Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"). Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


sábado, 14 de julio de 2018

La castañera

La anciana castañera permanecía quieta, sentada en el suelo de la esquina de las calles Pueblo Nuevo y San Tirso. La nieve lo cubría todo, incluso las farolas de gas que aún permanecían encendidas alumbrando apenas las huellas de los caballos y el rectilíneo rastro de los escasos coches que se atrevían a circular a esas horas.

Algún transeúnte pasaba apresuradamente por delante de la castañera sin pararse a mirar siquiera los rojizos rescoldos del fogón.

La anciana, acurrucada y envuelta en su toca, con un pañuelo negro cubriendo su cabeza, quedaba oculta por una capa blanca, confundida en su entorno de tal forma que, junto con sus utensilios, parecían un puñado de trastos viejos amontonados en la esquina listos para ser retirados.

Un fino y frío viento empezó a soplar calle abajo, arrastrando grandes copos de nieve a modo de cortinajes contra portales y ventanales. Un carruaje pasó frente a ella a toda prisa salpicándola de barro. La anciana ni siquiera se inmutó, no se atrevía a perder calor con un mínimo gesto. Sin embargo, sacó una mano temblorosa, sujetó torpemente las pinzas e intentó reavivar la lumbre. Una vaharada de aliento salió de su boca semiabierta. Quería haberse retirado mucho antes de que cayera la noche, pero la rigidez de sus piernas le impedían levantarse. Ahora ya no las sentía. Había desechado la idea de volver al refugio con su cargamento de castañas, la olla, las pinzas, el fuelle..., imposible. Había vendido apenas un par de cucuruchos. Nada.

Nadie parecía fijarse en ella cuando pasaba por delante. Levantaban las solapas de sus abrigos y aceleraban el paso. El aire dolía al respirarlo, no había tiempo para comprar castañas. Y el aroma de las que la anciana mantenía calientes para atraer a los más renuentes había desaparecido hacía muchas horas.

Estaba sola. No le quedaba nadie a quien contarle sus penas, o que le diera un abrazo o un beso en la mejilla. Solo otros como ella, amontonados en el refugio como leña vieja, sin fuerzas para sonreír o levantar la mirada. El hambre la había convertido en una mujer enjuta, seca, malhumorada y triste, muy triste. Pero sin lágrimas. Las abandonó el día que no pudo con su peso. Por eso hoy le sorprendió notar el calor de una cayendo hasta su boca. La lumbre no echaba humo. Las castañas apiñadas en cucuruchos se encogían bajo la nieve. Y ella se hacía a cada minuto más y más pequeña.

Raúl Tamarit Martínez - La castañera
Al amanecer, bajo una capa de hielo, alguien reconoció su cuerpo hecho un ovillo y llamó a los vecinos. Un policía hizo algunas preguntas y se quedó unos minutos junto al cadáver, haciendo anotaciones con un lápiz en una hoja de papel gris. Cogió una castaña que permanecía sobre el fogón e intentó hincarle un diente, y el diente crujió. Ugggg. Soltó la castaña y el sabor metálico de la sangre le enfureció. El policía esperó a los servicios forenses con la mano en la cara y un gesto de dolor.

Cuando llegó el carro, pararon frente a la anciana, bajaron dos funcionarios con sendas palas y despegaron a la castañera del suelo haciendo palanca. El hielo que tenía adherido pesaba más que ella, así que la subieron al carro con facilidad y pusieron en marcha al caballo con suaves latigazos. El policía les miró perderse entre el gentío y sintió una punzada de lástima por la anciana. Ésta pobre mujer podría haber sido la madre que él nunca llegó a conocer. La que le abandonó al nacer entre los desperdicios de una bodega. Entonces el dolor en el diente regresó y le hizo blasfemar contra todo lo divino y lo humano. Guardó sus anotaciones en un bolsillo de la chaqueta y le dedicó a la castañera un último pensamiento, escueto y rotundo como una esquela que resumía su paso por este mundo: "¡Maldita vieja estúpida!"

Apenas el policía había girado la siguiente esquina, una tropa de desharrapados se pelearon por los restos que dejaba la anciana y que probaban su existencia. El sol de aquella luminosa mañana propició el deshielo y acariciaba con sus débiles rayos la esquina de Pueblo Nuevo con San Tirso.

En el suelo, una castaña congelada, abierta su corteza con un irregular tajo de cuchillo, parecía una redonda y cómica sonrisa mostrando una dentadura tostada, con un hilillo de sangre, que se reía del mundo y sus miserias.




domingo, 10 de junio de 2018

La Feria

La Feria y sus feriantes, nubes de azúcar, globos de colores, la noria, casetas de tiro, patitos amarillos, tiro al peluche, grúas, si no un pito una pelota, carreras y llamadas, empujones, besos furtivos, manoseos en lo oscuro, bofetadas en lo claro, yo me quedo, ¿por qué te vas?, acompáñame, solo un poco, ahí no subo, yo no quiero, tú primero, subir, bajar, sustos y miedo, vómitos y mareos, música estridente, canciones desgastadas, pachanga sin sentido, miradas a la luna, un niño calla y otro estate quieto, no hagas eso, muévete, no quiero que te enfades, ni que me marees, ni que me mientas, ni que te vayas, la bruja de la bola, la caseta de la cíngara, el tiovivo, la rifa, tierra de polvo y boletos rotos, barro pisoteado, el barco balancín, focos locos, la montaña rusa, no le encuentro, ahí está, me lo has prometido, aceite refrito, castañas, chocolate, maíz, disfraces, tatuajes de quita y pon, maquillaje rojo, no quiero volver a verte, si me dejas me mato, el palacio de los espejos, el látigo, el tobogán, el gran dragón, linternas, piruletas, manzanas de caramelo, llamaré a mi abogado, aunque me odies, yo te amo, el tren de la bruja, la casa del terror, griterío, risas de niños, ¿entonces me quieres?, no lo creo no es respuesta, chillidos adolescentes, lágrimas, bebés dormidos en su carrito, coches de choque, purumoro, bastones, chispas y centellas, estrellitas pintadas, vagones, si lo sé no vengo, ya basta, no lo aguanto, ni ella es tu madre ni yo tu padre, mírame a los ojos, odio a mi hermano, ojalá no hubieras nacido, montaña rusa, sirenas de locura y guirnaldas, vértigo, carreras, sentadillas, el pulpo, el sparring de boxeo, la maza, tartas, pasteles, buñuelos, fotos movidas, sombreros viejos, recuerdos, creí que te había perdido, no lo vuelvas a hacer, ésta es la última vez que te perdono, búscame entre Venus y Mercurio, estoy quemado, te compré un anillo, no lo quiero, tómbolas, muñecas y ositos, ranas gigantes, adivinos, caballitos, monstruos y payasos, espérame un momento que me meo, escopetas trucadas, quiero volver a casa, no digas tonterías, no tenemos casa, soldaditos de plomo, juguetes, caballitos de madera, helados, palomitas, molinillos de viento, adioses de luna nueva, te lo ruego..., no te vayas...


Dime la verdad - ilustración digital

Cinco cigarrillos

Receso - 29,7x21cm - pastel blanco sobre papel negro
(inspirado en una escena de la serie Homeland)
Había dejado de fumar hacía muchos años. Sin embargo, cuando Antonio tomó la decisión, reservó un paquete de cartón con cinco cigarrillos. Uno por cada persona que le importaba en el mundo.

