Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


Mostrando entradas con la etiqueta Vampiro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vampiro. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de septiembre de 2017

DEPREDADOR

Estaba harto de tanta rutina. Las horas de oscuridad eran pocas para hacer algo diferente a buscar comida. Un gato callejero, ratas, perros extraviados... Los humanos eran el gran plato, pero los riesgos eran enormes. Son una especie que se organiza rápidamente y acabarían dándole caza como a una cucaracha.

Así que aquella noche tomó una decisión. Confundido entre las sombras, recorrió el cementerio como de costumbre. Entró sigilosamente en la cripta justo antes del amanecer, apartó lentamente la losa de la egregia tumba y, antes de entrar, se quedó mirando su interior. La oscuridad más absoluta. Insoportable para él.

Se introdujo tomando nota mentalmente de cada gesto, de cada contracción muscular, del rictus que le provocaba la angustia de sobrevivir en un mundo anodino.

Tumbado, arrastró con las uñas la enorme lápida del túmulo que se hizo añicos contra el suelo. Por primera vez disfrutaba de una vista nítida del techado de la cripta, iluminada por los rayos de la mañana que se abrían paso por las cristaleras. Las lenguas de luz lamían el interior de la tumba y empezó a sacar hilos de humo de la frente del vampiro. Aunque el dolor era insoportable, reprimió un grito agónico cuando la luz solar le hizo arder como una tea medieval.

Antes de sentir cómo sus ojos caían al vacío y le golpeaban la nuca, siseó entre dientes: "Así que morir era esto..."


Depredador - 29,7x21cm - Pastel sobre papel negro Canson


Regreso a Ítaca

Apenas recordaba el camino de vuelta a casa.
Las experiencias vividas adormecían su memoria y le atribulaban el alma. Pero si algún recuerdo no parecía desvanecerse, ese era el de su tierna y amada Elisabeta. Mucho antes de que Ulises se perdiera en los procelosos mares del mundo, él ya llevaba una eternidad regresando a Ítaca.

Regreso a Ítaca - 29,7x21cm - Pastel sobre papel Canson negro


miércoles, 3 de mayo de 2017

FE MALDITA


El padre Samuel estaba un poco harto de repartir hostias. 

Cada vez estaba más convencido de que quienes tomaban el Cuerpo de Cristo no lo merecían. ¿Cristianos? ¡Ja! Usaban la religión para justificar sus vicios y ocultar sus zonas más oscuras. "Perdóneme Padre porque..." bla, bla, bla.

Estaba pasando una crisis, como cuando empezó el noviciado. Le cansaba ponerse y quitarse el alba, la casulla, la estola. Sostener el copón se le hacía insufrible hasta tal punto que le tentaba golpear en la cabeza a algún que otro creyente cretino, reincidente en abyectos actos mil veces confesados y mil veces perdonados a los ojos de Dios.

Una feligresa le aguardaba arrodillada en el confesionario. Se colgó la cruz sobre la sotana y cerró la cortina granate al sentarse en el interior. Se persignó tres veces y miró a la mujer a través de la celosía. Era de una hermosura virginal. Ninguna imagen de santa o Vírgen de las que había visto a lo largo de su vida se le podían igualar.

Sin embargo, ese olor... Una mezcla entre dulce y amargo, un olor estanco, de patio húmedo y deshabitado.

El padre Samuel le hizo la señal de la cruz y la mujer pareció girar el rostro de pronto.

-¿Está Vd. bien?

La mujer, cubierta con una capucha negra, respondió en un idioma desconocido para él que sonaba a lascas cayendo sobre el agua.

Samuel se cubrió la cara con la mano en un gesto pensativo y escuchó escalofriantes gruñidos convencido de que cesarían pronto y ella empezaría a disculparse y a confesar pecados interesantes. 

Por fuera oyó murmullos y pasos apresurados que se dirigían a la salida dejando la iglesia en silencio. Casi podía oír los quejidos del pábilo de las velas derritiendo la cera. 

