Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


viernes, 8 de noviembre de 2019

Triste momento

Triste momento - 29,7x21cm
Lápices pastel sobre papel Canson negro
(inspirado en imagen vista en la red)
Cuando me invade la tristeza, la lluvia que repiquetea en los cristales de mi ventana, no canta de alegría. Ni las estrellas charlan entre ellas acomodadas en sus cuevas cósmicas, ni sonríen las bocas de los payasos.
Los colores pierden intensidad y se tornan grises, el café sabe más amargo, la respiración es más profunda, la garganta duele y la boca aprieta con intensidad diente sobre diente hasta el dolor.
Pero sobre todo, cuando me invade la tristeza, no quiero a nadie a mi lado. Es mi manera de lamerme las heridas y quizá, curarlas. Y detesto que invadas mi espacio, que me cojas la mano, que me beses en la frente.
Solo quiero que se vacíen las butacas y se apaguen los focos, que por fin se haga el silencio... y caiga el telón.





Octavio

Octavio estaba muy harto.

Deseaba poder echarle la culpa de su hartazgo a algo concreto. Pero no lo había. La causa era un monstruo informe que crecía en su interior hasta cubrir todos los huecos. Ya casi no podía ni tragar.

Se acomodó en la silla del chiringuito. La playa se veía saturada de sombrillas de múltiples colores. Algunas gaviotas chillaban buscando alimento y paseaban descaradamente entre la gente con aires de superioridad. Ellas podían volar y las personas, como Octavio, solo podían arrastrarse por el suelo como gusanos, o como serpientes.

Octavio miró a un punto en el horizonte y se relajó. La ridícula gorrita que le había comprado su esposa junto con el bañador a rayas, apenas le hacía sombra en los ojos. La piel le ardía al sol pero no se movería aún. Camila iba a volver en cualquier momento. "Espera aquí" le dijo.

Se entretuvo mirando pasar a familias y grupos de jóvenes yendo y viniendo de la playa.

Octavio no tenía ganas de nada. Ni de vivir. Pero esperaría a su mujer un rato más.

Un camarero se acercó y le preguntó si quería algo. Pero Octavio ya no le oía. Solo tenía sentidos para aborrecer el calor y detestar la incomodidad de la silla.

Decidió levantarse, lentamente. Le dolía la espalda y las piernas crujían como madera vieja. No sabía si lo había decidido él o una voz interior se lo había ordenado. El caso es que se encaminó pisoteando la arena hacia el mar. En su rectilíneo camino pisoteó toallas, apartó sombrillas y empujó personas y tumbonas. Le insultaron, le gritaron, pero él, inmutable, siguió su camino y entró en el agua. Las pequeñas olas le parecían carámbanos en su piel enrojecida.

El agua le cubría ya el pecho y el gorrito se fue surfeando sobre una ola que le inundó la boca.

Octavio no sabía nadar, sólo intentaba seguir andando hasta que el mar empezó a zarandearlo como a una boya.

Alertado un socorrista sobre el sospechoso comportamiento del hombre del gorrito rojo y bañador a rayas, alcanzó a Octavio justo a tiempo. Le hizo el boca a boca en la orilla y Octavio escupió algas hasta que le entró una ruidosa bocanada de aire y tosió, y lloró, y blasfemó...

No respondió a ninguna pregunta, no habló con nadie, no quiso irse con el socorrista, así que le dejaron allí sentado hasta que se puso en pie y volvió hasta su silla del chiringuito.

Empapado y con arena mojada pegada a su cuerpo se centró de nuevo en aquel punto perdido en el horizonte que le relajaba.

Estaba harto de vivir, de que otros siguieran decidiendo por él.


Al solecito - 22,9x30,50 cm - técnica mixta
Camila apareció alisándose el pareo y ajustándose la pamela. Se paró frente a Octavio incrédula, miró alrededor, bajo la mesa, detrás de la silla, y por fin acercó su cara iracunda a la de Octavio y le preguntó:

-¿¡Qué coño has hecho con la gorra que te compré!?

Octavio permaneció impávido. Ella le dirigió un gesto de asco y se fue malhumorada a la barra a pedirse un cóctel.

Una mujer morena con un luminoso vestido blanco se acercó a Octavio que permanecía sentado en silencio. Se puso en cuclillas frente a él y le miró a los ojos con curiosidad. Octavio dio un respingo y le sonrió. La mujer le ofreció la gorra roja empapada y repleta de arena y también le sonrió. Él cogió la gorra, se inclinó hacia ella y se dieron un beso muy largo.

Camila que presenciaba la escena desde la distancia estaba atónita.

Octavio parecía un muerto que volvía a la vida. Aquella mujer fue su primer amor, pero para él había sido el único. Octavio le susurró:

-Te he esperado toda mi vida.

Se levantó y se perdió con ella entre el gentío por el paseo marítimo.

Camila soltó el cóctel y fue tras ellos gritando: "¡Octavio!", pero enseguida volvió sobre sus pasos contrariada y le llamó la atención el revuelo alrededor de la silla donde estuvo sentado Octavio.

Apartó a la gente y descubrió horrorizada el cuerpo de su marido, sentado, la cabeza caída hacia atrás con la boca abierta, inerte, y la gorrita roja atrapada entre sus manos.