Cuando uno de ellos fallecía, buscaba el momento y lugar adecuado, y se fumaba el cigarrillo como un ritual en el que cada calada se proponía despertar uno de los momentos que le unieron al ausente. Entrecerraba los ojos, entretenía el humo en la boca antes de jalarlo a los pulmones y lo mantenía en ellos por unos segundos, hasta que el picor le forzaba a expulsarlo junto con los recuerdos que se deshilaban como espuma de azúcar en la penumbra.

En aquella espléndida noche de media luna, le llegó el turno al último cigarrillo. Y en esta ocasión no le embargaba el dolor, o la pena, no había congoja ni lágrimas vergonzosas tiritando en los ojos.

Esa noche se subió a la terraza del edificio para mirar cara a cara a las estrellas. Envuelto por las sombras, sacó el solitario cigarrillo con la parsimonia de una ofrenda. Ese cigarro estaba destinado a él mismo, en la antesala de su muerte. Ya no le quedaba nadie que le importara. Así que, lo encendió, lo chupó con intensidad hasta que le salió humo por las orejas, arrancó a toser, y cuando se calmó miró la boquilla que le señalaba el camino del fin. Se acercó al pretil de la terraza y miró hacia abajo, al abismo. Veinte pisos le separaban de los otros cuatro homenajeados.

Tenía una pierna levantada y el pie apoyado en el muro, cuando se abrió la puerta metálica del terrado y un haz de luz le iluminó dejándole expuesto. Una mujer despampanante surgió de ese resplandor. Con un barreño de ropa apoyado en la cadera, se dirigió al tendedero más cercano a Antonio, se agachó dejando la lavada en el suelo, se incorporó y vio a Antonio mirándola con la boca abierta. Ella le sonrió y le dijo con cierto coqueteo:

-Buenas noches.

Antonio recogió con discreción su pierna encaramada, se ajustó el cuello de la camisa y le dedicó a aquella desconocida su mejor sonrisa.

El cigarrillo se había consumido, la decisión estaba tomada y solo quedaba ejecutarla.

Pero no sería hoy.


Huérfanos

Pronto perdieron Abel y Sofía a sus padres.

Apenas contaba Sofía con seis años y Abel siete cuando quedaron huérfanos bajo la custodia y guarda de su tío Arturo y de Adela, su mujer.

El día en que la asistenta social les comunicó el fatal acontecimiento, Abel maduró de repente, como si le hubieran golpeado con un palo en la cabeza y despertara a otra realidad. A una cruel y sin color.

Sofía tardó algo más en reaccionar, pero cuando lo hizo, no paró de llorar durante meses con la mirada perdida. Buscaba siempre la compañía de su hermano, y le cogía de la ropa para que nunca la dejara sola, o le agarraba la mano con dedos temblorosos, sin perder la esperanza de que no fuera cierto y que realmente sus padres no estuvieran muertos, y que alguna de sus aterradoras noches, oculta bajo las sábanas, apareciera de pronto el rostro de su madre sonriéndole y la protegiera con un fuerte abrazo que no acabara jamás.

Abel adoptó el papel de padre y madre a un tiempo queriendo cubrir el enorme vacío que sus padres les había dejado, engañándose a sí mismo diciéndose que no importaba, que no los necesitaba, que era lo bastante fuerte para cuidar de los dos contra todo y contra todos.

Con la constante ausencia de su tio y el desapego de su tía Adela, dolida por su imposibilidad de concebir un hijo propio, crecieron los hermanos.

Abel se propuso aprender, absorber cuanto sus capacidades dieran de sí para conseguir algún día salir de aquella casa sin amor, llevarse a su hermana lejos y vivir por sus propios medios.

Supo convencer a Sofía de que debía mantenerse fuerte y permanecer las horas de clase separados sin que sufriera ataques de pánico. Entretanto, él se las arreglaba para mantenerse firme frente a los grupitos de niños más violentos. Un par de enfrentamientos furiosos, de los que sacó un ojo morado y algún que otro corte, bastaron para que consideraran plausible la cobarde idea de ir a por otra víctima más débil.

Abel se sometió a una autodisciplina que le hacía fuerte mental y físicamente, a pesar de haber heredado la endeble corpulencia de su padre, esforzándose en las actividades físicas con una concentración extrema.

Sofía adoraba a su hermano y seguía siempre sus consejos con entusiasmo, buscando su aprobación por cada éxito, por pequeño que fuera, lo cual conseguía siempre de Abel, atento a cualquier aspecto que concerniera a su hermana. Suplía con ello la indiferencia de sus tíos, que se conformaban con que ambos hermanos no les causaran ningún problema.

La adolescencia pasó por ellos sin ruido y alcanzaron la mayoría de edad siempre unidos, hasta que Sofía conoció a Rubén, uno de esos niños pendencieros que en el colegio le bailaban el agua al líder de turno. A pesar de la desaprobación inicial de su hermano, Sofía alimentó de amor la relación con Rubén, lo que supuso para Abel asumir, no sin cierto grado de amargura, aquel distanciamiento inesperado.

Pasaron los años y Sofía y Rubén se casaron tras un tortuoso noviazgo. Al poco, Abel dejó la casa de sus tíos, que ni siquiera disimularon alivio, y visitó a su hermana para despedirse, con la promesa de mantenerla informada de sus andanzas.

Hasta hoy.

Dos años habían transcurrido desde su marcha. Llevaba semanas sin saber nada de Sofía. La frecuencia con la que hablaban se había ido dilatando, sin embargo, en sus últimos contactos notaba en la voz de su hermana matices que le preocuparon.

Bajo la lluvia - ilustración digital
Hoy, llovía a cántaros sobre la lápida de Sofía y él lloraba de rodillas sobre ella. La tormenta se rasgaba la cara y se arrancaba los ojos sobre Abel, y el cielo gritaba truenos y escupía relámpagos arropando su inconsolable dolor.

Aquella tarde no fue a visitar a sus tíos. Sabía dónde encontrar a Rubén y esperó de pie durante horas, apoyado en el muro cercano al bar en el que el asesino de su hermana se divertía.

Ya no llovía y el cartel de neón del bar se encendió, esparciendo una pátina amarillenta sobre el asfalto. Alrededor, olía a orín y a vómito. Las luces de la ciudad empezaban a abrir lentamente los párpados.

La gente que pasaba cerca le miraba de reojo, pero nadie le reconoció con la capucha sobre la cara y las manos en los bolsillos.

Cuando Rubén salió, ya pasaba de medianoche. Y no salió solo. Con signos de embriaguez, se apoyaba en el hombro de una mujer rubia que intentaba zafarse de su peso entre risas. Giraron hasta el solar que hacía las veces de aparcamiento. Al llegar al coche, lo intentó abrir con el mando a distancia, pero no funcionó. Se le comían los demonios mientras intentaba abrir manualmente la puerta, y la rubia estaba tan ocupada lanzándole insultos mezclados con el humo de su cigarrillo, que no vio la sombra acercarse por detrás. Lanzó un grito agudo cuando el desconocido rompió el cristal de la ventanilla con la cabeza de Rubén.

No hizo falta que le dijeran que se fuera. Corrió cayéndose sobre la grava mojada y desapareció a gatas entre los coches.

La cabeza de Rubén se cubrió de sangre completamente. Abel lo tiró de espaldas sobre el capó.

- ¿Quién coj...? -farfulló.

Abel le mostró la cara.

- ¡Abel? ¡Mierda! Fue un accidente, te lo juro, yo no quería... -un fuerte puñetazo en la boca le interrumpió la frase. Varios dientes crujieron y se mezclaron con la sangre y la saliva.

