Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

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viernes, 11 de noviembre de 2016

Ceguera parcial

César estaba ciego. O él creía que lo estaba.

Ningún informe médico lo corroboraba, sin embargo él aseguraba que no veía nada. Nada, excepto las imágenes reflejadas en los charcos, en el agua que cubría las superficies horizontales. Ni siquiera las imágenes que los espejos mostraban conseguían excitar sus bastoncillos, las células más anárquicas de todo su cuerpo.

Tras la lluvia, recorría las calles y los parques empapándose de las imágenes del mundo que se proyectaban en el suelo, como en una pantalla de cine.

En esas placas acuosas conoció a su mujer. Le enamoró su sonrisa, sus ojos fluctuando en ondas de seda. En esas superficies plateadas aprendió a leer con letras inversas. Y cuando la angustia de su aislamiento visual le superaba, era en el agua mansa de un estanque, de noche, donde su corazón normalizaba sus latidos, contemplando las luces de la ciudad sumergida, las farolas y semáforos que se hundían, los brillos ahogados en la superficie del agua. Eran para César, la manera de ver el espectáculo del cosmos, la contemplación aproximada de las estrellas, de la luna. La manera de sentirse vivo hasta el llanto, de quererse un poco hasta su muerte.

Incandescencia en la noche - fotografía

martes, 7 de junio de 2011

La carta

Desde que empezó la mili repite la pregunta:
-¿Tengo carta colega?
No la espera de nadie en concreto, de nadie en especial. Pero él lo ha convertido en una rutina.
-Hoy no César.
Otro día entra con pasos cansados en el pabellón, arrastrando las botas deshebilladas de manera indolente. Vuelve a preguntar con voz nasal:
- ¿Me han traído carta, colega? - fingiendo indiferencia, serio, mientras desbarata el montón buscando su nombre.
- No, creo que no.
Cuando acaba, el vacío vuelve a llenar sus pupilas.
- ¡Buá!! - dice, y se aleja moviendo la cabeza como un viejo péndulo, contrapesando el movimiento irregular del resto del cuerpo y el de sus sentimientos. Pega una chupada al cigarrillo tirando el humo por la nariz y alza las cejas con gesto displicente.
Me apenaba verle más tarde, sentados en el bordillo de la acera, mientras el sol caía tras los barracones, esa sonrisa enmarcada por la melancolía y la mirada perdida tras las cosas. Era como un niño a quién le hubieran robado en un descuido la felicidad.
Se le humedecían los ojos cuando me contaba cómo miles y miles de colegas se acercaron hasta la estación de Chamartín para despedirle entre abrazos y vítores. No daba abasto con tanto achuchón jeje. Y cuando se le ahoga la risa, se queda mirando al suelo y una calada ilumina apenas un rictus burlón que cuelga de su sonrisa.
Es triste verle rebuscar distraídamente esa carta que nunca llega, de alguien que parece no existir, día tras día, y simular al instante que no le importa: “Buá!, verle crear su escaparate de suficiencia, y saberle tan vulnerable, tan perdido.
En fin, ahí está otra vez.
- Hola tronco, ¿tengo carta?
- No me he fijado. Mira tú a ver.