Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

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(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


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miércoles, 13 de noviembre de 2019

Jugando entre limoneros

El sol se abrió paso entre las nubes recién descargadas y jugaba a las sombras filtrándose entre las ramas y las hojas reverdecidas de los limoneros.

Los destellos en las gotas de lluvia llamaron la atención de Julia y Diego que corrieron entre los árboles manoteando la fruta y riéndose cuando las gotas frescas caían sobre sus caras.

Volvieron la cabeza y vieron a su tía que continuaba buscándoles al borde del campo, junto a la carretera.

-¡Juliaaaaa! ¡Diegoooooo!

Ellos seguían jugando, riendo, corriendo entre los árboles frutales que se extendían hasta la falda de las montañas como un manto verde tachoneado de puntos amarillos.

El cielo se despejó y pronto, solo un intenso color azul flotaba sobre sus cabezas.

De repente el cabello rubio de Diego empezó a levantarse como si flotara bajo el agua. Igual le pasó a Julia con su hermosa mata de pelo azabache. Se empezaron ellos mismos a sentir ingrávidos y se miraron a los ojos, divertidos mientras giraban en el aire. Rieron como locos hasta que el efecto desapareció y cayeron suavemente sobre el campo.

Gertrudis no conseguía verles, así que sujetó el mando entre las manos y empezó a manejarlo tal y como le habían enseñado. Presionó sobre el icono con el dibujo de un limón y este se apagó. Inmediatamente, miles de limones cayeron al suelo y desaparecieron. A continuación, presionó el botón con el dibujo de rama con hojas y después el de tronco de árbol. En ese momento divisó fácilmente la figura de los niños corriendo hacia el río. Pulsó el botón del río. Los niños se detuvieron y se giraron para mirar a Gertrudis.

- ¡¡Nooooo!! ¡¡Queremos jugar más!! -le gritaron.

- ¡¡No puede ser!! ¡¡Ha llegado la hora!! ¡¡Volved conmigo!! -les pidió con gran esfuerzo.
Limón en rama - 22,9x30,50 cm - boceto al pastel

Julia le dijo algo al oído a Diego. Ambos miraron fijamente a Gertrudis unos segundos y echaron a correr hacia las montañas cogidos de la mano. Su tía apagó el icono con una montaña dibujada, y el de la tierra y el del cielo. En la pantalla que ocupaba toda la pared de la habitación del hospital, los niños quedaron corriendo en la nada.

Gertrudis permanecía de pie en el centro de la habitación, frente a la cama de ambos niños. Estaban en el décimo nivel, a 140 metros bajo tierra y la luz emanaba desde su izquierda de un panel con forma de ventana.

De las cabezas rapadas de Julia y Diego surgían cables que se conectaban con la pantalla. Los niños parecían inconscientes, aunque en la imagen de la pared seguían corriendo y riendo cogidos de la mano, suspendidos en el vacío. Sin embargo, en sus cuerpos físicos, sus bocas dibujaban una sonrisa y en los dedos de sus manos y sus pies se advertía leves movimientos.

La tía de Julia y Diego tenía el rostro bañado en lágrimas. Sin apenas fuerza en el cuerpo, se giró a mirar al alguacil médico que aguardaba inexpresivo e impaciente en la puerta de la habitación. Gertrudis tragó saliva. Le fallaban las piernas cuando acertó a apagar con un dedo tembloroso uno de los dos iconos con una silueta humana.

-Perdóname... -acertó a murmurar.

Julia desapareció de la imagen y la sonrisa y movimientos de sus dedos murieron. Diego aún corría en la gran pantalla, solo. Su cuerpo, estirado sobre la cama, se estremeció y emitió un gemido. Gertrudis miraba a Diego angustiada y justo cuando en la pantalla él paró de correr y se giró para mirarla desde la distancia, ella pulsó el botón que lo volatilizó. Ahí no pudo aguantar más y soltó el mando que se rompió contra el suelo.

La enorme pantalla se apagó. En la habitación solo se oía el agudo pitido de los electrocardiogramas. Los cuerpos inertes de Diego y Julia parecían dos sombras, restos irreales de una dolorosa pesadilla.

Los niños por fin habían dejado de sufrir, pensó.

Recobró la compostura, les dio un beso en la frente y salió de la habitación escoltada por el alguacil.

Aún no había dado diez pasos por el pasillo cuando escuchó la risa de sus sobrinos.

Con el corazón acelerado, apartó al escolta médico y corrió de vuelta a la habitación. Justo a tiempo para ver la enorme pantalla encendida de nuevo con los niños jugando jubilosos al escondite entre los limoneros y las camas de Julia y de Diego, vacías.

Autor: Raúl Tamarit Martínez


domingo, 10 de junio de 2018

El guardián ciego

A Luis le recorrió un escalofrío cuando caía el sol y la oscuridad empezaba a adueñarse de la carretera.