Abel le bajó los pantalones. Rubén, con las manos en la boca, gritó aterrorizado al sentir la navaja seccionándole los genitales y perdió el conocimiento, por lo que no sufrió cuando el hermano de Sofía le sajó los ojos y le cortó la lengua. Su cuerpo inconsciente resbaló hasta caer delante del coche como un saco de patatas.

Abel se fue andando junto a las viejas vías de tren que se perdían en la maleza, como tantas veces hizo en compañía de su hermana. Y precisamente en ese momento, nada deseaba más que caminar de nuevo cogido de su mano.

Caminaba sin pensar en ningún destino concreto, pero sabía que las sirenas que ululaban en la lejanía, le despejarían pronto esa incertidumbre.


El guardián ciego

A Luis le recorrió un escalofrío cuando caía el sol y la oscuridad empezaba a adueñarse de la carretera.

Llevaba las luces cortas desde mucho antes. Se encontraba muy incómodo. Sintió un sudor frío en la frente y respiró hondo aguantando el aire unos segundos en cada bocanada. La tensión aumentó cuando el único coche que venía detrás le hizo un cambio de luces. Sin darse cuenta había levantado demasiado el pie del acelerador y su escasa velocidad se había convertido en problema, incluso en una carretera secundaria tan poco frecuentada como aquella.

A regañadientes aceleró un poco, procurando agarrar bien el volante en las curvas. Fuera, hacía un frío polar y él se moría por un cigarrillo, pero le aterrorizaba que distrajera su atención. Los ojos le escocían y parpadeó varias veces. La carretera se convirtió para él en un túnel oscuro que se hundía en la boca gigantesca de un lobo muerto.

Respiró aliviado al encarar una larga recta y ver que el otro coche le adelantaba con acelerones furiosos, para después desaparecer como una centella. La calma volvió a recorrer las venas de su cuello y suspiró. El accidente que sufrió hacía unos años lo provocó un hombre completamente borracho. Luis estuvo al borde de la muerte: dos piernas rotas, tres costillas y el bazo perforado. Borró su mente de inmediato. No quería recordar. Aquella desgracia le costó el sueño, y los sueños. Nunca volvió a recordarlos. Pero en quince minutos tendría a su novia entre los brazos y podría seguir intentando respirar la vida en su piel.

Concentró su atención en la lucecita lejana de un coche que se aproximaba en la lejanía. Se arrellanó en su asiento y puso la espalda recta buscando relajarse.

Cuando el vehículo estaba a su altura se quedó paralizado viendo cómo, de pronto, dió dos volantazos e invadió su carril deslumbrándole como a un buho.

Al recobrar el conocimiento no notaba su cuerpo. La oscuridad era más profunda de lo que jamás había experimentado. Los ojos le ardían. Consiguió tocarse la cara y notó un líquido espeso resbalando por sus mejillas. Maldijo su vida a voz en grito, con alaridos roncos y amargos. A su mente regresó el rostro del borracho. ¡Mataría al maldito! ¡Al bastardo que le había devuelto al infierno! Sollozó unos minutos retorcido sobre sí mismo. Escuchó el chisporroteo de algo que ardía a pocos metros. Sin ver nada, el odio le dio fuerzas para arrastrarse hacia el origen de un gemido prolongado. ¡Si el cabrón aún no estaba muerto, le estrangularía con sus propias manos!

La escarcha crujía bajo su peso. Llegó hasta el cuerpo yacente, lo agarró del pie con fuerza, y un quejido de mujer le desembotó los oídos. Eso le desconcertó. El objeto de su odio, de pronto se había desvanecido. Se arrastró hasta la altura de su cabeza y ella quiso decir algo, pero solo escupió sangre, y enseguida, silencio.

Luis se dejó caer de espaldas agotado. El hueco de los ojos seguía doliéndole y se los palpó. Tocó cristales clavados en ellos y trató de quitárselos, apretando los dientes hasta hacerlos rechinar. El dolor le aturdió.

En ese momento escuchó algo diferente. Distinto a sus propios quejidos y a los sonidos del metal ardiendo bajo el fuego. Un llanto, el llanto desconsolado de un bebé. Pero no tenía fuerzas para moverse y desconectó de la realidad unos minutos.

De nuevo el llanto le sobresaltó. El ataque de puro odio le había dejado sin fuerzas. Había tocado fondo. Solo quería estar allí, tumbado, abandonándose, dejándose morir.

Pero el bebé no callaba. Sus lloros se convirtieron en el único vínculo que aún no había roto para dejar este mundo. Tenía que hacerle callar como fuera. Esa idea se fue haciendo grande en su cabeza. Se giró sobre sí mismo, y agarrando puñados de hierba se arrastró rabiosamente hacia el niño.

Al cabo de unas horas alguien se encontró con restos del accidente en la carretera y llamó a emergencias. Aún era noche cerrada cuando un coche de atestados y una ambulancia llegaron al lugar del siniestro. Les sorprendió encontrar solo un cadáver, una mujer joven junto a uno de los vehículos. Recorrieron el entorno con las linternas hasta que un sanitario novato gritó: "¡Aquí!"

Cuatro linternas iluminaron entre unos matorrales. Ahí estaba el cuerpo del otro conductor, sin vida. En posición fetal, con el torso desnudo. El color de su piel se confundía con la escarcha. Rodeaba con sus brazos un fardo hecho con su propia ropa. El novato levantó una manga con cuidado y vieron sorprendidos la carita de un bebé que hizo un mohín con los labios, agarró más fuerte con sus manitas el dedo corazón de Luis y, como si aún estuviera en el vientre de su madre, siguió durmiendo. Y quizás, soñando.


El guardián ciego - ilustración digital



Fernando asqueado

Fernando estaba asqueado. Asqueado de tanto político corrupto, de tanto jefe explotador e incompetente, de tanto abusador, de tanto borracho baboso, de tanto estafador, de tanto currante de pacotilla, de tanto juez prevaricador, de los putos mentirosos, de tanto cabrón sin pizca de empatía por el sufrimiento ajeno, de tanto aprovechado, asqueado de tantos asesinos, violadores, pederastas...
Fernando estaba tan asqueado que no ha podido aguantar en su casa quieto. Gozaba de un permiso de salida de la cárcel de 4 días gracias a la muerte de su padre. Ese cabronazo. Por la mañana acudió al sepelio acompañando a su madre. Más que nada, fue para asegurarse de que lo enterraban. Incluso le pidió a un operario que le dejara echar unas paladas sobre el féretro.
Paseo nocturno
Fernando andaba esa noche solo por la ciudad. Unos amigos le habían conseguido un poco de droga y tabaco de contrabando. Se juró no volver a trabajar cuando saliera de la cárcel. Estaba hasta los mismísimos de fingir que sabía de albañil, de electricista, de fontanero. Harto de hacer chapuza tras chapuza. Cuando a él lo que se le daba de lujo era trapichear, robar, y si no había que zurrar a nadie, mejor.
Esa noche le haría una visita a su ex. Había averiguado dónde se escondía con su nuevo maromo. Le daría un buen susto y después la dejaría tranquila una temporadita, para que se confiara.
Fernando estaba asqueado, asqueado de aguantar a tanto mamón corrupto en el gobierno, pero más asco aún le daban esos tíos prepotentes y forrados de pasta que le restregaban su chulería subidos en esos cochazos de mierda con sus pibas de mierda.
Le dió una patada a la lata de cerveza al acabarla, meó en un seto mientras chupaba el pitillo y miraba de reojo al fondo de la calle. La comisaría parecía poco activa aquella noche. Escupió al suelo y se ajustó la chupa. Esta noche les daría su autógrafo a esos polis que no paraban de tocarle los cojones. ¿Cuánto asco puede aguantar un hombre de verdad antes de reventar?
Fernando estaba muy asqueado, más asqueado que nunca, aquella puta noche.


