Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


Mostrando entradas con la etiqueta correa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta correa. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de marzo de 2018

Jonás, el vaquero

Desde la loma - Dibujo técnica mixta
Cansado de tragar polvo guiando el ganado, de limpiarle los ojos a su caballo, de palmearle el cuello y de mesar sus crines sucias y grasientas.

Cansado de sortear piedras y grietas de los caminos, de desclavar pacientemente las ortigas de sus pantalones.

Cansado de no recordar la cara de su madre pero sí el cinturón de su padre, cansado de soñar en un país lejano y verlo desaparecer en el limbo de los sueños.

Cansado de trotar, galopar, trotar otra vez y detener su montura frente a un lago que refleja el disco lunar o en un cauce seco y muerto.

Cansado de sentirse triste, de vivir decepcionado y de tragar fuego, cenizas, insectos, de lamerse la sangre de las heridas, de rezarle mal al dios equivocado.


Cansado de estar cansado, buscaba un trabajo de vaquero sin conseguirlo.

Aquella noche las estrellas brillaban con gran intensidad.

Escogió un lugar resguardado para descansar.

Jonás, sentado junto a la fogata que con sus pavesas jugaba con la noche más negra que recordaba, se ajustó el sombrero sobre la frente. Las llamas le iluminaban apenas la cara cuando su caballo relinchó. Antes de darse cuenta, la cascabel le había mordido en la mano. Gritó de rabia. La serpiente se escabulló rápidamente entre los arbustos. Intentó succionar el veneno pero la hinchazón empezaba a ser evidente. Ató a dos centímetros de la herida un trozo de la camisa. Poco más sabía hacer.

En medio de la nada, solo podía esperar que no le hubiera inyectado mucho veneno. Pero los síntomas indicaban lo contrario. Empezaba a faltarle el aire, sentía náuseas y un dolor insoportable le trituraba el brazo. Así que tomó una decisión. No podía permitir que su caballo muriera de sed cuando él falleciera. Cargó la pistola y se acercó a él. Un mareo le hizo perder el equilibrio. Le acarició la cara y le miro a los ojos. A Jonás le pareció ver en ellos cierta calma fatídica ante lo inevitable. Le fijó el cañón del arma en la frente con mano temblorosa unos interminables segundos. Se le escapó un sollozo y finalmente disparó al aire. El caballo levantó sus patas delanteras y se perdió galopando en la oscuridad.

Jonás sentía que el corazón le empezaba a fallar. El cansancio acumulado hizo el resto. Tumbado boca arriba junto a la hoguera, le inundó una vaharada de felicidad. Se le llenaron los ojos de estrellas.

Al momento se le difuminaron y en su lugar, como por arte de magia, pudo ver perfectamente dibujado, el rostro de su madre exhibiendo una sonrisa cruel y levantando sobre su cabeza el viejo cinturón del padre que les abandonó cuando Jonás apenas era un niño.

La noche se tragó a Jonás y veló su cadáver hasta que el sol la reemplazó con sus largas trenzas doradas.



sábado, 24 de septiembre de 2016

La cadena

Laura arrastraba a su perra Fedra de la correa hasta su casa. Pedro estaría levantado y esperándola. Mientras esperaba al ascensor su respiración se aceleró. Llegó a su piso, abrió la puerta dejando entrar primero a la perra y allí estaba él. Parecía un enorme oso a contraluz. Su marido lanzó un gruñido ininteligible, la cogió de la muñeca y la arrastró a la cocina. Allí la desnudó desgarrándole la ropa, le rodeó el cuello con una correa de piel negra y remaches dorados y la enganchó a la pared.

Apretó con dureza la cara de Laura con la mano mirándola con desprecio. Laura temblaba de frío. Era pleno invierno. Pedro se aseguró de llevar la cartera en la chaqueta, cogió las llaves del coche y en el quicio de la puerta la voz de Laura le detuvo:

-Pedro...

Él la miró de soslayo y se fué dando un portazo.

La perra, con el rabo entre las piernas se escondió debajo de la cama.

Pedro llegó al trabajo y Reinaldo, su jefe, le acompañó hasta su nuevo despacho. Bajaron al sótano, una mesa pequeña e hinchada de humedad, escasa luz, sin teléfono. Le hizo sentarse en el suelo, aún no había llegado el nuevo mobiliario. Le ordenó que se ajustara una argolla anclada en el suelo al tobillo y se marchó con las llaves de la casa y el coche de su empleado. Pedro se quedó en la penumbra mirando a la pared con los ojos muy abiertos y aterrorizado.

Reinaldo condujo el coche de Pedro hasta la casa de éste. Fedra apenas ladró al oir la llave en la puerta. Reinaldo entró en la casa.

-¿Laura?

Un sollozo le condujo hasta la cocina y vio a Laura sentada en el suelo, desnuda, temblando, con la cara entumecida de llorar. Se asustó al ver al hombre agacharse, cogerla de los hombros y ayudarla a levantarse.

-¿Quién...? -logró decir Laura.

Reinaldo la liberó del collar y la ayudó a vestirse y a entrar en calor. Ella siguió llorando hasta que se tranquilizó en brazos de Reinaldo. Llamó a Fedra, le puso la correa y la sacó a pasear. Al cabo de un buen rato, Laura arrastraba a su perra Fedra de la correa hasta su casa. Reinaldo estaría levantado y esperándola... su respiración se aceleró...

Paseo rápido - fotografía retocada