado de acabar ahogado, otros que fueron los patitos al confundirlo con un islote y llamar la atención del crio."
"El caso es que, al final, el viejo llegó con vida al hospital pero sufrió una crisis en la UCI y murió. Sin ningún tipo de documentación, sin nadie que acudiera a identificarle, acabó en la morgue. Yo ya no podía hacer nada más, así que me fui."
*****
El forense enarcó las cejas al levantar la sábana y descubrir que la piel del anciano estaba manchada por pigmentos florales. "Qué curioso" pensó. Pero lo que más le sorprendió fue cuando empezó a cortar con el bisturí, desde el cuello bajando por el tórax. Por la incisión, a medida que avanzaba, borboteaban pétalos multicolores sin parar. El médico hundió sus manos en la cavidad torácica esperando palpar órganos, pero sus manos solo extraían puñados y puñados de pétalos.
Cuando salió del desconcierto inicial, cogió su bloc de notas y se dispuso a escribir sus observaciones, por absurdas que le pareciesen, pero le sobrevino una repentina tos. Y otra. Sintió la boca llena. De ella sobresalían algunos aterciopelados pétalos. Con precaución cogió uno entre los dedos y lo miró atónito. Los siguientes accesos de tos expulsaban de su garganta cañonazos incontenibles de pétalos frescos, hasta que la falta de oxígeno le mató.
No fue posible conseguir vacuna para la enfermedad.
El contagio se extendió como un disparo por todo el planeta, hasta convertirlo en una cósmica y esponjosa pelota de colores.

Raúl Tamarit Martínez - Fuente de color - ilustración digital

lunes, 30 de abril de 2018

Barca entre cañas

Una vez acabado el dibujo miré la barca, sus trazos, el tono, el contraste.

- "¿Qué ves" me pregunté. 
- Veo una barca. 
- "¿Nada más?". Pues..., unos cañizos alrededor. 
- "¿Y...?"

Intenté cubrir todo el área del dibujo buscando motivos, cosas, hasta que me di cuenta de lo que me quería decir a mí mismo. Entonces respiré profundamente, sonreí y cerré los ojos. En un instante me encontraba en aquel lugar. La brisa soplaba suave, cálida. La luna dejaba sobre las mansas aguas reflejos como diamantes. Floté en aquel ambiente hasta subir a la barca. Mis dedos resbalaron por la largas hojas de los carrizos, pasé la mano por el agua y me refresqué la cara. No existía el ruido, sino un rumor de naturaleza continuo, como una melodía ancestral. No existían las prisas, los pensamientos que rompen insolentemente la armonía. No existía la angustia, ni el dolor. No existía el miedo...

Volví pausadamente a esta realidad y miré el dibujo decepcionado. Nada que ver con el paisaje vivido, nada que ver con la autenticidad de ese otro mundo real.

RaulTamaritM-Barca entre cañas-29,7x21cm-Pastel

Regreso

Le reza a todos los dioses, de rodillas frente a la ciudadela que ocultó sus miserias.

Arlon Ferdersson Wrismid ha aprendido en su ingrato ostracismo que la felicidad, y quizá la redención, no se halla en ningún lugar físico.

Traía la piel de las manos levantada, quemada, envuelta en trapos mugrientos. Los labios hinchados, cubiertos de heridas purulentas. La cara ennegrecida por el sol de mil infiernos. Pero aún le quedaban fuerzas para rezar, confiando en que sus plegarias fueran escuchadas en los más bellos templos del Reino de los Cielos.

Al otro lado del río le esperaban probablemente horrores sin fin. Golpes, palizas, insultos, desprecios. Sin embargo, esa espectativa era deseable frente a los insufribles monstruos del camino.

Le temblaron las piernas al incorporarse. La larga capa ocultaba un esperpento, una insegura construcción de huesos y pellejo. Se subió a una desvencijada barca y remó con decisión hacia la otra orilla. Las pocas almas que aún daban bandazos por la ribera ni siquiera le prestaron atención.

Raúl Tamarit Martínez - Regreso - ilustración digital
Se arrastró por callejuelas inmundas hasta el palacio. En las soberbias puertas de oro repujado, dos guardias, cada uno sujetando con cadenas a un gran perro de presa, cruzaron sus lanzas doradas frente a él.