martes, 1 de mayo de 2018

Hugo desaparecido

Hugo era un tipo afable, educado, y todos en la Casa le querían.
Una mañana desapareció. Nadie le había visto desde la noche anterior. En el desayuno, Floren, Virtu, Angelines y Paco miraron su asiento vacío y bromearon sobre sus dificultades para despegarse de las sábanas. Los cuidadores le buscaron por todos los lugares posibles del edificio antes de avisar a la policía, lo que contrarió a la gerente. El protocolo era muy claro en ese sentido, primero tenían que avisarla, aunque fuera su día libre.
Fue bien entrada la tarde cuando localizaron a Hugo en la playa, andando con paso inseguro y parándose a intervalos para mirar al mar, allá lejos, donde las líneas se confundían con el cielo.
Hugo se mimetizó con la lluvia. Solo se le conseguía ver cuando rompían las olas y las ráfagas de viento abrían un espacio, como una cortina de seda líquida.
Un policía acompañó a la directora del Centro. Caminaban hundiendo pesadamente los pies en la arena mojada, enfrentándose a los golpes de lluvia y viento. Le llamaron elevando la voz a medida que se acercaban para que no se asustara.
-¡Hugo!
Hugo no reaccionaba, seguía dando un par de pasos a la derecha y después a la izquierda sin perder de vista el difuso horizonte.
-¡Hugo! ¿Qué haces aquí? -le increpó la directora en un tono agrio que llamó la atención del policía.
Cuando ella le cogió del brazo, Hugo dió un respingo y la miró asustado. Los ojos los tenía muy irritados, apenas parpadeaba, y en su rostro contraído se confundían lluvia y lágrimas.
-¡Hugo, vámonos a la Casa! ¡Vas a caer enfermo! -dijo la gerente, mientras el maldito rimel le corría por la cara.
-¡No! ¡Rosita está llegando, está llegando!
Hugo quería soltar su brazo del agarre de la directora, pero no lo conseguía.
-¡Hugo, Rosita no va a venir! -le gritó. A medida que el agua le calaba más la ropa, la directora se ponía más nerviosa. Miró al policía y torció los labios. Definitivamente, este asunto le había fastidiado la cena de aniversario. Echaba en falta al idiota del psicólogo cuando se le ocurrió la idea.
-¡Hugo, escúchame! -el viento ululaba con estrépito y las gotas de lluvia empezaban a doler en la cara- ¡Rosita ha venido a verte esta tarde y te está esperando en la Casa!
-¿Rosita? -Los ojos de Hugo se relajaron al fin.
Raúl Tamarit Martínez - Perdido - ilustración digital
El coche patrulla les llevó hasta la Casa cuando la tormenta estaba en su momento álgido y los truenos estallaban sobre los tejados. Durante todo el trayecto el anciano no paraba de salmodiar el nombre de Rosita, como quien conjura la presencia de un dios, o el cumplimiento de un ferviente deseo.
La gerente entró en el recibidor cogiendo a Hugo por los hombros. En recepción contuvieron una sonrisa al verla con el pelo aplastado sobre el pequeño cráneo, y el pintalabios carmesí repartido por toda la cara. Y también sintieron un escalofrío al ver sus ojos.
Hugo miraba alrededor mientras daba torpes pasitos sin saber hacia dónde dirigirse. La directora le cogió de la mano.
-Ven conmigo, anda, que te está esperando. -le dijo apartando a los auxiliares con un gesto de la mano, conminándoles a volver a sus tareas.
La directora y Hugo subieron al ascensor. Hugo seguía susurrando el nombre de Rosita con los ojos muy abiertos, pero que no parecían ver nada de este mundo.
El ascensor paró en el segundo sótano y se abrieron las puertas automáticas. Todo estaba oscuro y Hugo dió un paso atrás. Los neones del ascensor apenas iluminaban un pasillo frente a ellos que se perdía en una silenciosa negrura.
-¡Mírala Hugo! -y Hugo abrió más los ojos- ¡Está allí, esperándote! -Hugo rió feliz y salió tanteando las paredes llamando a Rosita.
Y el ascensor se cerró tras él.



Cristo crucificado

Pablito se asomó al pasillo de la gran iglesia desierta. Había asistido al dantesco espectáculo que su hermano mayor y sus amigotes decidieron perpetrar. Escondido entre los asientos, escuchaba sus risas frente al Cristo crucificado, al que escupían, le lanzaban cerveza, patatas fritas, ketchup y servilletas mojadas que se quedaban pegadas a sus sangrantes piernas o en su cabeza.
Al rato, se cansaron de la burla y se fueron a la carrera por la puerta lateral.
La iglesia recuperó la calma, su habitual e impresionante silencio. A Pablito se le ocurrió que podrían estar flotando en el espacio, donde había leído que nada podía oírse, excepto tu propia respiración dentro del casco espacial.
Esperó escondido hasta comprobar que nadie acudía. Encaró el largo pasillo y comenzó a caminar hacia el altar. Solo se escuchaba el roce de la goma de sus zapatillas. Se detuvo debajo del Cristo y levantó la mirada. Observó atentamente las manchas sobre la figura del cuerpo crucificado y le asaltó un sentimiento de lástima. Habría preferido que su hermano no hubiese hecho esto. Sintió la vergüenza ardiendo en sus mejillas.
La sangre policromada de la lanzada brillaba temblorosa a la luz de las velas. Pero sobre todo, brillaban los grumos que la cubrían. La cabeza de aquel hombre parecía inclinada para mirarle desde lo alto, como si quisiera pedirle ayuda. Pablito miró a su alrededor. Cogió la tela blanca que descansaba sobre el altar y una de las sillas que se alineaban contra las paredes del pórtico. Colocó la silla bajo el Cristo y, subido a ella y de puntillas, empezó a limpiar lo que su hermano había ensuciado. Pero por mucho que lo intentaba, apenas llegaba a frotar los pies de la mancillada figura.
Estaba sofocado por el esfuerzo cuando le sobresaltó el grito del anciano sacerdote:
-¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo?
Pablito perdió el equilibrio y se agarró de los pies del cristo para no caer, pero su peso arrastró la cruz y se estrelló con ella contra el mármol del suelo.
Veinte años después, regresó a la iglesia y se sentó en la primera fila. Había recorrido medio mundo y visto cosas asombrosas. Tras el altar, el viejo y reparado Cristo giraba aún la cara buscando a Pablito subido a la silla de puntillas. Pero nada como lo que Pablo tenía ahora delante de él. En el púlpito, dirigiéndose a los feligreses ceremoniosamente, el sacerdote levantó las manos con una hostia consagrada entre los dedos. Al bajar la mirada, vio a Pablo sentado frente a él, muy cambiado, pero la cicatriz de la frente le delataba. Con desbordante alegría y ante la sorpresa de todos los presentes, el sacerdote corrió a abrazarle y le susurró al oído:
-¡Dios! Cuánto te he echado de menos, hermanito.

