Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


sábado, 3 de marzo de 2018

Esperando al tren

Esperando al tren-29,7x21cm-Boceto 
a tinta de una foto vista en la red.
De pie en la estación, María reparó en que todo a su alrededor iba perdiendo color. Apenas distinguía el verde de los árboles o el azul del cielo. Las mejillas de los niños empalidecían, nadie que se cruzara con ella la miraba a la cara, las vías del tren se mostraban inútiles sin trenes, ni siquiera avisando a lo lejos de su llegada.

Entonces sonrió al recordar que aún le quedaba una vía de escape. Se sentó sobre la maleta, abrió un libro y desapareció en sus páginas.

Guardia mortal

La ventisca arreciaba convirtiendo los copos de nieve en proyectiles helados.

Carl se ajustó el pasamontañas alrededor del cuello mientras que el golpeteo de la nieve en el casco le aturdía. El AK5 pesaba una tonelada y no sentía los pies. La lágrima tatuada junto al párpado derecho destacaba sobre su tez pálida.

Habían transcurrido casi las dos horas de la guardia y lo que Carl esperaba que sucediera no ocurría.

Se presentó voluntario para esa guardia ante la sorpresa de sus compañeros de armas que esperaban aterrados a que el sargento leyera el nombre del infortunado.

El lunes anterior empezó todo. El soldado de la guardía de las 3-5 a.m. había desaparecido. Restos de sus tripas, el arma y ropas desgarradas descartaban la deserción. Todo el cuartel se puso en alerta.

El campamento se ubicaba en una de las más alejadas regiones, al borde mismo del Círculo Polar. Nadie tenía muy clara la utilidad de mantener activo un emplazamiento tan inhóspito. Y aún menos lógica tenía mantener aquel puesto en lo alto de un risco, a dos kilómetros de la base, desde dónde sólo se veía la luz mortecina de las farolas junto a los barracones de la zona norte. Una caseta de un metro cuadrado como único refugio, un teléfono fijo, una linterna de pilas y dos ventanucos con cristales cubiertos de escarcha.

El martes, el relevo dio en voz alta la seña al acercarse al puesto. La oscuridad era absoluta. Nadie cantó la contraseña. El cabo repitió la seña dos veces más. Silencio. El soldado de relevo se quejó cuando el cabo lo tiró al suelo.

- ¡Abajo!

Se acercaron a gachas a la garita. El cabo tocó algo duro y tibio con la mano. Gritó al iluminarlo y descubrir que era la cabeza, desgajada, del soldado de guardia.

Nadie quería ir a ese puesto el miércoles. Pero nombraron a Per. El jueves arrastraron a Jan hasta la garita y le encerraron con llave. El viernes llevaron a Erik a punta de pistola. Todos fueron masacrados, despedazados, con partes de sus cuerpos en las cercanías y rastros de sangre que se perdían en las profundidades del paisaje.

El sábado, Carl se presentó voluntario. Hacía apenas dos semanas de su incorporación al cuartel. No conocía a nadie, ni nadie le conocía a él. Por eso le miraron con el ceño fruncido pero con agradecimiento infinito brillando en sus pupilas. Otro para el matadero, pensaron.

A las 4.30 a.m. Carl creyó oír unos aullidos camuflados entre el estruendo del viento en su casco. Salió de la garita con el arma preparada y se acercó al borde del montículo. Delante tenía la oscuridad absoluta.

Centró su mirada en lo más profundo, donde parecía imposible que nada con vida prosperara.

De repente, un rugido inhumano contaminó el aire con su estruendo. Una sombra se acercaba amenazadora en dirección a la garita.

Carl lanzó el arma lejos de él. Se quitó el casco y las gafas. El ser continuaba su marcha aplastando la nieve a cada paso. Carl se deshizo de los guantes, de la cartuchera y del abrigo. Un ser monstruoso se plantó delante de él. La enorme cabeza quedó al nivel de la de Carl y sus miradas se enfrentaron. Un resplandor frío se extendió sobre el risco. Al cabo de unos instantes, un chillido agónico pareció elevarse y se fue perdiendo en la noche.

Cuando el relevo estuvo cerca del puesto de Carl se encontraron con un reguero de una extraña sustancia verdosa sobre la nieve que conducía a la garita.

El cabo Bjorn iluminó el interior de la caseta y gritó del susto. Un colgajo de piel con la forma de un ser humano estaba pegado a las paredes. Junto al hueco del ojo derecho podía verse el dibujo de una lágrima. Ni rastro de Carl. Solo la enfurecida ventisca seguía rugiendo y pegando deditos helados en sus asustados rostros de ser humano.



