Para él el tiempo era como el barro. Podía modelarlo, podía suprimir pedazos, días, años. Podía manchar sus manos de minutos oxidados. Podía añadir un siglo a otro y aplastarlos, unir puntas, nodos, pespuntear sus límites, coser las mañanas del pleistoceno a las tardes del medievo. Y estar allí, en todas partes.
Harto de vivir amores sin amor y amar sin razones, su corazón se endureció a golpe de viaje y desarraigo. Hasta que tomó una lúcida decisión. Haría un viaje iniciático al Big Bang.
Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss
Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.
(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )
jueves, 25 de agosto de 2016
Nacidos de la tierra
Somos
una nueva generación.
Una generación
nacida de la tierra.
Nuestras raíces
se hunden profundas
en las entrañas del mundo.
Somos
la esencia que te anima,
los sueños que sueñas,
el anhelo que esperas.
Una generación
sin precedentes,
sin lastres,
sin culpas
ni remordimientos.
Y en nuestras manos
omnipotentes,
palpita el germen del futuro,
las semillas
de la vida que vendrá.
una nueva generación.
Una generación
nacida de la tierra.
Nuestras raíces
se hunden profundas
en las entrañas del mundo.
Somos
la esencia que te anima,
los sueños que sueñas,
el anhelo que esperas.
Una generación
sin precedentes,
sin lastres,
sin culpas
ni remordimientos.
Y en nuestras manos
omnipotentes,
palpita el germen del futuro,
las semillas
de la vida que vendrá.
Sin aliento
El muy gilipollas tenía razón. La vida es un sinsentido. Nos la pasamos creyendo que vamos a alguna parte, convencidos de que lo hacemos acompañados, y cuando menos te lo esperas te ves solo en medio de la nada.
Sin embargo, yo sí estoy convencido de que tengo un destino, y de que ella era mi compañera. Por eso no podía dejar que éste idiota se la llevara impunemente.
Ella ya no existe. Sus maletas se quedaron abiertas y su ropa tirada por la habitación, como las perlas de su collar, como su cuerpo.
Quizás si las esparzo por el jardín, sus cenizas hagan que los geranios crezcan con su cara de ángel.Él huyó en su coche como un conejo asustado que acabaría suplicando por su insignificante existencia.
Pero mi destino quizá sea éste: en un cruce de un camino sin nombre, con una beretta en la mano, dibujándole en la frente el punto final a un papanatas carente del coraje para asumir la verdad de su propio discurso.
Los cuatro amigos
Eran cuatro amigos. Amigos
de travesuras, de juegos, de aventuras.
Una tarde anaranjada y malva en la que los débiles rayos de luz curioseaban con sus deditos amarillos entre los zarcillos y las amapolas, los cuatro se pusieron a jugar al escondite en pleno campo. Uno se escondió tras un gran y negro pedrusco, otro tras un alcornoque, y el más pequeño corrió a ocultarse entre la maleza salvaje que le cubría tres palmos. El cuarto, tras contar hasta diez, le vio y dio el aviso.
El pequeño, descubierto, salió riendo con fastidio, pero la
risa se le heló en la cara cuando sus amigos, gritaron aterrorizados.
"¡¡Arañas!!" El niño estaba cubierto por cientos de arañas que le envolvían
como una manta. Con movimientos convulsos intentaba sin éxito sacárselas de
encima. Gritaba enloquecido pidiendo ayuda a sus amigos. Pero sus amigos
corrieron como liebres y volvieron trayendo a tirones a la madre.
La luna llena ya iluminaba la camiseta blanca del niño que
yacía acurrucado en una zanja. De las arañas no había ni rastro. Solo se acercó
la madre asustada y le animó a reaccionar cogiéndolo del brazo con ternura.
"Pedro, Pedro" Pedrito se levantó despacio, muy serio y cabizbajo, y
así siguió todo el camino de vuelta. Los amigos, tres pasos atrás, respetaron
con su silencio el de Pedro. Al llegar al portal de su casa, levantaron sus
manos para despedirse de él pero no llegaron a pronunciar palabra. Pedro se
había girado, con la mirada torva, con la expresión vacía, y les escupió a los
pies. "¡Pedro!", le recriminó la madre.