Llevaba las luces cortas desde mucho antes. Se encontraba muy incómodo. Sintió un sudor frío en la frente y respiró hondo aguantando el aire unos segundos en cada bocanada. La tensión aumentó cuando el único coche que venía detrás le hizo un cambio de luces. Sin darse cuenta había levantado demasiado el pie del acelerador y su escasa velocidad se había convertido en problema, incluso en una carretera secundaria tan poco frecuentada como aquella.

A regañadientes aceleró un poco, procurando agarrar bien el volante en las curvas. Fuera, hacía un frío polar y él se moría por un cigarrillo, pero le aterrorizaba que distrajera su atención. Los ojos le escocían y parpadeó varias veces. La carretera se convirtió para él en un túnel oscuro que se hundía en la boca gigantesca de un lobo muerto.

Respiró aliviado al encarar una larga recta y ver que el otro coche le adelantaba con acelerones furiosos, para después desaparecer como una centella. La calma volvió a recorrer las venas de su cuello y suspiró. El accidente que sufrió hacía unos años lo provocó un hombre completamente borracho. Luis estuvo al borde de la muerte: dos piernas rotas, tres costillas y el bazo perforado. Borró su mente de inmediato. No quería recordar. Aquella desgracia le costó el sueño, y los sueños. Nunca volvió a recordarlos. Pero en quince minutos tendría a su novia entre los brazos y podría seguir intentando respirar la vida en su piel.

Concentró su atención en la lucecita lejana de un coche que se aproximaba en la lejanía. Se arrellanó en su asiento y puso la espalda recta buscando relajarse.

Cuando el vehículo estaba a su altura se quedó paralizado viendo cómo, de pronto, dió dos volantazos e invadió su carril deslumbrándole como a un buho.

Al recobrar el conocimiento no notaba su cuerpo. La oscuridad era más profunda de lo que jamás había experimentado. Los ojos le ardían. Consiguió tocarse la cara y notó un líquido espeso resbalando por sus mejillas. Maldijo su vida a voz en grito, con alaridos roncos y amargos. A su mente regresó el rostro del borracho. ¡Mataría al maldito! ¡Al bastardo que le había devuelto al infierno! Sollozó unos minutos retorcido sobre sí mismo. Escuchó el chisporroteo de algo que ardía a pocos metros. Sin ver nada, el odio le dio fuerzas para arrastrarse hacia el origen de un gemido prolongado. ¡Si el cabrón aún no estaba muerto, le estrangularía con sus propias manos!

La escarcha crujía bajo su peso. Llegó hasta el cuerpo yacente, lo agarró del pie con fuerza, y un quejido de mujer le desembotó los oídos. Eso le desconcertó. El objeto de su odio, de pronto se había desvanecido. Se arrastró hasta la altura de su cabeza y ella quiso decir algo, pero solo escupió sangre, y enseguida, silencio.

Luis se dejó caer de espaldas agotado. El hueco de los ojos seguía doliéndole y se los palpó. Tocó cristales clavados en ellos y trató de quitárselos, apretando los dientes hasta hacerlos rechinar. El dolor le aturdió.

En ese momento escuchó algo diferente. Distinto a sus propios quejidos y a los sonidos del metal ardiendo bajo el fuego. Un llanto, el llanto desconsolado de un bebé. Pero no tenía fuerzas para moverse y desconectó de la realidad unos minutos.

De nuevo el llanto le sobresaltó. El ataque de puro odio le había dejado sin fuerzas. Había tocado fondo. Solo quería estar allí, tumbado, abandonándose, dejándose morir.

Pero el bebé no callaba. Sus lloros se convirtieron en el único vínculo que aún no había roto para dejar este mundo. Tenía que hacerle callar como fuera. Esa idea se fue haciendo grande en su cabeza. Se giró sobre sí mismo, y agarrando puñados de hierba se arrastró rabiosamente hacia el niño.

Al cabo de unas horas alguien se encontró con restos del accidente en la carretera y llamó a emergencias. Aún era noche cerrada cuando un coche de atestados y una ambulancia llegaron al lugar del siniestro. Les sorprendió encontrar solo un cadáver, una mujer joven junto a uno de los vehículos. Recorrieron el entorno con las linternas hasta que un sanitario novato gritó: "¡Aquí!"

Cuatro linternas iluminaron entre unos matorrales. Ahí estaba el cuerpo del otro conductor, sin vida. En posición fetal, con el torso desnudo. El color de su piel se confundía con la escarcha. Rodeaba con sus brazos un fardo hecho con su propia ropa. El novato levantó una manga con cuidado y vieron sorprendidos la carita de un bebé que hizo un mohín con los labios, agarró más fuerte con sus manitas el dedo corazón de Luis y, como si aún estuviera en el vientre de su madre, siguió durmiendo. Y quizás, soñando.