Un siseo le sobresaltó. Volvió a mirar a través de las finas tiras de madera, pero la mujer ya no estaba, lo que le produjo un cabreo irracional. ¡Más de lo mismo! El mundo se volvía loco por momentos. Se levantó bruscamente, corrió la cortina y dio un respingo: la mujer, de pie frente a él, le miraba con dos círculos incandescentes, abriendo la boca lentamente. Un hilo de saliva espesa unía los colmillos de ambas mandíbulas. Samuel se quedó petrificado cuando ella le asestó un mordisco brutal del que no pudo zafarse. Todo se le desenfocó y perdió el conocimiento.

En estado inconsciente, su cuerpo se metamorfoseó. Los feligreses más valientes que se le acercaban, huían espantados al verle.

Samuel recuperó el conocimiento y se incorporó con gran esfuerzo. Estaba rodeado de policías apuntándole con un arma. Gente común se protegía tras ellos. Le miraban con caras aterradas sin decir nada. Y el padre Samuel seguía sorprendido. No entendía nada. Pero una idea le inundó el cerebro: La iglesia emanaba un olor exquisito a sangre caliente y líquida. Y él se sintió poseído por una sed primitiva, que abría la garganta de todas sus células empujándole a saciarla.

Miró, como lo haría un depredador salvaje, a una de sus beatas favoritas. Toda la nave, la pila bautismal, los retablos, temblaron cuando saltó sobre ella como una bestia surgida del Averno.

Algunos de los presentes corrieron despavoridos, otros no podían reaccionar ante lo que veían, un par de policías dispararon sobre él hasta vaciar el cargador, pero Samuel seguía succionando incansable hasta que, una vez saciado su apetito, se levantó en silencio, se ajustó el alzacuellos con los dedos manchados de sangre, y ante la mirada atónita de todos, caminó como un dios entre lacayos hasta perderse en los secretos de la noche.


Fe maldita - ilustración digital

lunes, 12 de diciembre de 2016

Camino al after

Caía la noche y hacía frío, así que Sento fue a cerrar las ventanas del comedor cuando unos chillidos muy agudos llamaron su atención. Se apoyó en el quicio del ventanal y miró el cielo azul profundo. Decenas de pequeños murciélagos estaban aleteando de forma alocada persiguiendo su comida. Hacía mucho que no les veía dar signos de vida. De repente uno muy feo se abalanzó sobre él y le hundió sus uñitas en la cabeza provocándole un hilito de sangre. El murciélago chillaba, Sento chillaba, y su madre, que entró en el comedor en ese momento, también empezó a chillar.

Sento intentaba agarrar al bicho, pero la madre cogió lo primero que vio, una figurita de porcelana de Lladró de 1969, y se la estampó a su hijo en toda la calva. El animalito y Sento cayeron al suelo fulminados.
-¡Hijo! -gritó la madre.
-¡Mamá! -gritó el hijo.
-¡Hiiiiiiiiii! -chilló el... en fin.
Desde el suelo, Sento tenía al pequeño vampiro a la altura de sus ojos, y le observó rechupetearse los pelos del hocico. El bicho le hizo ojitos y lanzó un último suspiro antes de desmayarse junto a los trocitos de porcelana.

Después de aquello, Sento ya no volvió a ser el mismo. Cambió su vida de diurna a nocturna. Acudía a todos los saraos, pubs y discotecas hasta que acababa desayunando en el primer after que pillaba.

Le echaron a patadas del trabajo, su madre ya no le esperaba despierta y el murciélago, que acabó enjaulado como un loro, solo revivía cuando Sento le ofrecía el pulgar con unas gotitas de su sangre alcoholizada.

Sento se fue transformando, degeneró hasta convertirse en un ser grotesco y antipático. Adonde iba, la gente se distanciaba de él unos metros y murmuraban sobre su aspecto y el hedor que emanaba a pesar de los litros de L'eau de Kaphrón en el que se bañaba.

Aquella madrugada regresó un poco antes a casa. Se extrañó al ver que la jaula del murciélago estaba abierta. Y al entrar en el comedor se le cayeron las llaves del susto. Un ser enorme colgaba de la lámpara cabeza abajo agarrado por largos dedos pintados de rojo carmesí. De la cintura le caía el batín de flores como unas hojas de alcachofa dejando a la vista unas grandes bragas color carne y al final, rozando el suelo, la cara redonda y rosada de su madre, con los brazos cruzados y roncando como un tren de leña.