Cuando miro atrás

Cuando miro atrás, veo tierra quemada. Lo pasado está destruido. Los sueños de felicidad aplastados.

Solo veo un resquicio de verdad bajo mis pies, donde las sombras de los monumentos derruidos me indican la dirección a tomar. Y son múltiples, incontables las señales a cada paso.

Y allí a dónde me dirijo se expande una luz hacia el infinito, una senda que me empuja a caminar directamente hacia las estrellas.




Nocturnidad - ilustración digital



sábado, 4 de noviembre de 2017

Vicent (Mirada de león)

Era pequeño para su edad y, ciertamente, estaba un poco asustado. Su padre le susurró antes de dormir unos consejos para afrontar su primer día en el nuevo colegio y Vicent le escuchó envuelto en la penumbra de su habitación con los ojos muy abiertos.

Al día siguiente, subió los cuatro escalones de la escuela con el cuerpo muy recto, el gesto serio, ajustándose la mochila en la espalda.

Esa mañana llamaron a su padre.

Un grupo de niños habían acorralado a Vicent y le habían golpeado.
Mirada de león-22,9x30,5cm-Lápiz grafito, carbón y pastel blanco

Después del papeleo con la directora, llegaron a casa y el padre sirvió la comida en silencio. Ambos se observaban mientras comían. Cuando acabaron, el padre miró directamente a los ojos de Vicent. El niño se irguió, se repasó con la lengua el corte que le nacía en el labio y empezó a esgrimir una sonrisa. Su padre también comenzó a sonreír y enseguida rompieron a reír a carcajadas. Cuando se calmaron, Vicent miró fijamente a su padre para mostrarle algo que ambos ya sabían. Que Vicent superaría aquella situación. En su miraba brillaba una energía especial, una suerte de poder que sobrepasaba los límites de lo corriente. Y el padre lo sabía.



Pelirroja

La mañana entraba en la habitación directamente desde las puertas de cristal del balcón, atravesando las cortinas que bailaban mecidas por una suave brisa.

Una franja de sol iluminaba las baldosas, subía por las sábanas de la cama hasta la pared. En su camino de luz destelló en el cabello rojo y húmedo de Elsa.
Melena roja-22,9x30,5cm-20171019_181129

Acababa de salir de la ducha y le gustaba sentir el calor del sol en el cuerpo mientras se secaba. Lo había convertido en un ritual placentero que finalizaba frente al espejo, desnuda, completamente segura de sí misma. Le gustaba repasar las cicatrices del maltrato que sufrió siendo una niña y que casi le cuesta la vida.

Se vistió con parsimonia. Primero el sujetador, y al final, comprobaba que el seguro estaba puesto y enfundaba la pistola. Se ajustó la placa, se guardó la documentación y cerró con llave.

Al irse, el apartamento quedó en silencio.

La franja de luz solar escaneó la estancia a lo largo de la mañana, como si creyera que Elsa aún estaba allí. Después, se escabulló una vez más tras las cortinas.


Con los pies en la arena

Se sentía como una batería descargada. Le costó seis vidas llegar hasta la playa. Y en la orilla lamida por las olas, cayó de bruces. Se incorporó con las ropas empapadas, la cara cubierta de arena que doraba su imperturbable gesto de tristeza.

Hundió los pies desnudos con movimientos zigzagueantes y al momento subió por sus piernas una corriente de energía que inundó todo su cuerpo.

Se abrió la camisa y palpó un punto exacto del esternón. Levantó el mentón respirando profundamente y apretó con el pulgar hasta oir un chasquido. Abrió los ojos ansiosa por comprobar que todo volvía a funcionar. Confirmó con un suspiro de alivio que los cambios empezaban a producirse.

Lo primero que desapareció fue el mar.

Con los pies en la arena-29,7x21cm-Pastel blanco sobre papel Canson negro

La pescadora valenciana

La orilla de la playa dividía su vida en dos mundos, ambos igual de imaginarios. Uno en el que creía estar viviendo; el otro, desconocido, cruel y generoso al tiempo, que le ofrecía el sustento pero que le robaba el aliento, que le paraba el corazón, y que a veces le hacía llorar cuando una vela blanca temblando en la lejanía hería sus ojos.

Pescadora valenciana-29,7x21cm-Dibujo pastel blanco sobre papel Canson negro