- ¡Alto! ¿a dónde cree que va? -le increpó el más alto.

El rostro de Arlon se hallaba oculto bajo la capucha.

- Descúbrase y diga su nombre.

Arlon permaneció inmóvil. El segundo guardia le gritó.

-¡Obedezca!

Arlon con movimientos premeditadamente lentos mostró su rostro y los guardias, al verlo iluminado por las antorchas, hicieron un gesto de repugnancia y tiraron de las cadenas de los canes.

Arlon pareció esforzarse para hablar. Movió lo que parecían labios y empezó a decir:

-Arlon...

Los perros comenzaron a ladrar furiosamente lo que obligó a los guardias a sujetarles con más fuerza.

-...Ferdersson...

Los perros se volvieron locos, los ojos parecían salírseles de las orbitas y la boca se les llenó de saliva.

-... Wrismid...

Los perros se lanzaron sobre la garganta de los guardias y no pararon hasta que quedaron inmóviles bañados en sangre. Después, con la cabeza gacha, olisquearon los pies de Arlon y emitieron lamentos muy agudos.

Flanqueado por ellos, Arlon atravesó el portón. Un cuerpo de guardias corrió hasta él, y al verle se apartaron. Siguió caminando, arrastrando las sandalias hacia la puerta principal del edificio de palacio. Los perros, dejando un rastro de sangre, andaban a su lado vigilantes.

Arlon entró por fin en el salón del trono, repleto de gente atenta a las palabras de la reina. Los vecinos y nobles allí reunidos le abrieron paso entre murmullos y Arlon se detuvo frente a la reina, que no daba crédito a lo que veía.

-¡Tú aquí! ¡Maldito pordiosero!¡Leproso rey del estiércol! -la reina estaba fuera de sí- ¡Guardias! ¡¡Guardias!!

Nadie acudía a su llamada.

Los perros miraban a Arlon, a la reina, a Arlon... éste adelantó las manos hacia la reina, apretó los dientes, los perros endurecieron los músculos de sus patas, gruñían expectantes, Arlon juntó los dedos corazón y pulgares, la reina seguía llamando enloquecida a la guardia, y Arlon chasqueó los dedos, que sonaron como disparos entre montañas.

Los perros destrozaron a la reina, esparciendo sus pedazos por todo el salón, los cortesanos corrieron despavoridos en todas direcciones. Arlon se quedó solo. Subió los cinco escalones del trono y se sentó en él. Cubrió de nuevo su cabeza descarnada con la capucha y permaneció en silencio durante horas, con los dos perros tumbados a su lado.

Nadie se atrevió a entrar en el salón del reino hasta medianoche, cuando los rayos de luz lunar incidían sobre el trono iluminando el cuerpo de Arlon, tirado en el suelo, muerto.


La captura

Un perro siempre espera algo bueno de ti, tu mejor versión, y por eso te mira con esos ojos de profundidad infinita, de confianza sin límites, de amor incondicional.
Por eso, cuando traicionas esa confianza, cuando le haces daño, cuando lo maltratas o le abandonas, o desatiendes su cuidado, nunca tiene una mirada o un gesto de reproche. Más bien al contrario. Es entonces, cuando te mira con esa intensidad de inquebrantable fe en que acabarás amándole como él te ama, que acabarás siendo para él, el Dios que siempre ve en ti.

Raúl Tamarit Martínez - La captura - ilustración digital

Faros en la noche

Cuando el héroe llega justo a tiempo para salvar a la inocente víctima de entre las garras del malvado asesino, no tiene precio.



