Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

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(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


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martes, 1 de mayo de 2018

Vitrubio en el lago

Declaración del único testigo vivo del Paciente Cero:
"Puedo jurar que no le vi entrar en el embarcadero. Será porque no le quité el ojo en ningún momento a la puesta de sol."
"No le vi. Me habría dado cuenta, supongo. Un anciano, con sus pasos pequeños, andando por las maderas hacia el lago. ¡Me habría llamado la atención!"
"Tampoco le vi caer, ni escuché chapoteo ninguno. Así que cuando alguien levantó la voz, yo fui uno de los curiosos que se acercó a ver."
"Al parecer, un niño vio a una mamá pato con sus seis patitos subirse al pecho del anciano que flotaba a la deriva, bajo montañas de pétalos de muchos colores, con los ojos muy abiertos y la boca como la de un pez, respirando torpemente y con los brazos y las piernas muy abiertos. Me recordó al hombre de Vitrubio, pero coloreado."
"Muchos opinaban que el niño que avisó a su padre le había salvado de acabar ahogado, otros que fueron los patitos al confundirlo con un islote y llamar la atención del crio."
"El caso es que, al final, el viejo llegó con vida al hospital pero sufrió una crisis en la UCI y murió. Sin ningún tipo de documentación, sin nadie que acudiera a identificarle, acabó en la morgue. Yo ya no podía hacer nada más, así que me fui."
*****
El forense enarcó las cejas al levantar la sábana y descubrir que la piel del anciano estaba manchada por pigmentos florales. "Qué curioso" pensó. Pero lo que más le sorprendió fue cuando empezó a cortar con el bisturí, desde el cuello bajando por el tórax. Por la incisión, a medida que avanzaba, borboteaban pétalos multicolores sin parar. El médico hundió sus manos en la cavidad torácica esperando palpar órganos, pero sus manos solo extraían puñados y puñados de pétalos.
Cuando salió del desconcierto inicial, cogió su bloc de notas y se dispuso a escribir sus observaciones, por absurdas que le pareciesen, pero le sobrevino una repentina tos. Y otra. Sintió la boca llena. De ella sobresalían algunos aterciopelados pétalos. Con precaución cogió uno entre los dedos y lo miró atónito. Los siguientes accesos de tos expulsaban de su garganta cañonazos incontenibles de pétalos frescos, hasta que la falta de oxígeno le mató.
No fue posible conseguir vacuna para la enfermedad.
El contagio se extendió como un disparo por todo el planeta, hasta convertirlo en una cósmica y esponjosa pelota de colores.

Raúl Tamarit Martínez - Fuente de color - ilustración digital

viernes, 29 de septiembre de 2017

El Recogedor

El grupo de caza colgaba de las ramas las piezas que cobraba y contínuaba su cacería sin detenerse. El Recogedor, guiándose por la alta sensibilidad de su olfato, las localizaba y las cargaba en su carro hasta la aldea.

Aquella mañana, el olor le llegaba con menos intensidad pero sorprendentemente distinto. Se salió del sendero dejando el carro con varias piezas alineadas sobre el cajón del que destacaba el voluminoso cuerpo de un enorme jabalí sobre los corzos, liebres y aves.

El Recogedor se abrió paso por la espesa vegetación entre la que el sol saliente entreveraba sus rayos de luz creando un efímero pero bello juego luminoso. Las sombras azuleaban el denso manto que cubría el bosque y, de repente, accedió al lugar del que provenía el olor dulzón que no sabía interpretar.

Levantó la mirada y su piel azul enrojeció de repente. Vió a dos seres cubiertos por unos ropajes extraños, colgados de las ramas de un roble con los cuellos tronchados y las manos amoratadas. Le levantó la barbilla al más grande y le impactaron sus ojos muy abiertos rodeados por unos negros círculos irregulares. Estaban resecos y enrojecidos, y transmitían un terror indescriptible. El otro, que parecía un niño, portaba además, colgando de su cuello, una tablilla en la que rayado con tiza se veían unos signos que hicieron que el Recogedor frunciera el ceño.

Se negaba a aceptar que el Grupo les había dado caza para el sustento de la aldea. Sus rostros eran tan parecidos a los de ellos... Respetuosamente los descolgó y cargó en el carro. Regresó a la aldea afectado por una congoja difícil de explicar.

Cuando al atardecer regresaron los cazadores, negaron haber sido ellos los causantes de tan crueles muertes. No obstante, los dos cadáveres pasaron a formar parte de las provisiones.

Al caer la noche, a la lumbre de la fogata, el Recogedor daba cuenta de los últimos trozos de carne de la cena. Había seleccionado unos pedazos de los novedosos seres. Repasó la tablilla del niño que se guardó como curiosidad, cuyos símbolos seguían intrigándole. Los repasó de nuevo: "APESTADOS". Y el sueño se apoderó de él.

El ahorcamiento - ilustración digital