Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss
Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.
(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )
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lunes, 30 de abril de 2018
viernes, 14 de abril de 2017
VÍCTIMA MÚLTIPLE
Jash era un asesino. Algo peculiar, pero un asesino.
La primera vez que mató a Elisa fue la Nochevieja del 68.
Era la cajera del supermercado de su barrio.
Cada vez que Jash coincidía con ella al pagar la compra, Elisa le miraba de forma burlona, o se mostraba grosera con él, o descortés, o le explotaba globos de chicle en las narices.
La odiaba. Jamás había odiado a nadie más en el mundo.
Un día, decidió seguirla para averiguar dónde vivía.
Y en la Nochevieja, cuando regresaba de festejarla con sus amigas, en un tramo solitario del parque, la abordó ataviado con un disfraz y máscara de diablo.
Le obligó a desnudarse para humillarla mientras le relataba los motivos por los que iba a matarla. Elisa no paraba de llorar y suplicar.
A la mañana siguiente un corredor descubrió el cadáver.
Jash pasó la peor noche de su vida. No salió de su casa durante tres interminables días.
Al fin, muerto de miedo, entró en el supermercado. Temió que todos le reconocerían como el asesino de Elisa, pero nadie le prestó atención. Compró leche y pan y se puso en la cola de la caja tras cinco clientes. Le temblaban las manos. Cuando casi llegaba su turno, se fijó en la cajera y se mareó. Una rubia que masticaba chicle despachaba a una señora y de repente se le quedó mirando. ¡Era Elisa! ¡Imposible!
Elisa volvió a tratarle con desprecio y Jash planeó y ejecutó su muerte desde aquel día cientos de veces más. Hasta que ya no le quedaba odio, ni rencor. Y una noche, cuando Elisa gritaba de terror esperando que el hacha cayera sobre ella, Jash, agotado, dejó caer el arma al suelo de la cocina, y se sentó en las baldosas murmurando: "No puedo más".
Elisa había dejado de gritar, se agachó frente a él, le levantó la barbilla con el índice, le miró a los ojos con odio y le preguntó:
-Entonces, ¿no me vas a asesinar más veces, pedazo de mierda?
Jash lloriqueaba y la miró. Apenas vio caerle el hacha en la frente una y otra vez.
A la mañana siguiente, Elisa estaba trabajando en el supermercado. El uniforme ocultaba la sangre seca de Jash que aún salpicaba su cuerpo. Miró hacia la puerta y empezó a reír a carcajadas salvajes.
Jash estaba de pie en la puerta de apertura automática, que rebotaba contra su cuerpo, con el hacha hundida en la cabeza y una enorme sonrisa en su cara de gilipollas múltiple.
La primera vez que mató a Elisa fue la Nochevieja del 68.
Era la cajera del supermercado de su barrio.
Cada vez que Jash coincidía con ella al pagar la compra, Elisa le miraba de forma burlona, o se mostraba grosera con él, o descortés, o le explotaba globos de chicle en las narices.
La odiaba. Jamás había odiado a nadie más en el mundo.
Un día, decidió seguirla para averiguar dónde vivía.
Y en la Nochevieja, cuando regresaba de festejarla con sus amigas, en un tramo solitario del parque, la abordó ataviado con un disfraz y máscara de diablo.
Le obligó a desnudarse para humillarla mientras le relataba los motivos por los que iba a matarla. Elisa no paraba de llorar y suplicar.
A la mañana siguiente un corredor descubrió el cadáver.
Jash pasó la peor noche de su vida. No salió de su casa durante tres interminables días.
Al fin, muerto de miedo, entró en el supermercado. Temió que todos le reconocerían como el asesino de Elisa, pero nadie le prestó atención. Compró leche y pan y se puso en la cola de la caja tras cinco clientes. Le temblaban las manos. Cuando casi llegaba su turno, se fijó en la cajera y se mareó. Una rubia que masticaba chicle despachaba a una señora y de repente se le quedó mirando. ¡Era Elisa! ¡Imposible!
