Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


sábado, 8 de octubre de 2016

Reencuentro


Era tan hermosa, que el espantapájaros soñaba con que se acercara lo suficiente para que rozara su ropa, con que la brisa le ayudara a mover sus manos de paja y rodearla por la cintura. Soñaba con su dorado cabello bailando al viento sobre su cara de esparto.

Clavado en el campo, crucificado como un bandido, con los bolsillos llenos de semillas y tierra, miraba de nuevo asomarse el sol entre las espigas, relampagueando chispas de luz, agigantando su sombra primero hasta hacerla desaparecer a sus pies.

La niña se acercó a él un día radiante. Se rió de su cara de trapo, y él le reía, de su sombrero agujereado y sucio, y él sonreía. Se rió de su chaqueta a cuadros, de los bolsillos descosidos, de sus pantalones rotos. Y él se moría de vergüenza, hundida la barbilla en el pecho, deseando poder salir corriendo y perderse.

Al amanecer, seguían retumbando en su cabeza las risas, que poblaban el aire como mariposas tristes. Y por un instante se sintió humano al notarse lágrimas, que mostraran el dolor que le atormentaba. Pero solo era rocío. Y los cuervos, viejos amigos, se posaron en sus brazos de nuevo. Para ellos, él era el perfecto espantaniñas.



domingo, 2 de octubre de 2016

Convaleciente


Tuvo que recorrer medio mundo. Le habían avisado unos parientes. Ella se estaba muriendo y un único nombre salía entre susurros de sus labios: Javier.

Cuando bajó del autobús le estaban esperando. Le llevaron a toda prisa hasta la casa de María. En la entrada, la madre le miró de reojo con desprecio y le dió la espalda. Javier entró en la casa sin decir nada, buscando con la mirada. La hermana de María le abrió la puerta del cuarto y desde el umbral Javier sintió el corazón detenerse.

Se arrodilló junto a la cama y sujetó con dulzura su mano. Ella giró la cabeza con esfuerzo, miró a Javier y sus ojos enrojecidos parecieron transformarse en cristales. Javier sintió un ahogo atascándole la garganta.

Los primeros rayos de sol empezaban a atravesar la ventana y les iluminó débilmente. Él no pudo aguantar más y rompió a llorar justo cuando María exhaló un largo suspiro que la vació por dentro, mientras apretaba con sus últimas fuerzas la mano de Javier. Él permanecío durante mucho tiempo junto a ella rememorando los momentos felices. Pero cada vez que traía escenas de la separación a su mente, notaba que la garganta le negaba el derecho a vivir.

Cuando Javier tomó el camino de vuelta, se quedó hipnotizado por el paisaje, sintiendo que con cada árbol, con cada casa, con cada ser humano que desaparecía tras él, dejaba un jirón de su alma cosido al recuerdo de María.


sábado, 1 de octubre de 2016

Como un tiro en la frente

La luz del amanecer la despertó una vez más. Llegaba tarde, así que directamente se vistió ante la mirada de su perro que la observaba con los ojos muy abiertos, tumbado en la cuna.
Entró en el cuarto de su madre y le dio un beso en la mejilla para no despertarla. Le extrañó verla rodeada de pañuelos de papel usados.

Salió de puntillas de la casa cerrando suavemente. Corrió hasta el ascensor, salió a la calle y le enfadó mojarse con la lluvia. Subió al autobús, saludó con la cabeza a los habituales desconocidos, que pasaron de ella, y se encogió de hombros.

Llegó a la oficina. Hacía un día de perros para todos. Nadie levantaba la mano ni la mirada para saludarla ni darle los buenos días. Qué asco. Se sentó en su mesa y se sonó los mocos. Le asqueó ver un poco de sangre en el papel.

Los compañeros estaban haciendo corrillos, alguna compañera daba un grito y se echaba a llorar. Algo grave había pasado. Pero ahora tenía algo más urgente de lo que ocuparse. La nariz no paraba de sangrarle y se fue al baño. Se lavó las manos y la cara. Le molestaba algo la frente y se miró al espejo. Se quedó helada. Tenía un enorme boquete entre ceja y ceja.

Una compañera entró hipando en el baño y se le echó encima, literalmente la atravesó, ocupaba todo su espacio físico como si... Volvió a mirarse al espejo horrorizada. Se metió el dedo en el agujero de la frente y a continuación las dos manos en la nuca. Un enorme boquete se abría donde debía estar su cráneo. En ese momento fue consciente de que nunca más volvería a trabajar en aquella oficina.


martes, 27 de septiembre de 2016

Después de la pelea

Héctor acostumbraba a huir desde niño. Le asustaba el run-run de alguien acechándole, oía gruñidos de perros y lobos a su alrededor. 