Raul Tamarit Martínez - Faros en la noche - ilustración digital

sábado, 28 de abril de 2018

Luna llena

Fue entonces cuando lo recordé, mientras miraba la luna llena moverse por el cielo en aquella noche atónita.
Recordé el sabor del caramelo carmesí que se despegaba de tus labios mientras te besaba a cámara lenta, aquella manzana de azúcar pegajosa de un rojo intenso y brillante que endulzaba mi universo y me estallaba en el pecho.
Recordé tus ojitos de cristales irisados de amor, bañándose en mis pupilas. Y el discreto tránsito de la luna me llevó de estos a otros recuerdos, por caprichos de la mente, con la indolencia de un niño que, jugando a la rayuela, no repara en la hormiga que mata, o en la infancia que muere a cada paso, a cada abrazo, a cada te amo o con cada desengaño.
Recordé luz de faros sobre el mar deslumbrando a la diosa de la noche, destellos de nuestros cuerpos entre las crestas de las olas, sumergidos o emergiendo como peces voladores que cruzan sus alas en pleno vuelo y caen silbando entre suspiros.
Luego, la luz rutilante y fría del sempiterno espía muestra su rotunda frescura, en un deambular de caracol perdido en la soledad de la noche estelar.

Raúl Tamarit Martínez - Luna llena - 29,7x21cm - lapices

Se llamaba Gloria

Se llamaba Gloria. Murió de pena.
¡Era tan bella recién nacida,
brillaba tanto en la basura!
Creció entre golpes y estropajos,
aferrada a la vida,
entre escobas y llantos.
¡Tenía tan fresca la mirada,
iluminaba tanto su sonrisa!
Parió sin descanso, crió sin respeto,
y su cuerpo destrozado
acabó un día de lluvia sobre el fango,
seco.
Se llamaba Gloria. Vivió de paso.
¡Era tan bella, era tan hermosa!
¡Gloria, la llamaban!
Aunque murió de pena.
¡Y de espanto!

Raúl Tamarit Martínez - Pena - 29,7x21cm - lápices


¿Tiene memoria el olvido?

¿Tiene memoria el olvido? Es una pregunta absurda en tanto el olvido es la pérdida de memoria. Sin embargo, si la memoria no es perfecta, ¿porqué ha de serlo el olvido? Si nuestra facultad de recordar depende de múltiples factores, ¿no le ocurre lo mismo a su contrario? En no pocas ocasiones recordamos lo que creíamos totalmente olvidado y olvidamos algo que estábamos seguros de que nos esperaba en la biblioteca de nuestra memoria. Por lo tanto, me atrevería a afirmar que sí a la pregunta. Porque hay momentos en los que estoy tan completamente seguro de haberte olvidado, como lo estoy de estar condenado a recordarte.


Reposo - 29,7x21cm - Técnica mixta (inspirado de imagen vista en la red)



Derrotado

Hay ocasiones únicas, en las que no luchas por ganar, momentos en los que conseguir la victoria no es lo importante. Son batallas que sabes perdidas antes de empezarlas, batallas por defender una idea o un sueño imposible, pero que en sí mismas justifican el esfuerzo, el sacrificio e incluso la muerte.


Derrotado - 29,7x21cm - Técnica mixta



sábado, 3 de marzo de 2018

De paso

De paso-29,7x21cm-Técnica mixta
Los cascos del caballo se hundían en el polvo. Con la gran frente gacha, pendulando la cabeza mecánicamente, sus patas se alternaban por inercia. El jinete, extremadamente delgado, apenas llenaba la ropa. Ocultaba su rostro bajo el sombrero, evitando el fuego que caía del cielo y que le arrancaba la piel del rostro como un huracán las hojas de un libro.

Recorría con su montura la calle mayor de aquel pueblucho arenoso y rojizo. Detrás del polvo y la suciedad de cada cristal adivinaba las miradas curiosas de sus desafortunados habitantes.

Joe mostraba signos de cansancio extremo. Recorría sin descanso pueblos aislados que nacían al amparo de una mina, o vivían de la cría del ganado. Pero como recién nacidos, eran frágiles y se hallaban expuestos a múltiples peligros y muchos de ellos inimaginables.

Junto a la cantina había un abrevadero con una pila de forraje. Acarició el cuello del animal mientras bebía y comía, sin perder detalle de las sombras que iban apareciendo en las esquinas o que se asomaban temerosamente por las ventanas. Oyó un grito de agonía y miró en su dirección bajo el ala del sombrero. Joe ató el caballo al amarradero y entró en la cantina. Todo estaba en silencio. Al acercarse a la barra sólo se oía el tintineo de las espuelas y el crujir de la madera del suelo bajo sus botas.