Raúl Tamarit Martínez - Cristo - 29,7x21cm - pastel 
(inspirado en El crucificado, Cristo de la Buena Muerte, 
imagen en madera realizada por Juan de Mesa en 1620)

Traspasando el límite

Si la esperanza es lo último que se pierde, ¿trasciende la esperanza a la muerte?



Traspasando el límite - ilustración digital

Vitrubio en el lago

Declaración del único testigo vivo del Paciente Cero:
"Puedo jurar que no le vi entrar en el embarcadero. Será porque no le quité el ojo en ningún momento a la puesta de sol."
"No le vi. Me habría dado cuenta, supongo. Un anciano, con sus pasos pequeños, andando por las maderas hacia el lago. ¡Me habría llamado la atención!"
"Tampoco le vi caer, ni escuché chapoteo ninguno. Así que cuando alguien levantó la voz, yo fui uno de los curiosos que se acercó a ver."
"Al parecer, un niño vio a una mamá pato con sus seis patitos subirse al pecho del anciano que flotaba a la deriva, bajo montañas de pétalos de muchos colores, con los ojos muy abiertos y la boca como la de un pez, respirando torpemente y con los brazos y las piernas muy abiertos. Me recordó al hombre de Vitrubio, pero coloreado."
"Muchos opinaban que el niño que avisó a su padre le había salvado de acabar ahogado, otros que fueron los patitos al confundirlo con un islote y llamar la atención del crio."
"El caso es que, al final, el viejo llegó con vida al hospital pero sufrió una crisis en la UCI y murió. Sin ningún tipo de documentación, sin nadie que acudiera a identificarle, acabó en la morgue. Yo ya no podía hacer nada más, así que me fui."
*****
El forense enarcó las cejas al levantar la sábana y descubrir que la piel del anciano estaba manchada por pigmentos florales. "Qué curioso" pensó. Pero lo que más le sorprendió fue cuando empezó a cortar con el bisturí, desde el cuello bajando por el tórax. Por la incisión, a medida que avanzaba, borboteaban pétalos multicolores sin parar. El médico hundió sus manos en la cavidad torácica esperando palpar órganos, pero sus manos solo extraían puñados y puñados de pétalos.
Cuando salió del desconcierto inicial, cogió su bloc de notas y se dispuso a escribir sus observaciones, por absurdas que le pareciesen, pero le sobrevino una repentina tos. Y otra. Sintió la boca llena. De ella sobresalían algunos aterciopelados pétalos. Con precaución cogió uno entre los dedos y lo miró atónito. Los siguientes accesos de tos expulsaban de su garganta cañonazos incontenibles de pétalos frescos, hasta que la falta de oxígeno le mató.
No fue posible conseguir vacuna para la enfermedad.
El contagio se extendió como un disparo por todo el planeta, hasta convertirlo en una cósmica y esponjosa pelota de colores.

Raúl Tamarit Martínez - Fuente de color - ilustración digital

lunes, 30 de abril de 2018

Barca entre cañas

Una vez acabado el dibujo miré la barca, sus trazos, el tono, el contraste.

- "¿Qué ves" me pregunté. 
- Veo una barca. 
- "¿Nada más?". Pues..., unos cañizos alrededor. 
- "¿Y...?"

Intenté cubrir todo el área del dibujo buscando motivos, cosas, hasta que me di cuenta de lo que me quería decir a mí mismo. Entonces respiré profundamente, sonreí y cerré los ojos. En un instante me encontraba en aquel lugar. La brisa soplaba suave, cálida. La luna dejaba sobre las mansas aguas reflejos como diamantes. Floté en aquel ambiente hasta subir a la barca. Mis dedos resbalaron por la largas hojas de los carrizos, pasé la mano por el agua y me refresqué la cara. No existía el ruido, sino un rumor de naturaleza continuo, como una melodía ancestral. No existían las prisas, los pensamientos que rompen insolentemente la armonía. No existía la angustia, ni el dolor. No existía el miedo...

Volví pausadamente a esta realidad y miré el dibujo decepcionado. Nada que ver con el paisaje vivido, nada que ver con la autenticidad de ese otro mundo real.

RaulTamaritM-Barca entre cañas-29,7x21cm-Pastel

Regreso

Le reza a todos los dioses, de rodillas frente a la ciudadela que ocultó sus miserias.

Arlon Ferdersson Wrismid ha aprendido en su ingrato ostracismo que la felicidad, y quizá la redención, no se halla en ningún lugar físico.

Traía la piel de las manos levantada, quemada, envuelta en trapos mugrientos. Los labios hinchados, cubiertos de heridas purulentas. La cara ennegrecida por el sol de mil infiernos. Pero aún le quedaban fuerzas para rezar, confiando en que sus plegarias fueran escuchadas en los más bellos templos del Reino de los Cielos.

Al otro lado del río le esperaban probablemente horrores sin fin. Golpes, palizas, insultos, desprecios. Sin embargo, esa espectativa era deseable frente a los insufribles monstruos del camino.

Le temblaron las piernas al incorporarse. La larga capa ocultaba un esperpento, una insegura construcción de huesos y pellejo. Se subió a una desvencijada barca y remó con decisión hacia la otra orilla. Las pocas almas que aún daban bandazos por la ribera ni siquiera le prestaron atención.

Raúl Tamarit Martínez - Regreso - ilustración digital
Se arrastró por callejuelas inmundas hasta el palacio. En las soberbias puertas de oro repujado, dos guardias, cada uno sujetando con cadenas a un gran perro de presa, cruzaron sus lanzas doradas frente a él.

- ¡Alto! ¿a dónde cree que va? -le increpó el más alto.

El rostro de Arlon se hallaba oculto bajo la capucha.

- Descúbrase y diga su nombre.

Arlon permaneció inmóvil. El segundo guardia le gritó.

-¡Obedezca!

Arlon con movimientos premeditadamente lentos mostró su rostro y los guardias, al verlo iluminado por las antorchas, hicieron un gesto de repugnancia y tiraron de las cadenas de los canes.

Arlon pareció esforzarse para hablar. Movió lo que parecían labios y empezó a decir:

-Arlon...

Los perros comenzaron a ladrar furiosamente lo que obligó a los guardias a sujetarles con más fuerza.

-...Ferdersson...

Los perros se volvieron locos, los ojos parecían salírseles de las orbitas y la boca se les llenó de saliva.

-... Wrismid...

Los perros se lanzaron sobre la garganta de los guardias y no pararon hasta que quedaron inmóviles bañados en sangre. Después, con la cabeza gacha, olisquearon los pies de Arlon y emitieron lamentos muy agudos.

Flanqueado por ellos, Arlon atravesó el portón. Un cuerpo de guardias corrió hasta él, y al verle se apartaron. Siguió caminando, arrastrando las sandalias hacia la puerta principal del edificio de palacio. Los perros, dejando un rastro de sangre, andaban a su lado vigilantes.

Arlon entró por fin en el salón del trono, repleto de gente atenta a las palabras de la reina. Los vecinos y nobles allí reunidos le abrieron paso entre murmullos y Arlon se detuvo frente a la reina, que no daba crédito a lo que veía.

-¡Tú aquí! ¡Maldito pordiosero!¡Leproso rey del estiércol! -la reina estaba fuera de sí- ¡Guardias! ¡¡Guardias!!

Nadie acudía a su llamada.

Los perros miraban a Arlon, a la reina, a Arlon... éste adelantó las manos hacia la reina, apretó los dientes, los perros endurecieron los músculos de sus patas, gruñían expectantes, Arlon juntó los dedos corazón y pulgares, la reina seguía llamando enloquecida a la guardia, y Arlon chasqueó los dedos, que sonaron como disparos entre montañas.

