Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog a todos aquellos que anhelaron con impaciencia leerme alguna vez, seguir leyéndome si ya lo hicieron antes, ver alguna de las fotos que hago o deshago, alguno de mis dibujos o piruetas mentales (yo les llamaría "derrames"), mis pinturas al óleo, acuarelas, pasteles (uhmmm rico rico) cabroncillos, digo, carboncillos, experimentos digitales, caricaturas retratos o monstruosidades (que las habrá, no digo que no) que salgan de mi perola a través de mis manos, con la ayuda de mis ojos y a pesar de mi capacidad de raciocinio. Y, como dice una de mis numerosas sobrinas, todo esto será... pooooooooco a pooooooooooco jajuja. Por cierto, todas las imágenes y los textos de mi blog son de mi única y absoluta autoría (cuando no lo sea aviso)... y para disfrute de quien sepa apreciarlo :-D

martes, 12 de julio de 2011

El ascensor

Es algo cotidiano. Todos los días subo y bajo en el ascensor de mi finca.
Ocurrió hace unos días por primera vez.
Hay dos sótanos donde están los garajes.
A mediodía, subí con mi perro, un shihtzu, al ascensor. Como siempre pulsé el piso 35, se cerraron los paneles metálicos extensibles y vi cómo el botón 35 se apagó. Insistí varias veces pero el pulsador no me obedecía.
Entonces empezó el ascensor a ponerse en marcha y sentí una rara sensación en el estómago. Normalmente es un ascensor muy rápido. Pero en esta ocasión no subió. Descendió. Y el descenso fue extrañamente lento, muy ralentizado.
Mi perro me miró desde abajo con ojitos preocupados y yo me limité a hacerle un gesto tranquilizador.
Seguíamos bajando, muy lentamente.
Un -1 apareció en el visor. Y seguimos bajando. Yo empecé a sentirme algo nervioso y los gemidos de mi perro no ayudaban. Le chisté.
-No pasa nada.
Se lo decía a él. Me lo decía a mí mismo.
-2. El ascensor se detuvo.
Los paneles plegables se abrieron. La puerta del segundo sótano, pintada de rojo caldera, con un cristal biselado que dejaba adivinar si al otro lado había luz… o no, permaneció inmóvil.
Yo esperé que alguien abriera la puerta desde el otro lado, algún vecino que había dejado su coche y había pulsado, quizás, antes que yo la llamada del ascensor.
Pero nadie abrió la puerta, el cristal biselado de la ventanilla permanecía sumido en la oscuridad. “Al otro lado no hay nadie” pensé. Pulsé de nuevo el piso 35, puede que con más fuerza de la necesaria. Pasaron los segundos y no nos movíamos. Oí unos ruidos al otro lado. Me pareció un carro de la compra, como esos que hay en las grandes superficies, sin lubricar. Chocó contra algo, quizás una pared.
Apoyé la mano sobre la puerta para darle un empujoncito y ver si al cerrarse de nuevo el ascensor se ponía en marcha, pero sentí un temor irracional y me quedé con la mano en el aire. De repente la puerta plegable empezó a cerrarse. A golpes, con irritante lentitud. Y arrancó. Mi perro se movía inquieto por todo el ascensor. Empezó el ascenso. -1, 0, 1… por fin subíamos a casa.
No fue más que una anécdota. No hubo nada, no pasó nada. Y sin embargo…
Pero hoy ha vuelto a pasar. He vuelto del trabajo muy tarde. Las luces de la ciudad están iluminando las vidas y milagros del mundo. Muy cansado, con muchas ganas de llegar a casa y relajarme.
He pulsado como siempre mi piso, el 35. El ascensor ha iniciado su marcha con un sobresalto y ha empezado a bajar. No podía creérmelo. “Esta vez tiene que ser un vecino. Seguro” He pensado.
Volvía a ocurrir. Bajaba muy, muy lentamente. -1, -2. Golpe. Se detuvo. Se plegaron los paneles. La puerta roja apareció a mi vista. Nadie abría. Al otro lado del cristal, oscuridad. De repente un aullido. O me pareció un aullido. Unas risas nerviosas y un grito. Empecé a sudar. Golpeé el pulsador 35, una y mil veces. El ascensor seguía allí parado, sin hacer caso a mis órdenes. Alguien pasó por delante del cristal.
-¿¡Hay alguien ahí!?
Risas.
Un ruido estremecedor recorrió la otra parte de la puerta como unas uñas que la arañaran y se rompieran por el camino.
-¡joder!
Una tenue luz amarillenta se quedó pegada al cristal de la puerta y di un salto hacia atrás. No era una luz: parpadeó. Era un ojo enorme, el iris vertical giraba sobre sí mismo y se detenía. Enseguida desapareció entre ruidos de arrastre. No había sitio en el puto ascensor para esconderse ni huir. Intenté agarrar los paneles y obligarles a cerrarse, para poner una barrera entre lo que fuera que había al otro lado y yo. Pero me retiré de repente. La puerta roja se estaba abriendo, apenas una rendija. Ahí no pude aguantarlo más y grité. No me oí, pero estoy seguro de que grité. Los paneles por fin se empezaron a cerrar. El ascensor subió lentamente hasta el entresuelo y adquirió la velocidad acostumbrada hasta mi piso.
Aún estoy temblando, con la mano en el teléfono, decidiendo si llamar al 112 o dejarlo correr. Quizás sólo ha sido fruto de mi imaginación.
Lo auténticamente jodido será que no creo que suba al ascensor sólo nunca más. O subir y bajar por las escaleras. ¿Qué si no? Mi perro me está mirando y ha tragado saliva. Creo que ha adivinado lo que estoy pensando.


3 comentarios:

  1. Dios mío... aún me tiemblan las piernas.
    Qué increíblemente siniestro y qué suspense y pavor, genial papá :)
    PD: pobre León u.u

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  2. Jajaja, sí, es la víctima de la historia. Última hora: hoy,, ninguno de los ascensores funciona... :-E

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