Se apoyó y el camarero emergió la cabeza de su escondite con mirada de terror.

- ¡Tenga cuidado! -advirtió al recién llegado.- ¡venga, deprisa, escóndase!

Joe le hizo caso y agachados tras la barra preguntó.

-¿Pero qué demonios pasa, amigo?

- Shhhh baje la voz. Exactamente eso es lo que pasa. Un diablo anda suelto por el pueblo. ¡Está masacrando a todo ser vivo que encuentra! -susurró aterrado.

Joe palpó instintivamente la culata de su revólver.

Escucharon un relincho escalofriante y a continuación el silencio. Joe temió por su caballo, tomó aire y se incorporó dispuesto a todo. Miró hacia las puertas batientes. Ahí parado, con los brazos abiertos y a contraluz, vio la silueta de un ser monstruoso. El camarero le apartó violentamente y disparó dos cartuchos sin ninguna puntería cayendo al suelo aterrado.

Joe se revolvió descargando el tambor del revólver con precisión de cirujano. Dos balas directas al corazón, dos al estómago y dos más a la cabeza. El monstruo aún dio tres pasos hacia él antes de caer derrumbado a sus pies. Con pulso templado, recargó la pistola y salió de la cantina. Junto al abrevadero, los restos de su caballo colgaban del porche cubierto de sangre.

De pronto, un hombre alto, vestido con una levita mugrienta y una gran cruz colgando del cuello entró en la cantina y emitió un chillido de rabia y dolor. Agarró del cuello al camarero que aún permanecía en el suelo, anonadado.

- ¿¡Quién ha sido!? ¿quién ha matado a mi criatura? -le preguntó casi sollozando.

El barman señaló hacia la puerta. El hombre de la levita se giró bruscamente soltando saliva de entre sus dientes y los ojos inyectados en sangre. Vislumbró la silueta de Joe, pero la luz de la calle le impidió enfocar el dedo de Joe en el gatillo ni la bala saliendo del cañón. Le reventó el cerebro y cayó de espaldas sobre el monstruo con el que creó una curiosa figura en cruz que emulaba la que descansaba ensangrentada sobre su pecho.

En pocos minutos, varios vecinos se atrevieron a entrar muertos de miedo a la cantina y rodearon los restos del demonio y su dueño. Se quedaron espantados. Alguien vio a Joe alejarse hacia las cuadras cargando con los restos de la silla y las bridas. Nadie le impidió montar un caballo y continuar su camino.

Ya con las últimas luces del atardecer, al trote, Joe se descubrió el brazo izquierdo. El sol tintó de rojo los cortes simétricos que cubrían su antebrazo. Desenfundó su cuchillo y añadió otro corte. Este casi tocó hueso. Chupó su propia sangre y la escupió sobre unos arbustos resecos.

Ya se perdía su figura entre las montañas y las matracas del desierto empezaban a guardar silencio, cuando de entre esos matorrales, comenzaron a brotar desaforadamente cientos de florecillas carmesí que parecían querer escuchar el susurro de las estrellas.










La soledad del agua

RaulTamaritM-La soledad del agua-29,7x21cm
Lápices sobre papel Canson negro
Tenía el lomo deshecho, los brazos con tirones, la espalda crujida, pero había que seguir. Su vida la enfocaba en remar. Remar, cargar, descargar, remar.

Hoy se había levantado con el sol. Mientras se duchaba, su mujer le decía: "Tenemos que hablar". Se aseó y se sentó en la pequeña mesita de la cocina que asomaba a uno de los más antiguos canales de la ciudad.

Mientras sorbía el café, su mujer se sentó frente a él y le miró fijamente. Piero frunció el entrecejo al escucharle decir que quería dejarlo, que no aguantaba la vida que llevaba con él.

Por unos segundos no reaccionó, ¿o fueron minutos?

- ¿Qué dices?

- Que se acabó. Ya no podemos vivir juntos. -la voz de Paula sonaba extrañamente neutra.

- Pero, no lo entiendo. ¿Qué ha pasado?

No obtuvo respuesta.