Los perros destrozaron a la reina, esparciendo sus pedazos por todo el salón, los cortesanos corrieron despavoridos en todas direcciones. Arlon se quedó solo. Subió los cinco escalones del trono y se sentó en él. Cubrió de nuevo su cabeza descarnada con la capucha y permaneció en silencio durante horas, con los dos perros tumbados a su lado.

Nadie se atrevió a entrar en el salón del reino hasta medianoche, cuando los rayos de luz lunar incidían sobre el trono iluminando el cuerpo de Arlon, tirado en el suelo, muerto.


La captura

Un perro siempre espera algo bueno de ti, tu mejor versión, y por eso te mira con esos ojos de profundidad infinita, de confianza sin límites, de amor incondicional.
Por eso, cuando traicionas esa confianza, cuando le haces daño, cuando lo maltratas o le abandonas, o desatiendes su cuidado, nunca tiene una mirada o un gesto de reproche. Más bien al contrario. Es entonces, cuando te mira con esa intensidad de inquebrantable fe en que acabarás amándole como él te ama, que acabarás siendo para él, el Dios que siempre ve en ti.

Raúl Tamarit Martínez - La captura - ilustración digital

Faros en la noche

Cuando el héroe llega justo a tiempo para salvar a la inocente víctima de entre las garras del malvado asesino, no tiene precio.



Raul Tamarit Martínez - Faros en la noche - ilustración digital

sábado, 28 de abril de 2018

Luna llena

Fue entonces cuando lo recordé, mientras miraba la luna llena moverse por el cielo en aquella noche atónita.
Recordé el sabor del caramelo carmesí que se despegaba de tus labios mientras te besaba a cámara lenta, aquella manzana de azúcar pegajosa de un rojo intenso y brillante que endulzaba mi universo y me estallaba en el pecho.
Recordé tus ojitos de cristales irisados de amor, bañándose en mis pupilas. Y el discreto tránsito de la luna me llevó de estos a otros recuerdos, por caprichos de la mente, con la indolencia de un niño que, jugando a la rayuela, no repara en la hormiga que mata, o en la infancia que muere a cada paso, a cada abrazo, a cada te amo o con cada desengaño.
Recordé luz de faros sobre el mar deslumbrando a la diosa de la noche, destellos de nuestros cuerpos entre las crestas de las olas, sumergidos o emergiendo como peces voladores que cruzan sus alas en pleno vuelo y caen silbando entre suspiros.
Luego, la luz rutilante y fría del sempiterno espía muestra su rotunda frescura, en un deambular de caracol perdido en la soledad de la noche estelar.

Raúl Tamarit Martínez - Luna llena - 29,7x21cm - lapices

Se llamaba Gloria

Se llamaba Gloria. Murió de pena.
¡Era tan bella recién nacida,
brillaba tanto en la basura!
Creció entre golpes y estropajos,
aferrada a la vida,
entre escobas y llantos.
¡Tenía tan fresca la mirada,
iluminaba tanto su sonrisa!
Parió sin descanso, crió sin respeto,
y su cuerpo destrozado
acabó un día de lluvia sobre el fango,
seco.
Se llamaba Gloria. Vivió de paso.
¡Era tan bella, era tan hermosa!
¡Gloria, la llamaban!
Aunque murió de pena.
¡Y de espanto!

Raúl Tamarit Martínez - Pena - 29,7x21cm - lápices


¿Tiene memoria el olvido?

¿Tiene memoria el olvido? Es una pregunta absurda en tanto el olvido es la pérdida de memoria. Sin embargo, si la memoria no es perfecta, ¿porqué ha de serlo el olvido? Si nuestra facultad de recordar depende de múltiples factores, ¿no le ocurre lo mismo a su contrario? En no pocas ocasiones recordamos lo que creíamos totalmente olvidado y olvidamos algo que estábamos seguros de que nos esperaba en la biblioteca de nuestra memoria. Por lo tanto, me atrevería a afirmar que sí a la pregunta. Porque hay momentos en los que estoy tan completamente seguro de haberte olvidado, como lo estoy de estar condenado a recordarte.


Reposo - 29,7x21cm - Técnica mixta (inspirado de imagen vista en la red)



Derrotado

Hay ocasiones únicas, en las que no luchas por ganar, momentos en los que conseguir la victoria no es lo importante. Son batallas que sabes perdidas antes de empezarlas, batallas por defender una idea o un sueño imposible, pero que en sí mismas justifican el esfuerzo, el sacrificio e incluso la muerte.


Derrotado - 29,7x21cm - Técnica mixta



sábado, 3 de marzo de 2018

De paso

De paso-29,7x21cm-Técnica mixta
Los cascos del caballo se hundían en el polvo. Con la gran frente gacha, pendulando la cabeza mecánicamente, sus patas se alternaban por inercia. El jinete, extremadamente delgado, apenas llenaba la ropa. Ocultaba su rostro bajo el sombrero, evitando el fuego que caía del cielo y que le arrancaba la piel del rostro como un huracán las hojas de un libro.

Recorría con su montura la calle mayor de aquel pueblucho arenoso y rojizo. Detrás del polvo y la suciedad de cada cristal adivinaba las miradas curiosas de sus desafortunados habitantes.

Joe mostraba signos de cansancio extremo. Recorría sin descanso pueblos aislados que nacían al amparo de una mina, o vivían de la cría del ganado. Pero como recién nacidos, eran frágiles y se hallaban expuestos a múltiples peligros y muchos de ellos inimaginables.

Junto a la cantina había un abrevadero con una pila de forraje. Acarició el cuello del animal mientras bebía y comía, sin perder detalle de las sombras que iban apareciendo en las esquinas o que se asomaban temerosamente por las ventanas. Oyó un grito de agonía y miró en su dirección bajo el ala del sombrero. Joe ató el caballo al amarradero y entró en la cantina. Todo estaba en silencio. Al acercarse a la barra sólo se oía el tintineo de las espuelas y el crujir de la madera del suelo bajo sus botas.

Se apoyó y el camarero emergió la cabeza de su escondite con mirada de terror.

- ¡Tenga cuidado! -advirtió al recién llegado.- ¡venga, deprisa, escóndase!

Joe le hizo caso y agachados tras la barra preguntó.

-¿Pero qué demonios pasa, amigo?

- Shhhh baje la voz. Exactamente eso es lo que pasa. Un diablo anda suelto por el pueblo. ¡Está masacrando a todo ser vivo que encuentra! -susurró aterrado.

Joe palpó instintivamente la culata de su revólver.

Escucharon un relincho escalofriante y a continuación el silencio. Joe temió por su caballo, tomó aire y se incorporó dispuesto a todo. Miró hacia las puertas batientes. Ahí parado, con los brazos abiertos y a contraluz, vio la silueta de un ser monstruoso. El camarero le apartó violentamente y disparó dos cartuchos sin ninguna puntería cayendo al suelo aterrado.

Joe se revolvió descargando el tambor del revólver con precisión de cirujano. Dos balas directas al corazón, dos al estómago y dos más a la cabeza. El monstruo aún dio tres pasos hacia él antes de caer derrumbado a sus pies. Con pulso templado, recargó la pistola y salió de la cantina. Junto al abrevadero, los restos de su caballo colgaban del porche cubierto de sangre.

