Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


lunes, 30 de abril de 2018

La captura

Un perro siempre espera algo bueno de ti, tu mejor versión, y por eso te mira con esos ojos de profundidad infinita, de confianza sin límites, de amor incondicional.
Por eso, cuando traicionas esa confianza, cuando le haces daño, cuando lo maltratas o le abandonas, o desatiendes su cuidado, nunca tiene una mirada o un gesto de reproche. Más bien al contrario. Es entonces, cuando te mira con esa intensidad de inquebrantable fe en que acabarás amándole como él te ama, que acabarás siendo para él, el Dios que siempre ve en ti.

Raúl Tamarit Martínez - La captura - ilustración digital

Faros en la noche

Cuando el héroe llega justo a tiempo para salvar a la inocente víctima de entre las garras del malvado asesino, no tiene precio.



Raul Tamarit Martínez - Faros en la noche - ilustración digital

sábado, 28 de abril de 2018

Luna llena

Fue entonces cuando lo recordé, mientras miraba la luna llena moverse por el cielo en aquella noche atónita.
Recordé el sabor del caramelo carmesí que se despegaba de tus labios mientras te besaba a cámara lenta, aquella manzana de azúcar pegajosa de un rojo intenso y brillante que endulzaba mi universo y me estallaba en el pecho.
Recordé tus ojitos de cristales irisados de amor, bañándose en mis pupilas. Y el discreto tránsito de la luna me llevó de estos a otros recuerdos, por caprichos de la mente, con la indolencia de un niño que, jugando a la rayuela, no repara en la hormiga que mata, o en la infancia que muere a cada paso, a cada abrazo, a cada te amo o con cada desengaño.
Recordé luz de faros sobre el mar deslumbrando a la diosa de la noche, destellos de nuestros cuerpos entre las crestas de las olas, sumergidos o emergiendo como peces voladores que cruzan sus alas en pleno vuelo y caen silbando entre suspiros.
Luego, la luz rutilante y fría del sempiterno espía muestra su rotunda frescura, en un deambular de caracol perdido en la soledad de la noche estelar.

Raúl Tamarit Martínez - Luna llena - 29,7x21cm - lapices

Se llamaba Gloria

Se llamaba Gloria. Murió de pena.
¡Era tan bella recién nacida,
brillaba tanto en la basura!
Creció entre golpes y estropajos,
aferrada a la vida,
entre escobas y llantos.
¡Tenía tan fresca la mirada,
iluminaba tanto su sonrisa!
Parió sin descanso, crió sin respeto,
y su cuerpo destrozado
acabó un día de lluvia sobre el fango,
seco.
Se llamaba Gloria. Vivió de paso.
¡Era tan bella, era tan hermosa!
¡Gloria, la llamaban!
Aunque murió de pena.
¡Y de espanto!

Raúl Tamarit Martínez - Pena - 29,7x21cm - lápices


¿Tiene memoria el olvido?

¿Tiene memoria el olvido? Es una pregunta absurda en tanto el olvido es la pérdida de memoria. Sin embargo, si la memoria no es perfecta, ¿porqué ha de serlo el olvido? Si nuestra facultad de recordar depende de múltiples factores, ¿no le ocurre lo mismo a su contrario? En no pocas ocasiones recordamos lo que creíamos totalmente olvidado y olvidamos algo que estábamos seguros de que nos esperaba en la biblioteca de nuestra memoria. Por lo tanto, me atrevería a afirmar que sí a la pregunta. Porque hay momentos en los que estoy tan completamente seguro de haberte olvidado, como lo estoy de estar condenado a recordarte.


Reposo - 29,7x21cm - Técnica mixta (inspirado de imagen vista en la red)



Derrotado

Hay ocasiones únicas, en las que no luchas por ganar, momentos en los que conseguir la victoria no es lo importante. Son batallas que sabes perdidas antes de empezarlas, batallas por defender una idea o un sueño imposible, pero que en sí mismas justifican el esfuerzo, el sacrificio e incluso la muerte.


Derrotado - 29,7x21cm - Técnica mixta



sábado, 3 de marzo de 2018

De paso

De paso-29,7x21cm-Técnica mixta
Los cascos del caballo se hundían en el polvo. Con la gran frente gacha, pendulando la cabeza mecánicamente, sus patas se alternaban por inercia. El jinete, extremadamente delgado, apenas llenaba la ropa. Ocultaba su rostro bajo el sombrero, evitando el fuego que caía del cielo y que le arrancaba la piel del rostro como un huracán las hojas de un libro.