-Está bien, está bien -repitió nervioso- cuando regrese del trabajo lo hablamos, ¿vale?

Piero le dio un beso en la cara a su mujer y salió corriendo al trabajo. Paula miró a un punto lejano a través de la ventana abierta con las manos sobre el mantel. De nuevo se sintió sola, más sola que nunca. Tan sola como el agua de los canales, sintiéndose uno de ellos, surcado millones de veces por las quillas de las barcas, con los remos clavándose en sus costillas, rodeada de las risas de otros, de los momentos románticos de otros, de la indiferencia de todos.

Piero esa mañana se aplicó con la misma energía de siempre, sin pensar en otra cosa. A mediodía regresó y subió a la casa apresuradamente.

-¡Paula!

Paula ya no estaba, ni sus enseres. A la izquierda del armario la ropa de Piero colgaba de las perchas más a la vista que nunca.

El barquero se preparó un café pausadamente, manteniendo la calma. Cogió la taza por el asa y a medida que se la acercaba a los labios más le temblaba la mano hasta derramárselo por encima.

Era incapaz de procesar lo que estaba pasando, así que decidió volver al trabajo. Se subió a la barca y remó, remó, pasaba bajo un puente y otro con los ojos muy abiertos, casi sin parpadear. Remó hasta que su cuerpo le dijo basta y dejó caer el remo. La inercia de la barca le llevó hasta un callejón oscuro, de los que nadie transitaba nunca. Allí se quedó, oculto a los ojos de los vecinos y los turistas, escondido como un gato aterrorizado, acurrucado y temblando sobre los sacos de mercancía.

La mirada se le quedó enganchada en las turbulencias del agua que lamían los cimientos desgastados de los edificios.

Repasó toda su vida junto a Paula y la dió por perdida. Quizás ella tenía razón. Sintió por primera vez que había desperdiciado la oportunidad de ser feliz junto a ella. Se encendió un cigarrillo y se puso en pié. A un lado, el callejón se extendía hundiéndose en una absoluta negrura. De alguna manera aquello representaba su pasado. Apuró al máximo el cigarrillo y miró al otro lado. La luz del atardecer se movía entre los ladrillos viejos haciéndoles parecer vivos.

Y, aunque el poder de la llamada de la oscuridad era muy potente, un último fogonazo de supervivencia le ayudó a agarrar el remo con una fuerza inesperada y dar la primera palada hacia una nueva e impredecible existencia.



Elohim o El Ángel Renegado


Era hijo de gigantes, hijo de humanos, era arena mojada en la playa de la creación, era brisa perdida entre el cielo y la tierra, era madera incandescente y la gota que se duerme en el carámbano, era ceniza en el musgo y rocío en las pestañas de la primavera.

Era un ser sin destino, sin misión, sin propósito..., excepto probar que los humanos no eran dignos de sobrevivir en un mundo repleto de maravillas. Y para demostrarlo se mezcló entre ellos, observó la belleza de sus vástagos, la armonía de sus proporciones, la profundidad de sus sentimientos. Nada menos conveniente al objetivo que se había marcado.

Su confusión fue en aumento hasta que fue demasiado tarde y la inevitabilidad del deseo carnal se desató en sus entrañas. Su adicción sexual por los humanos le hizo perder el control y acabó sumido en la desesperación de quien se ve superado por los acontecimientos sin posibilidad de retorno.

Perdió sus alas, pervirtió los principios que le señalaban como un ser superior, renegó de su sangre, olvidó su nombre y lloró su fracaso. Los hombres eran dignos de vivir en la Tierra y él, que pretendió aniquilarlos, se hincó de rodillas y suplicó a los dioses que no le castigaran, que le permitieran gozar de la vida junto a ellos hasta el fin de los tiempos.

Pero no se lo concedieron. Porque ese iba a ser su castigo: que habiendo convivido con la luz, fuera arrojado de nuevo a la oscuridad para siempre.

Renegado-29,7x21cm-Lápices y tintas


Jonás, el vaquero

Desde la loma - Dibujo técnica mixta
Cansado de tragar polvo guiando el ganado, de limpiarle los ojos a su caballo, de palmearle el cuello y de mesar sus crines sucias y grasientas.