De pronto, un hombre alto, vestido con una levita mugrienta y una gran cruz colgando del cuello entró en la cantina y emitió un chillido de rabia y dolor. Agarró del cuello al camarero que aún permanecía en el suelo, anonadado.

- ¿¡Quién ha sido!? ¿quién ha matado a mi criatura? -le preguntó casi sollozando.

El barman señaló hacia la puerta. El hombre de la levita se giró bruscamente soltando saliva de entre sus dientes y los ojos inyectados en sangre. Vislumbró la silueta de Joe, pero la luz de la calle le impidió enfocar el dedo de Joe en el gatillo ni la bala saliendo del cañón. Le reventó el cerebro y cayó de espaldas sobre el monstruo con el que creó una curiosa figura en cruz que emulaba la que descansaba ensangrentada sobre su pecho.

En pocos minutos, varios vecinos se atrevieron a entrar muertos de miedo a la cantina y rodearon los restos del demonio y su dueño. Se quedaron espantados. Alguien vio a Joe alejarse hacia las cuadras cargando con los restos de la silla y las bridas. Nadie le impidió montar un caballo y continuar su camino.

Ya con las últimas luces del atardecer, al trote, Joe se descubrió el brazo izquierdo. El sol tintó de rojo los cortes simétricos que cubrían su antebrazo. Desenfundó su cuchillo y añadió otro corte. Este casi tocó hueso. Chupó su propia sangre y la escupió sobre unos arbustos resecos.

Ya se perdía su figura entre las montañas y las matracas del desierto empezaban a guardar silencio, cuando de entre esos matorrales, comenzaron a brotar desaforadamente cientos de florecillas carmesí que parecían querer escuchar el susurro de las estrellas.










La soledad del agua

RaulTamaritM-La soledad del agua-29,7x21cm
Lápices sobre papel Canson negro
Tenía el lomo deshecho, los brazos con tirones, la espalda crujida, pero había que seguir. Su vida la enfocaba en remar. Remar, cargar, descargar, remar.

Hoy se había levantado con el sol. Mientras se duchaba, su mujer le decía: "Tenemos que hablar". Se aseó y se sentó en la pequeña mesita de la cocina que asomaba a uno de los más antiguos canales de la ciudad.

Mientras sorbía el café, su mujer se sentó frente a él y le miró fijamente. Piero frunció el entrecejo al escucharle decir que quería dejarlo, que no aguantaba la vida que llevaba con él.

Por unos segundos no reaccionó, ¿o fueron minutos?

- ¿Qué dices?

- Que se acabó. Ya no podemos vivir juntos. -la voz de Paula sonaba extrañamente neutra.

- Pero, no lo entiendo. ¿Qué ha pasado?

No obtuvo respuesta.

-Está bien, está bien -repitió nervioso- cuando regrese del trabajo lo hablamos, ¿vale?

Piero le dio un beso en la cara a su mujer y salió corriendo al trabajo. Paula miró a un punto lejano a través de la ventana abierta con las manos sobre el mantel. De nuevo se sintió sola, más sola que nunca. Tan sola como el agua de los canales, sintiéndose uno de ellos, surcado millones de veces por las quillas de las barcas, con los remos clavándose en sus costillas, rodeada de las risas de otros, de los momentos románticos de otros, de la indiferencia de todos.

Piero esa mañana se aplicó con la misma energía de siempre, sin pensar en otra cosa. A mediodía regresó y subió a la casa apresuradamente.

-¡Paula!

Paula ya no estaba, ni sus enseres. A la izquierda del armario la ropa de Piero colgaba de las perchas más a la vista que nunca.

El barquero se preparó un café pausadamente, manteniendo la calma. Cogió la taza por el asa y a medida que se la acercaba a los labios más le temblaba la mano hasta derramárselo por encima.

Era incapaz de procesar lo que estaba pasando, así que decidió volver al trabajo. Se subió a la barca y remó, remó, pasaba bajo un puente y otro con los ojos muy abiertos, casi sin parpadear. Remó hasta que su cuerpo le dijo basta y dejó caer el remo. La inercia de la barca le llevó hasta un callejón oscuro, de los que nadie transitaba nunca. Allí se quedó, oculto a los ojos de los vecinos y los turistas, escondido como un gato aterrorizado, acurrucado y temblando sobre los sacos de mercancía.

La mirada se le quedó enganchada en las turbulencias del agua que lamían los cimientos desgastados de los edificios.

Repasó toda su vida junto a Paula y la dió por perdida. Quizás ella tenía razón. Sintió por primera vez que había desperdiciado la oportunidad de ser feliz junto a ella. Se encendió un cigarrillo y se puso en pié. A un lado, el callejón se extendía hundiéndose en una absoluta negrura. De alguna manera aquello representaba su pasado. Apuró al máximo el cigarrillo y miró al otro lado. La luz del atardecer se movía entre los ladrillos viejos haciéndoles parecer vivos.

Y, aunque el poder de la llamada de la oscuridad era muy potente, un último fogonazo de supervivencia le ayudó a agarrar el remo con una fuerza inesperada y dar la primera palada hacia una nueva e impredecible existencia.



Elohim o El Ángel Renegado


Era hijo de gigantes, hijo de humanos, era arena mojada en la playa de la creación, era brisa perdida entre el cielo y la tierra, era madera incandescente y la gota que se duerme en el carámbano, era ceniza en el musgo y rocío en las pestañas de la primavera.

Era un ser sin destino, sin misión, sin propósito..., excepto probar que los humanos no eran dignos de sobrevivir en un mundo repleto de maravillas. Y para demostrarlo se mezcló entre ellos, observó la belleza de sus vástagos, la armonía de sus proporciones, la profundidad de sus sentimientos. Nada menos conveniente al objetivo que se había marcado.

Su confusión fue en aumento hasta que fue demasiado tarde y la inevitabilidad del deseo carnal se desató en sus entrañas. Su adicción sexual por los humanos le hizo perder el control y acabó sumido en la desesperación de quien se ve superado por los acontecimientos sin posibilidad de retorno.

Perdió sus alas, pervirtió los principios que le señalaban como un ser superior, renegó de su sangre, olvidó su nombre y lloró su fracaso. Los hombres eran dignos de vivir en la Tierra y él, que pretendió aniquilarlos, se hincó de rodillas y suplicó a los dioses que no le castigaran, que le permitieran gozar de la vida junto a ellos hasta el fin de los tiempos.

Pero no se lo concedieron. Porque ese iba a ser su castigo: que habiendo convivido con la luz, fuera arrojado de nuevo a la oscuridad para siempre.

Renegado-29,7x21cm-Lápices y tintas


Jonás, el vaquero

Desde la loma - Dibujo técnica mixta
Cansado de tragar polvo guiando el ganado, de limpiarle los ojos a su caballo, de palmearle el cuello y de mesar sus crines sucias y grasientas.

Cansado de sortear piedras y grietas de los caminos, de desclavar pacientemente las ortigas de sus pantalones.

Cansado de no recordar la cara de su madre pero sí el cinturón de su padre, cansado de soñar en un país lejano y verlo desaparecer en el limbo de los sueños.

Cansado de trotar, galopar, trotar otra vez y detener su montura frente a un lago que refleja el disco lunar o en un cauce seco y muerto.

Cansado de sentirse triste, de vivir decepcionado y de tragar fuego, cenizas, insectos, de lamerse la sangre de las heridas, de rezarle mal al dios equivocado.


Cansado de estar cansado, buscaba un trabajo de vaquero sin conseguirlo.

Aquella noche las estrellas brillaban con gran intensidad.