Los tres fueron conscientes de que al que habían encontrado
en el campo, envuelto como un ovillo, ya no era su amigo. Era..., otra cosa. Ni
siquiera un niño, como ellos. Pedro se había extraviado, quizá secuestrado por
la caterva de arañas que le cubrieron el alma con sus peludas patitas y lo
arrastraron allá donde las personas nunca miran. Pero también sintieron un
fuerte dolor en el pecho por no haber
auxiliado a su amigo y dejarlo sólo, por haber traicionado su amistad y,
como alquimistas involuntarios, transmutarla en el odio que vieron brillar en
sus ojos. Un odio tan puro y fuerte como la tela de una araña.
Desconexión
Nos pasamos conectados toda nuestra vida. Desde que nacemos. El cordón umbilical podría considerarse nuestra primer borne. Pero pronto nos separamos de él para empezar a sentir en el cerebro el chasquido de nuevas intromisiones que toman posesión de nuestras neuronas como el auriga maneja las riendas de sus corceles.
Es muy difícil darse cuenta de las conexiones que lastran nuestros pasos, nuestras decisiones. Conseguir romperlas es privilegio de unas pocas mentes preclaras que consiguen descubrir la clase de esclavitud a la que estaban condenados.
Pero cuando cortas las amarras, te expones a peligros no menos poderosos. Y sufres un vértigo que puede hacerte caer en el abismo de la soledad. Al menos, nos queda el consuelo de experimentar la ilusión de que, por fin, somos libres.
Es muy difícil darse cuenta de las conexiones que lastran nuestros pasos, nuestras decisiones. Conseguir romperlas es privilegio de unas pocas mentes preclaras que consiguen descubrir la clase de esclavitud a la que estaban condenados.
Pero cuando cortas las amarras, te expones a peligros no menos poderosos. Y sufres un vértigo que puede hacerte caer en el abismo de la soledad. Al menos, nos queda el consuelo de experimentar la ilusión de que, por fin, somos libres.
Abducida
Nunca estuvo segura de sus raíces. Se sorprendía a sí misma mirando el cielo nocturno demasiadas veces como para recordarlas.
En su interior, íntimamente, se sentía unida al profundo cosmos, como si el roce de la luz de alguna estrella lejana acariciara sus pupilas hasta hacerla llorar de felicidad. Y soñaba. Soñaba con regresar a ese planeta cuyo nombre retumbaba en su mente sin cesar. Porque estaba convencida de que aquél era su verdadero hogar, que allí le esperaba alguien que también miraba al cielo con los puños apretados, de pie, gritando su nombre desde el planeta de sus sueños y pesadillas, suplicándole que regrese a La Tierra.
En su interior, íntimamente, se sentía unida al profundo cosmos, como si el roce de la luz de alguna estrella lejana acariciara sus pupilas hasta hacerla llorar de felicidad. Y soñaba. Soñaba con regresar a ese planeta cuyo nombre retumbaba en su mente sin cesar. Porque estaba convencida de que aquél era su verdadero hogar, que allí le esperaba alguien que también miraba al cielo con los puños apretados, de pie, gritando su nombre desde el planeta de sus sueños y pesadillas, suplicándole que regrese a La Tierra.
Esquiva
Sus padres le pusieron ese nombre nada más conocer el embarazo. El párroco frunció el entrecejo y acabó el ritual del bautismo a regañadientes. Era un nombre poco común ciertamente. Más bien no era ni siquiera un nombre. Al poco tiempo nadie recordaba lo raro que era. La llamarían así el resto de su huidiza vida.
En todas las fotografías su rostro salía difuso, indefinido. Ni los mejores profesionales consiguieron captar sus rasgos nítidamente. Tal era así, que la familia acabó aceptándolo y la excluyeron de las fotos grupales. Evitó con solvencia cualquier relación sentimental, eludió todo tipo de responsabilidades, rehuyó besos, caricias, cumplidos e insultos.
Sin embargo, a la Parca, no le influyó en absoluto el inmenso poder que el nombre ejercía sobre Esquiva.
En todas las fotografías su rostro salía difuso, indefinido. Ni los mejores profesionales consiguieron captar sus rasgos nítidamente. Tal era así, que la familia acabó aceptándolo y la excluyeron de las fotos grupales. Evitó con solvencia cualquier relación sentimental, eludió todo tipo de responsabilidades, rehuyó besos, caricias, cumplidos e insultos.
Sin embargo, a la Parca, no le influyó en absoluto el inmenso poder que el nombre ejercía sobre Esquiva.
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