Elisa volvió a tratarle con desprecio y Jash planeó y ejecutó su muerte desde aquel día cientos de veces más. Hasta que ya no le quedaba odio, ni rencor. Y una noche, cuando Elisa gritaba de terror esperando que el hacha cayera sobre ella, Jash, agotado, dejó caer el arma al suelo de la cocina, y se sentó en las baldosas murmurando: "No puedo más".
Elisa había dejado de gritar, se agachó frente a él, le levantó la barbilla con el índice, le miró a los ojos con odio y le preguntó:
-Entonces, ¿no me vas a asesinar más veces, pedazo de mierda?
Jash lloriqueaba y la miró. Apenas vio caerle el hacha en la frente una y otra vez.
A la mañana siguiente, Elisa estaba trabajando en el supermercado. El uniforme ocultaba la sangre seca de Jash que aún salpicaba su cuerpo. Miró hacia la puerta y empezó a reír a carcajadas salvajes.
Jash estaba de pie en la puerta de apertura automática, que rebotaba contra su cuerpo, con el hacha hundida en la cabeza y una enorme sonrisa en su cara de gilipollas múltiple.
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| Víctima múltiple - ilustración digital |
lunes, 11 de julio de 2011
El asesino
El compositor estrujó el cigarrillo contra el cenicero hasta conseguir apagarlo por completo y respiró profundamente la última espiral de humo que avanzaba lentamente en su ascensión. Se dio ánimos a sí mismo y estirándose la chaqueta empezó a andar entre dudas que le hacían sudar a cada paso.
Entró en la habitación. El "Requiem" sonaba llenando todo el espacio.
Su mujer se encontraba desnuda, tumbada sobre las sábanas revueltas. Se incorporó asustada cubriéndose instintivamente al ver la cara desencajada de su marido.
El músico saltó sobre ella.
Todavía poseído por la ira, arrojó al suelo el cuchillo que hacía unos segundos buscaba incansable el amor traicionado.
Se dirigió a la puerta y giró la cara para mirar por última vez su cuerpo sin vida. La música parecía retumbar en las paredes.
Salió de la habitación con parsimonia, entró en la biblioteca, sacó del primer cajón de su mesa de trabajo un revólver y tanteó suavemente el gatillo con el dedo índice. Alzó la pistola hasta la altura de sus ojos. Ni siquiera se preocupó de apuntar bien. Y sin apenas pensarlo, con los ojos muy abiertos, disparó: una, dos, tres, hasta cuatro veces, y el cristal del retrato saltó hecho pedazos en el aire.
Con los ojos humedecidos de rabia y el olor a pólvora embotando sus sentidos se regodeó del resultado de su acción. Entre cristales rotos, con el "Requiem" aún tronando, le miraba el aborrecible retrato del gran Wolfgang Amadeus Mozart: el invencible amante de su esposa.
(¿Hola? Perdón por entrar en el tema. No puedo hablar muy alto, ¿me escuchan? Vamos a ver, comento. Una vez eliminada la parte emocional del asunto, me parece que el tío está muy grillao... sí, ¡el marido! El complejo de inferioridad respecto a un genio de la música, inalcanzable, y sobre todo ¡muerto hace cientos de años! es el auténtico desencadenante de una acción tan brutal. Y digo yo, ¿porqué te has dedicado a la música? ¿porqué no te has metido en el mundillo del hampa para así poder dar rienda suelta a tus fobias, a tus desequilibrios mentales? No señor, no. Te casas, con una melómana, sin comprobar antes que tienes un competidor insuperable, y encima la culpabilizas y la matas, ¡con saña! ¿Y el después? ¿Has pensado en la recogida? ¡Claro! ¡La de los cristales, la sangre, la ropa, las sábanas, la leche, las hostias? Bueno, la leche no. En todo caso la malaaaaaaa. A propósito. Decidle al dibujante que se ha confundido. La mata en la habitación con un cuchillo y lueeeeego mata a "Mozart" en la biblio con una pistola. Si no es así, corregidme. ¿Y que quién soy yo? Jajaja, joder, ¡pues el amante de verdad, el de carne y hueso que sigue meado encima y debajo de la cama cagaadoo de mieeedooo!)
Autor: Raúl Tamarit Martínez
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