Escogió un lugar resguardado para descansar.

Jonás, sentado junto a la fogata que con sus pavesas jugaba con la noche más negra que recordaba, se ajustó el sombrero sobre la frente. Las llamas le iluminaban apenas la cara cuando su caballo relinchó. Antes de darse cuenta, la cascabel le había mordido en la mano. Gritó de rabia. La serpiente se escabulló rápidamente entre los arbustos. Intentó succionar el veneno pero la hinchazón empezaba a ser evidente. Ató a dos centímetros de la herida un trozo de la camisa. Poco más sabía hacer.

En medio de la nada, solo podía esperar que no le hubiera inyectado mucho veneno. Pero los síntomas indicaban lo contrario. Empezaba a faltarle el aire, sentía náuseas y un dolor insoportable le trituraba el brazo. Así que tomó una decisión. No podía permitir que su caballo muriera de sed cuando él falleciera. Cargó la pistola y se acercó a él. Un mareo le hizo perder el equilibrio. Le acarició la cara y le miro a los ojos. A Jonás le pareció ver en ellos cierta calma fatídica ante lo inevitable. Le fijó el cañón del arma en la frente con mano temblorosa unos interminables segundos. Se le escapó un sollozo y finalmente disparó al aire. El caballo levantó sus patas delanteras y se perdió galopando en la oscuridad.

Jonás sentía que el corazón le empezaba a fallar. El cansancio acumulado hizo el resto. Tumbado boca arriba junto a la hoguera, le inundó una vaharada de felicidad. Se le llenaron los ojos de estrellas.

Al momento se le difuminaron y en su lugar, como por arte de magia, pudo ver perfectamente dibujado, el rostro de su madre exhibiendo una sonrisa cruel y levantando sobre su cabeza el viejo cinturón del padre que les abandonó cuando Jonás apenas era un niño.

La noche se tragó a Jonás y veló su cadáver hasta que el sol la reemplazó con sus largas trenzas doradas.



La carta

-¡Léemela tú por favor! Que me tiemblan las manos y me falta el aire y la vista se me nubla. Hazme ese favor amiga mía, antes de que caiga desmayada de repente.

-Ahora mismo te la leo. Veamos, veamos. Empieza así:

"Amor de mi vida, mi gran amor..."


-Ay, no sigas amiga, que el corazón quiere salírseme por la boca. Continuaremos mañana, que tan escasas palabras me bastan para empezar a soñar.



La carta - 29,7x21cm - Boceto al pastel sobre papel Canson negro

Esperando al tren

Esperando al tren-29,7x21cm-Boceto 
a tinta de una foto vista en la red.
De pie en la estación, María reparó en que todo a su alrededor iba perdiendo color. Apenas distinguía el verde de los árboles o el azul del cielo. Las mejillas de los niños empalidecían, nadie que se cruzara con ella la miraba a la cara, las vías del tren se mostraban inútiles sin trenes, ni siquiera avisando a lo lejos de su llegada.

Entonces sonrió al recordar que aún le quedaba una vía de escape. Se sentó sobre la maleta, abrió un libro y desapareció en sus páginas.

Guardia mortal

La ventisca arreciaba convirtiendo los copos de nieve en proyectiles helados.

Carl se ajustó el pasamontañas alrededor del cuello mientras que el golpeteo de la nieve en el casco le aturdía. El AK5 pesaba una tonelada y no sentía los pies. La lágrima tatuada junto al párpado derecho destacaba sobre su tez pálida.

Habían transcurrido casi las dos horas de la guardia y lo que Carl esperaba que sucediera no ocurría.

Se presentó voluntario para esa guardia ante la sorpresa de sus compañeros de armas que esperaban aterrados a que el sargento leyera el nombre del infortunado.

El lunes anterior empezó todo. El soldado de la guardía de las 3-5 a.m. había desaparecido. Restos de sus tripas, el arma y ropas desgarradas descartaban la deserción. Todo el cuartel se puso en alerta.

El campamento se ubicaba en una de las más alejadas regiones, al borde mismo del Círculo Polar. Nadie tenía muy clara la utilidad de mantener activo un emplazamiento tan inhóspito. Y aún menos lógica tenía mantener aquel puesto en lo alto de un risco, a dos kilómetros de la base, desde dónde sólo se veía la luz mortecina de las farolas junto a los barracones de la zona norte. Una caseta de un metro cuadrado como único refugio, un teléfono fijo, una linterna de pilas y dos ventanucos con cristales cubiertos de escarcha.

El martes, el relevo dio en voz alta la seña al acercarse al puesto. La oscuridad era absoluta. Nadie cantó la contraseña. El cabo repitió la seña dos veces más. Silencio. El soldado de relevo se quejó cuando el cabo lo tiró al suelo.

- ¡Abajo!

Se acercaron a gachas a la garita. El cabo tocó algo duro y tibio con la mano. Gritó al iluminarlo y descubrir que era la cabeza, desgajada, del soldado de guardia.

Nadie quería ir a ese puesto el miércoles. Pero nombraron a Per. El jueves arrastraron a Jan hasta la garita y le encerraron con llave. El viernes llevaron a Erik a punta de pistola. Todos fueron masacrados, despedazados, con partes de sus cuerpos en las cercanías y rastros de sangre que se perdían en las profundidades del paisaje.

El sábado, Carl se presentó voluntario. Hacía apenas dos semanas de su incorporación al cuartel. No conocía a nadie, ni nadie le conocía a él. Por eso le miraron con el ceño fruncido pero con agradecimiento infinito brillando en sus pupilas. Otro para el matadero, pensaron.

A las 4.30 a.m. Carl creyó oír unos aullidos camuflados entre el estruendo del viento en su casco. Salió de la garita con el arma preparada y se acercó al borde del montículo. Delante tenía la oscuridad absoluta.

Centró su mirada en lo más profundo, donde parecía imposible que nada con vida prosperara.

De repente, un rugido inhumano contaminó el aire con su estruendo. Una sombra se acercaba amenazadora en dirección a la garita.

Carl lanzó el arma lejos de él. Se quitó el casco y las gafas. El ser continuaba su marcha aplastando la nieve a cada paso. Carl se deshizo de los guantes, de la cartuchera y del abrigo. Un ser monstruoso se plantó delante de él. La enorme cabeza quedó al nivel de la de Carl y sus miradas se enfrentaron. Un resplandor frío se extendió sobre el risco. Al cabo de unos instantes, un chillido agónico pareció elevarse y se fue perdiendo en la noche.

Cuando el relevo estuvo cerca del puesto de Carl se encontraron con un reguero de una extraña sustancia verdosa sobre la nieve que conducía a la garita.

El cabo Bjorn iluminó el interior de la caseta y gritó del susto. Un colgajo de piel con la forma de un ser humano estaba pegado a las paredes. Junto al hueco del ojo derecho podía verse el dibujo de una lágrima. Ni rastro de Carl. Solo la enfurecida ventisca seguía rugiendo y pegando deditos helados en sus asustados rostros de ser humano.



Cuando miro atrás

Cuando miro atrás, veo tierra quemada. Lo pasado está destruido. Los sueños de felicidad aplastados.

Solo veo un resquicio de verdad bajo mis pies, donde las sombras de los monumentos derruidos me indican la dirección a tomar. Y son múltiples, incontables las señales a cada paso.

Y allí a dónde me dirijo se expande una luz hacia el infinito, una senda que me empuja a caminar directamente hacia las estrellas.




Nocturnidad - ilustración digital