Cansado de sortear piedras y grietas de los caminos, de desclavar pacientemente las ortigas de sus pantalones.

Cansado de no recordar la cara de su madre pero sí el cinturón de su padre, cansado de soñar en un país lejano y verlo desaparecer en el limbo de los sueños.

Cansado de trotar, galopar, trotar otra vez y detener su montura frente a un lago que refleja el disco lunar o en un cauce seco y muerto.

Cansado de sentirse triste, de vivir decepcionado y de tragar fuego, cenizas, insectos, de lamerse la sangre de las heridas, de rezarle mal al dios equivocado.


Cansado de estar cansado, buscaba un trabajo de vaquero sin conseguirlo.

Aquella noche las estrellas brillaban con gran intensidad.

Escogió un lugar resguardado para descansar.

Jonás, sentado junto a la fogata que con sus pavesas jugaba con la noche más negra que recordaba, se ajustó el sombrero sobre la frente. Las llamas le iluminaban apenas la cara cuando su caballo relinchó. Antes de darse cuenta, la cascabel le había mordido en la mano. Gritó de rabia. La serpiente se escabulló rápidamente entre los arbustos. Intentó succionar el veneno pero la hinchazón empezaba a ser evidente. Ató a dos centímetros de la herida un trozo de la camisa. Poco más sabía hacer.

En medio de la nada, solo podía esperar que no le hubiera inyectado mucho veneno. Pero los síntomas indicaban lo contrario. Empezaba a faltarle el aire, sentía náuseas y un dolor insoportable le trituraba el brazo. Así que tomó una decisión. No podía permitir que su caballo muriera de sed cuando él falleciera. Cargó la pistola y se acercó a él. Un mareo le hizo perder el equilibrio. Le acarició la cara y le miro a los ojos. A Jonás le pareció ver en ellos cierta calma fatídica ante lo inevitable. Le fijó el cañón del arma en la frente con mano temblorosa unos interminables segundos. Se le escapó un sollozo y finalmente disparó al aire. El caballo levantó sus patas delanteras y se perdió galopando en la oscuridad.

Jonás sentía que el corazón le empezaba a fallar. El cansancio acumulado hizo el resto. Tumbado boca arriba junto a la hoguera, le inundó una vaharada de felicidad. Se le llenaron los ojos de estrellas.

Al momento se le difuminaron y en su lugar, como por arte de magia, pudo ver perfectamente dibujado, el rostro de su madre exhibiendo una sonrisa cruel y levantando sobre su cabeza el viejo cinturón del padre que les abandonó cuando Jonás apenas era un niño.

La noche se tragó a Jonás y veló su cadáver hasta que el sol la reemplazó con sus largas trenzas doradas.



La carta

-¡Léemela tú por favor! Que me tiemblan las manos y me falta el aire y la vista se me nubla. Hazme ese favor amiga mía, antes de que caiga desmayada de repente.

-Ahora mismo te la leo. Veamos, veamos. Empieza así:

"Amor de mi vida, mi gran amor..."


-Ay, no sigas amiga, que el corazón quiere salírseme por la boca. Continuaremos mañana, que tan escasas palabras me bastan para empezar a soñar.



La carta - 29,7x21cm - Boceto al pastel sobre papel Canson negro

Esperando al tren

Esperando al tren-29,7x21cm-Boceto 
a tinta de una foto vista en la red.
De pie en la estación, María reparó en que todo a su alrededor iba perdiendo color. Apenas distinguía el verde de los árboles o el azul del cielo. Las mejillas de los niños empalidecían, nadie que se cruzara con ella la miraba a la cara, las vías del tren se mostraban inútiles sin trenes, ni siquiera avisando a lo lejos de su llegada.

Entonces sonrió al recordar que aún le quedaba una vía de escape. Se sentó sobre la maleta, abrió un libro y desapareció en sus páginas.

Guardia mortal

La ventisca arreciaba convirtiendo los copos de nieve en proyectiles helados.

Carl se ajustó el pasamontañas alrededor del cuello mientras que el golpeteo de la nieve en el casco le aturdía. El AK5 pesaba una tonelada y no sentía los pies. La lágrima tatuada junto al párpado derecho destacaba sobre su tez pálida.