El guardián ciego - ilustración digital



sábado, 4 de noviembre de 2017

Vicent (Mirada de león)

Era pequeño para su edad y, ciertamente, estaba un poco asustado. Su padre le susurró antes de dormir unos consejos para afrontar su primer día en el nuevo colegio y Vicent le escuchó envuelto en la penumbra de su habitación con los ojos muy abiertos.

Al día siguiente, subió los cuatro escalones de la escuela con el cuerpo muy recto, el gesto serio, ajustándose la mochila en la espalda.

Esa mañana llamaron a su padre.

Un grupo de niños habían acorralado a Vicent y le habían golpeado.
Mirada de león-22,9x30,5cm-Lápiz grafito, carbón y pastel blanco

Después del papeleo con la directora, llegaron a casa y el padre sirvió la comida en silencio. Ambos se observaban mientras comían. Cuando acabaron, el padre miró directamente a los ojos de Vicent. El niño se irguió, se repasó con la lengua el corte que le nacía en el labio y empezó a esgrimir una sonrisa. Su padre también comenzó a sonreír y enseguida rompieron a reír a carcajadas. Cuando se calmaron, Vicent miró fijamente a su padre para mostrarle algo que ambos ya sabían. Que Vicent superaría aquella situación. En su miraba brillaba una energía especial, una suerte de poder que sobrepasaba los límites de lo corriente. Y el padre lo sabía.



martes, 13 de junio de 2017

AMIGO MÍO

Areiana tenía un amigo. Un niño gigante al que adoraba y que creció dentro de una cueva alimentándose de pequeños animalitos.

La niña le puso un nombre: Oblit, que significaba "grande". 

Lo escondió dentro de la montaña su mamá gigante antes de morir a manos de los Sarbish, el pueblo de Areiana. Pero eso fue antes de que ella naciera y ese hecho se perdió en el tiempo.

Areiana descubrió a su amigo curioseando dentro de la cueva. 

La única y pequeña entrada impedía que el pequeño gigante pudiera salir. Y además estaba lo del miedo. Le aterrorizaba asomarse al agujerito por el que entraba la luz.

Areiana le llevaba alimentos hasta que un día lo encontró enfermo. Se subió a su pie, trepó por su antebrazo y saltó hasta su pecho. Arrastrándose llegó hasta su cara, pellizcándole la piel subió hasta su boca, a su nariz y a sus ojos. Los tenía entornados y llorosos.

-¡Oblit!, ¿qué te pasa Oblit?

El gigante niño apenas gruñó.

Areiana corrió hasta su pueblo e intentó movilizar a sus padres, a sus vecinos para ayudar a su amigo. Pero nadie la tomó en serio.

-¡Un gigante atrapado en una cueva! Jajajaja

Sus padres le obligaron a permanecer en casa hasta que se le pasaran las alucinaciones.

La niña, cuando pudo, escapó llevándose una tinaja de leche de cabra. Al entrar a gachas en la cueva, vio a su amigo boca abajo, inerme. Se le resbaló la tinaja de la cadera hasta el suelo y corrió hasta él. Su amigo ya no respiraba. Sus grandes ojos estaban cerrados, cubiertos de sal de lágrimas. Él, en su escasa comprensión, creyó que su amiga le había abandonado al verle enfermo y que no volvería jamás. Pero al verla entrar con la tinaja, exhaló su último suspiro con una sonrisa.

Areiana se sentó junto a él y lloró sin parar. Entre sollozos, sus labios solo se abrieron una vez para susurrar:

-Amigo mío...

Amigo mío - ilustración digital

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Morir en el mar


Siempre creí que moriría en el mar,
que las olas mecerían en sus brazos
mis sueños de ayer.

Siempre pensé que la oscuridad me cegaría,
que me quemaría los pulmones
el fuego de la espuma.

Supe desde niño, que un océano me mataría de sed.

Y que las olas, 
y la espuma,
y el océano

serías tú.




viernes, 15 de abril de 2011

Bebequiler

La madre acunaba a su bebé susurrándole canciones al oído. Pero el niño solo dejaba de llorar cuando ella se cansaba de cantar antiguas melodías infantiles. Entonces, cuando el niño se dormía emitiendo carraspeos de viejo, ella lloraba en silencio.

Su bebé rompía los móviles de animalitos revoloteando sobre su cabeza, despreciaba la leche que goteaba de los pechos de su madre y lamía con salvaje deleite las pequeñas gotas de vino que su padre salpicaba sobre la mesa al servirse durante la comida. Nada de juguetes convencionales, nada de compañia de otros bebés, nada de mimos ni carantoñas. Escupía los potitos, vomitaba los jarabes, sacaba con sus propias pequeñas manitas puñados de caca remansada en su pañal y dibujaba con ella en las paredes de su cuarto, poniéndole bigotes malolientes a Campanilla, o gafas de mierda a Pluto. A nadie le cupo duda de que era un niño especial. Y menos aún a su aterrorizada mamá...