Recorría con su montura la calle mayor de aquel pueblucho arenoso y rojizo. Detrás del polvo y la suciedad de cada cristal adivinaba las miradas curiosas de sus desafortunados habitantes.

Joe mostraba signos de cansancio extremo. Recorría sin descanso pueblos aislados que nacían al amparo de una mina, o vivían de la cría del ganado. Pero como recién nacidos, eran frágiles y se hallaban expuestos a múltiples peligros y muchos de ellos inimaginables.

Junto a la cantina había un abrevadero con una pila de forraje. Acarició el cuello del animal mientras bebía y comía, sin perder detalle de las sombras que iban apareciendo en las esquinas o que se asomaban temerosamente por las ventanas. Oyó un grito de agonía y miró en su dirección bajo el ala del sombrero. Joe ató el caballo al amarradero y entró en la cantina. Todo estaba en silencio. Al acercarse a la barra sólo se oía el tintineo de las espuelas y el crujir de la madera del suelo bajo sus botas.

Se apoyó y el camarero emergió la cabeza de su escondite con mirada de terror.

- ¡Tenga cuidado! -advirtió al recién llegado.- ¡venga, deprisa, escóndase!

Joe le hizo caso y agachados tras la barra preguntó.

-¿Pero qué demonios pasa, amigo?

- Shhhh baje la voz. Exactamente eso es lo que pasa. Un diablo anda suelto por el pueblo. ¡Está masacrando a todo ser vivo que encuentra! -susurró aterrado.

Joe palpó instintivamente la culata de su revólver.

Escucharon un relincho escalofriante y a continuación el silencio. Joe temió por su caballo, tomó aire y se incorporó dispuesto a todo. Miró hacia las puertas batientes. Ahí parado, con los brazos abiertos y a contraluz, vio la silueta de un ser monstruoso. El camarero le apartó violentamente y disparó dos cartuchos sin ninguna puntería cayendo al suelo aterrado.

Joe se revolvió descargando el tambor del revólver con precisión de cirujano. Dos balas directas al corazón, dos al estómago y dos más a la cabeza. El monstruo aún dio tres pasos hacia él antes de caer derrumbado a sus pies. Con pulso templado, recargó la pistola y salió de la cantina. Junto al abrevadero, los restos de su caballo colgaban del porche cubierto de sangre.

De pronto, un hombre alto, vestido con una levita mugrienta y una gran cruz colgando del cuello entró en la cantina y emitió un chillido de rabia y dolor. Agarró del cuello al camarero que aún permanecía en el suelo, anonadado.

- ¿¡Quién ha sido!? ¿quién ha matado a mi criatura? -le preguntó casi sollozando.

El barman señaló hacia la puerta. El hombre de la levita se giró bruscamente soltando saliva de entre sus dientes y los ojos inyectados en sangre. Vislumbró la silueta de Joe, pero la luz de la calle le impidió enfocar el dedo de Joe en el gatillo ni la bala saliendo del cañón. Le reventó el cerebro y cayó de espaldas sobre el monstruo con el que creó una curiosa figura en cruz que emulaba la que descansaba ensangrentada sobre su pecho.

En pocos minutos, varios vecinos se atrevieron a entrar muertos de miedo a la cantina y rodearon los restos del demonio y su dueño. Se quedaron espantados. Alguien vio a Joe alejarse hacia las cuadras cargando con los restos de la silla y las bridas. Nadie le impidió montar un caballo y continuar su camino.

Ya con las últimas luces del atardecer, al trote, Joe se descubrió el brazo izquierdo. El sol tintó de rojo los cortes simétricos que cubrían su antebrazo. Desenfundó su cuchillo y añadió otro corte. Este casi tocó hueso. Chupó su propia sangre y la escupió sobre unos arbustos resecos.

Ya se perdía su figura entre las montañas y las matracas del desierto empezaban a guardar silencio, cuando de entre esos matorrales, comenzaron a brotar desaforadamente cientos de florecillas carmesí que parecían querer escuchar el susurro de las estrellas.