Habían transcurrido casi las dos horas de la guardia y lo que Carl esperaba que sucediera no ocurría.

Se presentó voluntario para esa guardia ante la sorpresa de sus compañeros de armas que esperaban aterrados a que el sargento leyera el nombre del infortunado.

El lunes anterior empezó todo. El soldado de la guardía de las 3-5 a.m. había desaparecido. Restos de sus tripas, el arma y ropas desgarradas descartaban la deserción. Todo el cuartel se puso en alerta.

El campamento se ubicaba en una de las más alejadas regiones, al borde mismo del Círculo Polar. Nadie tenía muy clara la utilidad de mantener activo un emplazamiento tan inhóspito. Y aún menos lógica tenía mantener aquel puesto en lo alto de un risco, a dos kilómetros de la base, desde dónde sólo se veía la luz mortecina de las farolas junto a los barracones de la zona norte. Una caseta de un metro cuadrado como único refugio, un teléfono fijo, una linterna de pilas y dos ventanucos con cristales cubiertos de escarcha.

El martes, el relevo dio en voz alta la seña al acercarse al puesto. La oscuridad era absoluta. Nadie cantó la contraseña. El cabo repitió la seña dos veces más. Silencio. El soldado de relevo se quejó cuando el cabo lo tiró al suelo.

- ¡Abajo!

Se acercaron a gachas a la garita. El cabo tocó algo duro y tibio con la mano. Gritó al iluminarlo y descubrir que era la cabeza, desgajada, del soldado de guardia.

Nadie quería ir a ese puesto el miércoles. Pero nombraron a Per. El jueves arrastraron a Jan hasta la garita y le encerraron con llave. El viernes llevaron a Erik a punta de pistola. Todos fueron masacrados, despedazados, con partes de sus cuerpos en las cercanías y rastros de sangre que se perdían en las profundidades del paisaje.

El sábado, Carl se presentó voluntario. Hacía apenas dos semanas de su incorporación al cuartel. No conocía a nadie, ni nadie le conocía a él. Por eso le miraron con el ceño fruncido pero con agradecimiento infinito brillando en sus pupilas. Otro para el matadero, pensaron.

A las 4.30 a.m. Carl creyó oír unos aullidos camuflados entre el estruendo del viento en su casco. Salió de la garita con el arma preparada y se acercó al borde del montículo. Delante tenía la oscuridad absoluta.

Centró su mirada en lo más profundo, donde parecía imposible que nada con vida prosperara.

De repente, un rugido inhumano contaminó el aire con su estruendo. Una sombra se acercaba amenazadora en dirección a la garita.

Carl lanzó el arma lejos de él. Se quitó el casco y las gafas. El ser continuaba su marcha aplastando la nieve a cada paso. Carl se deshizo de los guantes, de la cartuchera y del abrigo. Un ser monstruoso se plantó delante de él. La enorme cabeza quedó al nivel de la de Carl y sus miradas se enfrentaron. Un resplandor frío se extendió sobre el risco. Al cabo de unos instantes, un chillido agónico pareció elevarse y se fue perdiendo en la noche.

Cuando el relevo estuvo cerca del puesto de Carl se encontraron con un reguero de una extraña sustancia verdosa sobre la nieve que conducía a la garita.

El cabo Bjorn iluminó el interior de la caseta y gritó del susto. Un colgajo de piel con la forma de un ser humano estaba pegado a las paredes. Junto al hueco del ojo derecho podía verse el dibujo de una lágrima. Ni rastro de Carl. Solo la enfurecida ventisca seguía rugiendo y pegando deditos helados en sus asustados rostros de ser humano.



Cuando miro atrás

Cuando miro atrás, veo tierra quemada. Lo pasado está destruido. Los sueños de felicidad aplastados.

Solo veo un resquicio de verdad bajo mis pies, donde las sombras de los monumentos derruidos me indican la dirección a tomar. Y son múltiples, incontables las señales a cada paso.

Y allí a dónde me dirijo se expande una luz hacia el infinito, una senda que me empuja a caminar directamente hacia las estrellas.




Nocturnidad - ilustración digital