Autor: Raúl Tamarit Martínez



Redención

Me quedé de pie, empapado, frente a las pomposas escalinatas. Los demás congregados bajaban charlando entre ellos, se tapaban la cabeza con la ropa, abrían sus paraguas. Se dividían a mi derecha y a mi izquierda, como si me tomaran por Moisés separando las aguas.

Saliste la última. Tu cuerpo a contraluz se detuvo frente a mí en lo alto de las escaleras. Durante una eternidad tus ojos se clavaron a mis pupilas. Te pedí perdón con la mirada, consciente de que no había remedio, pero tu gesto de decepción me aplastó el alma. En ese momento, el cielo se hacía añicos sobre nuestras cabezas.


Redención-29,7x21cm-Técnica mixta
Bajaste los peldaños y te detuviste en el último. Parecías indecisa. Se me detuvo el corazón, aún había esperanza. Te cubriste la cabeza con la capucha, se desplegaron en todo su esplendor tus magníficas alas y desapareciste envuelta por la cortina de agua como un grito se pierde rebotando en las húmedas paredes de un pozo olvidado y profundo.

Yo ya no tendría otra oportunidad para redimirme, así que me abandoné a mi propia naturaleza.

Empecé incendiando el Palacio de la Luz, y después seguí mi camino imparable, dejando un rastro de fuego y destrucción por las calles que me devolvían inevitablemente al Averno.

Autor: Raúl Tamarit Martínez



La caricia

Caricia - 29,7x21 cm - Sanguina y tinta
Cuando llega la caricia, la caricia tan esperada, todos mis sentidos se alinean expectantes viéndola venir, se asoman al pretil del acantilado para observar su magnificencia, disfrutan del advenimiento como lo harían de un crepúsculo en la cima del mundo. La respiración se aquieta, la piel se apresta a su llegada activando cada milímetro, encendiendo millones de velas en cada poro extendiendo kilómetros de seda multicolor que rielan en el cielo.
Cuando llega la caricia y comienza su paseo emocionado y emocionante, las bombillas estallan, los pájaros lloran, la tierra tiembla y se ablanda, la imaginación flambea en épico silencio, suenan violines, ríen las estrellas y sueñan las fuentes y las flores.
Cuando llega la caricia espero que sea gloriosa y que al abrirle mi puerta, nunca venga sola.




Acantilado

No hay agua, ni jabón, no hay baño ni ducha que me arranque la suciedad acumulada, las palabras obscenas, los insultos, las vejaciones, la vergüenza, los engaños, las mentiras, esta pena hedionda que se me pega al cuerpo día a día.
Por eso sueño cada noche que me arranco la piel a tiras, que me separo los músculos y los tiro a un lado, que me quedo en los huesos y aún así me sigo raspando con las uñas.
Por eso me despierto aterrorizado y me levanto temblando y regreso a mi vida con mi carne y mi piel de repuesto, listo para boquear de nuevo, asfixiado en los estercoleros de una existencia sin aire, sin piedad, sin amor.
Pero has aparecido tú. Veo una línea de luz amaneciendo en mi horizonte.
Pero ahora estás tú. Y siento mi cuerpo como un traje nuevo, que la sangre vuelve a correr con pasión por mis venas, que mi mundo agonizante recobra el pulso y estalla en pedazos para renacer en uno nuevo.
Y ahora respiro, ahora río, lloro, bailo, canto, suspiro, sueño...
Y ahora, tú.


Acantilado-29,7x21cm-Técnica mixta


Esperando a la barca

Ilustración: Esperando la barca-29,7x21cm-Pastel
Rosa continuaba de pie junto a la orilla, donde el mar le lamía los pies.
Durante la tarde fueron llegando otras barcas. Las demás mujeres y los niños revoloteaban por la playa como un enjambre, mientras ella se impacientaba. Los bueyes arrastraban las barcas adentrándolas en la arena y hora a hora la playa se quedaba desierta.
Le preguntó a unos y a otros, pero ninguno pudo darle noticias que la calmaran.
El aire se movía más rápido y las ráfagas de arena le cerraban los ojos.
Cuando la luna era la única fuente de luz, a Rosa le empezaban a fallar las piernas.
Quizás se habían perdido, o un mal viento los había arrastrado mar adentro. En todo caso, confiaba en la experiencia del esposo para cuidar de su hijo que le acompañaba por primera vez en aquella jornada de pesca.
Como una sombra, una amiga se acercó a ella, la cubrió con una toca y se la llevó a casa. Ahí en la playa no había nada que hacer, y a la luz de una vela, en el comedor de su casa, también se podía rezar.




Te amaré en la alegría... (poema)

Te amaré en la alegría,
en la luz
y en el silencio.
Al aire libre - 22,9x30,50 cm - pastel
Te amaré de día,
bajo la lluvia,
en las montañas,

sin aliento.
Te amaré dormido,
gritando en el desierto.
Te amaré en la desgracia,
en la oscuridad del Universo.
Te amaré hasta el final del cuento,
de la última caricia,
y hasta el último verso.
Te amaré hasta el cielo
o hasta las puertas
del Infierno.
Te amaré consciente o sin saberlo,
en cada libro,
en cada ¡mátame si miento!
Te amaré en las certezas
y en los engaños,
en cada adiós,
en cada encuentro,
y en cada soplo
de la rosa de los vientos.

Autor: Raúl Tamarit Martínez