Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


viernes, 26 de agosto de 2016

De copas


Todo el mundo lo sabía, por eso el bar nunca pasaba de moda. Estaba en el conocimiento de cualquiera, que en ese antro no todo el que entraba salía. Ni necesariamente, todo el que salía de él había entrado.



El destierro del gigante

Era un pueblo atípico. Vivían en paz y armonía criando ganado, cultivando la tierra. Creían que los dioses les protegían de las continuas guerras. Solo una cosa les inquietaba: un gigante vivía pacíficamente junto al pueblo. 

Ya estaba allí antes de que el valiente primer aldeano se atreviera a levantar su cabaña en el valle. Ahora en la aldea convivían 932 almas, y el gigante sobraba. En asamblea plenaria decidieron expulsarlo. El gigante, a regañadientes, cogió sus bártulos y se marchó. Los aldeanos celebraron con un gran festejo el destierro del coloso. 

A la semana siguiente, decenas de mercenarios incendiaron la aldea, violaron y mataron hasta que solo quedó un montón de cenizas humeantes.


Estampida

Ocurrió la noche más negra que había visto jamás. El cielo era como petróleo que caía a goterones sobre la ciudad y le resbalaba por los hombros hasta las manos. Se las miro perplejo. No era petróleo. Era sangre.

Volvió a taponar la herida del estómago y se arrastró hasta una placita sin luz.

Se sentó apoyándose en una jacaranda resoplando de dolor.

No debió ir. No debió amenazar de nuevo a su mujer con matarla. 
¡No lo decía en serio! Sus hijos llorando... joder, no quería hacerles llorar. Le sorprendió que ella sacara un arma. 

Bueno, este era el final. Gritó de impotencia. Una estampida de palomas batió el aire y sus aleteos le parecieron estrellas que morían ahogadas en petróleo. 

Como él.



jueves, 25 de agosto de 2016

El viajero del tiempo

Para él el tiempo era como el barro. Podía modelarlo, podía suprimir pedazos, días, años. Podía manchar sus manos de minutos oxidados. Podía añadir un siglo a otro y aplastarlos, unir puntas, nodos, pespuntear sus límites, coser las mañanas del pleistoceno a las tardes del medievo. Y estar allí, en todas partes. 

Harto de vivir amores sin amor y amar sin razones, su corazón se endureció a golpe de viaje y desarraigo. Hasta que tomó una lúcida decisión. Haría un viaje iniciático al Big Bang.



Nacidos de la tierra

Somos 
una nueva generación.
Una generación 
nacida de la tierra.
Nuestras raíces
se hunden profundas
en las entrañas del mundo.

Somos 
la esencia que te anima,
los sueños que sueñas,
el anhelo que esperas.
Una generación
sin precedentes,
sin lastres,
sin culpas 
ni remordimientos.

Y en nuestras manos
omnipotentes,
palpita el germen del futuro,
las semillas 
de la vida que vendrá.


Sin aliento


El muy gilipollas tenía razón. La vida es un sinsentido. Nos la pasamos creyendo que vamos a alguna parte, convencidos de que lo hacemos acompañados, y cuando menos te lo esperas te ves solo en medio de la nada.

Sin embargo, yo sí estoy convencido de que tengo un destino, y de que ella era mi compañera. Por eso no podía dejar que éste idiota se la llevara impunemente. 

Ella ya no existe. Sus maletas se quedaron abiertas y su ropa tirada por la habitación, como las perlas de su collar, como su cuerpo. 

Quizás si las esparzo por el jardín, sus cenizas hagan que los geranios crezcan con su cara de ángel.

Él huyó en su coche como un conejo asustado que acabaría suplicando por su insignificante existencia.

Pero mi destino quizá sea éste: en un cruce de un camino sin nombre, con una beretta en la mano, dibujándole en la frente el punto final a un papanatas carente del coraje para asumir la verdad de su propio discurso.


Los cuatro amigos

Eran cuatro amigos.  Amigos de travesuras, de juegos, de aventuras.

Una tarde anaranjada y malva en la que los débiles rayos de luz curioseaban con sus deditos amarillos entre los zarcillos y las amapolas, los cuatro se pusieron a jugar al escondite en pleno campo. Uno se escondió tras un gran y negro pedrusco, otro tras un alcornoque, y el más pequeño corrió a ocultarse entre la maleza salvaje que le cubría tres palmos. El cuarto, tras contar hasta diez, le vio y dio el aviso.

El pequeño, descubierto, salió riendo con fastidio, pero la risa se le heló en la cara cuando sus amigos, gritaron aterrorizados. "¡¡Arañas!!" El niño estaba cubierto por cientos de arañas que le envolvían como una manta. Con movimientos convulsos intentaba sin éxito sacárselas de encima. Gritaba enloquecido pidiendo ayuda a sus amigos. Pero sus amigos corrieron como liebres y volvieron trayendo a tirones a la madre.


La luna llena ya iluminaba la camiseta blanca del niño que yacía acurrucado en una zanja. De las arañas no había ni rastro. Solo se acercó la madre asustada y le animó a reaccionar cogiéndolo del brazo con ternura. "Pedro, Pedro" Pedrito se levantó despacio, muy serio y cabizbajo, y así siguió todo el camino de vuelta. Los amigos, tres pasos atrás, respetaron con su silencio el de Pedro. Al llegar al portal de su casa, levantaron sus manos para despedirse de él pero no llegaron a pronunciar palabra. Pedro se había girado, con la mirada torva, con la expresión vacía, y les escupió a los pies. "¡Pedro!", le recriminó la madre.



Los tres fueron conscientes de que al que habían encontrado en el campo, envuelto como un ovillo, ya no era su amigo. Era..., otra cosa. Ni siquiera un niño, como ellos. Pedro se había extraviado, quizá secuestrado por la caterva de arañas que le cubrieron el alma con sus peludas patitas y lo arrastraron allá donde las personas nunca miran. Pero también sintieron un fuerte dolor en el pecho por no haber  auxiliado a su amigo y dejarlo sólo, por haber traicionado su amistad y, como alquimistas involuntarios, transmutarla en el odio que vieron brillar en sus ojos. Un odio tan puro y fuerte como la tela de una araña.