Los gritos y amenazas contra él le obligaban a esconderse, a ocultarse en las alcantarillas, en las cuevas, se perdía en las montañas durante días y meses, se alimentaba de raíces y bayas, de los restos de animales que encontraba en las madrigueras y al pié de los acantilados. Siempre huyendo, dando la espalda a las amenazas. Entraba en edificios vacíos y seres informes le perseguían incansablemente rugiendo a sus espaldas.

Una tarde que caía roja sobre su piel sudorosa, mientras corría sobre las sombras de una carretera abandonada, perseguido por una jauría de ruidos escalofriantes, jadeando al borde del desmayo... algo ocurrió.

Detuvo su carrera aminorando el paso. Se paró en la noche, bajo la luz nacarada de la luna, mirando al suelo. Relajó todos los músculos de su cuerpo y se giró lentamente. Los ruidos, los rugidos, los gritos cesaron. Visualizó una enorme figura compuesta de indefinibles y horribles formas que alzó sus garras contra él. Pero Héctor ya no le temía. De pronto se dio cuenta de que el miedo que sentía había destruido su vida. Y decidió disfrutar de su epifanía: enfrentarse a la realidad.



sábado, 24 de septiembre de 2016

La cadena

Laura arrastraba a su perra Fedra de la correa hasta su casa. Pedro estaría levantado y esperándola. Mientras esperaba al ascensor su respiración se aceleró. Llegó a su piso, abrió la puerta dejando entrar primero a la perra y allí estaba él. Parecía un enorme oso a contraluz. Su marido lanzó un gruñido ininteligible, la cogió de la muñeca y la arrastró a la cocina. Allí la desnudó desgarrándole la ropa, le rodeó el cuello con una correa de piel negra y remaches dorados y la enganchó a la pared.

Apretó con dureza la cara de Laura con la mano mirándola con desprecio. Laura temblaba de frío. Era pleno invierno. Pedro se aseguró de llevar la cartera en la chaqueta, cogió las llaves del coche y en el quicio de la puerta la voz de Laura le detuvo:

-Pedro...

Él la miró de soslayo y se fué dando un portazo.

La perra, con el rabo entre las piernas se escondió debajo de la cama.

Pedro llegó al trabajo y Reinaldo, su jefe, le acompañó hasta su nuevo despacho. Bajaron al sótano, una mesa pequeña e hinchada de humedad, escasa luz, sin teléfono. Le hizo sentarse en el suelo, aún no había llegado el nuevo mobiliario. Le ordenó que se ajustara una argolla anclada en el suelo al tobillo y se marchó con las llaves de la casa y el coche de su empleado. Pedro se quedó en la penumbra mirando a la pared con los ojos muy abiertos y aterrorizado.

Reinaldo condujo el coche de Pedro hasta la casa de éste. Fedra apenas ladró al oir la llave en la puerta. Reinaldo entró en la casa.

-¿Laura?

Un sollozo le condujo hasta la cocina y vio a Laura sentada en el suelo, desnuda, temblando, con la cara entumecida de llorar. Se asustó al ver al hombre agacharse, cogerla de los hombros y ayudarla a levantarse.

-¿Quién...? -logró decir Laura.

Reinaldo la liberó del collar y la ayudó a vestirse y a entrar en calor. Ella siguió llorando hasta que se tranquilizó en brazos de Reinaldo. Llamó a Fedra, le puso la correa y la sacó a pasear. Al cabo de un buen rato, Laura arrastraba a su perra Fedra de la correa hasta su casa. Reinaldo estaría levantado y esperándola... su respiración se aceleró...

Paseo rápido - fotografía retocada



jueves, 22 de septiembre de 2016

Responso

Ella miraba la cruz de piedra clavada en el suelo, cubierta de líquenes, con los poros de granito, vencida por los años, y los brazos abiertos anunciando un encuentro.

Era para ella un símbolo, como el jalón que fija el alma a la tierra. Sin embargo, sabía que allí no quedaba nada. Él la rodeaba como un aura que flotaba y brillaba en sus dedos cuando se rozaba los labios recordándolo.

Y absorta en este pensamiento, languidecía la luz del sol en dorados que rodeaba, como las manos de una madre amorosa, el ramaje de los cipreses, las lápidas húmedas e incluso su propio cuerpo trémulo.

Tímidamente, rezó como le enseñó su abuela: hacia adentro. Y se fue de allí amando los recuerdos como le enseñó su padre: con el alma.




El show debe continuar

Ha estado en todas las riñas, en todas las peleas, escaramuzas, razzias, batallas. Ha estado en todas las guerras. Algunas veces incluso creyó que era su deber, que estaba moralmente obligado. 

Otras se vio arrastrado por las circunstancias o por el cañón de una pistola en la sien. Pero siempre acabó igual: cadáver. 

Cuando la paz no es suficiente para que unos pocos sigan aumentando su riqueza exponencialmente, le mandan a él a morir por ellos. A millones, a morir para ellos. Para esos pocos, los muertos no importan. El show debe continuar...