Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


viernes, 14 de abril de 2017

ADVENIMIENTO

Ocurrió en la noche de primavera del año 0.

La lluvia iluminó la noche y entre sus gotas caían engarzadas las semillas doradas que les dió de comer durante 600 generaciones.

Cada aniversario, todo el pueblo esperaba, mirando al cielo, que se repitiera el milagro y que otro regalo les hiciera aún más felices.

Aquél aniversario se palpaba en el aire la certidumbre de que algo especial iba a ocurrir. Así que todas las miradas, todos los rostros se alineaban hacia la bóveda celeste, con la boca entreabierta, los manos entrelazadas y la respiración tensa en la garganta.

Se quedaron toda la noche esperando. Algunos empezaron a irse temprano y el goteo no cesó hasta que solo quedaron Asfon y Grugen en la explanada adornada de flores. Agotados, con la nuca dolorida, pero rebosantes de fe. 

El alba asomaba tímidamente sus deditos amarillos. 

Contenidas en los párpados, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Ellos eran los únicos que tenían la suficiente fe como para darse cuenta de que el milagro se había obrado una vez más: como cada día, el sol se elevaba sobre las montañas e irisaba la mies que rodeaba por completo la aldea, como un manto áureo de amor y vida.


Advenimiento - ilustración digital

VÍCTIMA MÚLTIPLE

Jash era un asesino. Algo peculiar, pero un asesino.

La primera vez que mató a Elisa fue la Nochevieja del 68.
Era la cajera del supermercado de su barrio. 

Cada vez que Jash coincidía con ella al pagar la compra, Elisa le miraba de forma burlona, o se mostraba grosera con él, o descortés, o le explotaba globos de chicle en las narices.

La odiaba. Jamás había odiado a nadie más en el mundo.

Un día, decidió seguirla para averiguar dónde vivía.

Y en la Nochevieja, cuando regresaba de festejarla con sus amigas,  en un tramo solitario del parque, la abordó ataviado con un disfraz y máscara de diablo.

Le obligó a desnudarse para humillarla mientras le relataba los motivos por los que iba a matarla. Elisa no paraba de llorar y suplicar.

A la mañana siguiente un corredor descubrió el cadáver.

Jash pasó la peor noche de su vida. No salió de su casa durante tres interminables días.

Al fin, muerto de miedo, entró en el supermercado. Temió que todos le reconocerían como el asesino de Elisa, pero nadie le prestó atención. Compró leche y pan y se puso en la cola de la caja tras cinco clientes. Le temblaban las manos. Cuando casi llegaba su turno, se fijó en la cajera y se mareó. Una rubia que masticaba chicle despachaba a una señora y de repente se le quedó mirando. ¡Era Elisa! ¡Imposible!

Elisa volvió a tratarle con desprecio y Jash planeó y ejecutó su muerte desde aquel día cientos de veces más. Hasta que ya no le quedaba odio, ni rencor. Y una noche, cuando Elisa gritaba de terror esperando que el hacha cayera sobre ella, Jash, agotado, dejó caer el arma al suelo de la cocina, y se sentó en las baldosas murmurando: "No puedo más".

Elisa había dejado de gritar, se agachó frente a él, le levantó la barbilla con el índice, le miró a los ojos con odio y le preguntó:

  -Entonces, ¿no me vas a asesinar más veces, pedazo de mierda?

Jash lloriqueaba y la miró. Apenas vio caerle el hacha en la frente una y otra vez.

A la mañana siguiente, Elisa estaba trabajando en el supermercado. El uniforme ocultaba la sangre seca de Jash que aún salpicaba su cuerpo. Miró hacia la puerta y empezó a reír a carcajadas salvajes.

Jash estaba de pie en la puerta de apertura automática, que rebotaba contra su cuerpo, con el hacha hundida en la cabeza y una enorme sonrisa en su cara de gilipollas múltiple.


Víctima múltiple - ilustración digital



viernes, 17 de marzo de 2017

La Matamoscas

El edificio de 6 plantas estaba libre de moscas. 

La vecina del primero, la Matadora, recorría todos los días las 6 plantas con su matamoscas de estrecho mango de alambre rematado por una pala rectangular con rejilla de plástico verde: Su arma de destrucción masiva.

En su ansia exterminadora había golpeado con saña al vecino del 4º cuyos ojos saltones y su boquita de pitillo provocaba sus bajos instintos.

La comunidad la soportaba por interés. Así que se encerraban en sus casas hasta que la exterminadora finalizaba su ronda insecticida. Jamás encontraban cadáveres. Alguien difundió el rumor de que se las comía.

¡Plis! ¡Plas! era una batalla despiadada en la que siempre vencía la raza humana.

Un día, la Matadora no hizo su ronda. A la semana de inactividad, los vecinos llamaron a la policía.

La policía avisó a los bomberos que derribaron la puerta. Un olor melífluo les invadió el cerebro a todos. Incontables criaderos de moscas colgaban del techo, de las paredes, cubriendo todo el espacio de la casa.

Entraron a gatas en el cuarto principal y allí se toparon con la Matadora en estado de pupa, palpitando sobre la cama. Sobre ella, un moscón gigante con un poderoso parecido al vecino del 4º, revoloteaba sobre ella amorosamente.

La Matamoscas

Hay ocasiones

Hay ocasiones en las que busco el vacío, en las que necesito arrasar la mesa y dejarla completamente limpia para centrarme y empezar de cero. Borrar con ansiedad la pizarra atestada hasta el límite de anotaciones, fórmulas, tópicos, máximas, chistes, improperios y al fin observarla despejada.

Hay ocasiones en las que anhelo pasear de noche sin rumbo por la ciudad, perderme en un bosque tupido en el que no haya nada conocido, sentarme durante un tiempo sin tiempo en un banco de piedra frente al océano con las manos en los bolsillos y las piernas estiradas y un pie sobre otro pie y la visera de la gorra tapándome las ideas, las fantasías, los recuerdos que me devuelven el dolor.

Hay ocasiones en las que no quiero más que tumbarme en la hierba sin otra cosa de la que preocuparme que estar bien, sentir el frescor de la brisa o el sol bailando sobre mi cara.

Y no por eso todo. Ni nada. Ni nunca. Ni ahora.

Y no por eso tú, ni yo, ni ayer.

Y no por eso, mañana.

Descanso en la hierba

martes, 7 de marzo de 2017

La sirena perdida

María creció entre desperdicios, rodeada de miseria y sin embargo hermosa. Jamás acudió al colegio, nunca leyó un cuento o un libro. Se pasaba el día jugando con los otros niños al escondite entre los escombros, o en los arbustos cerca de la playa.

Un día, siendo ya adolescente, se besaba con un chico arropada por los largos cabellos anaranjados de las dunas, cuando le llamó la atención un chapoteo en las olas que se espumaban en la orilla.

Se sorprendió al ver una gran pez dando saltos fuera de la superficie y entrando en el agua emitiendo un sonido dulcemente melodioso.

Le pareció que exhibía una larga melena de brillos azulados y que las escamas de sus caderas destellaban al sol como pepitas de oro.

Esa imagen le embargó tanto, que se desentendió del chico, corrió hasta la orilla, entró en el agua y nadó torpemente unos metros buscando a aquella bellísima criatura sin conseguirlo.

Volvía nadando a la arena cuando un tirón la hundió y notó un beso pulposo en sus labios y pinchazos en su cintura.

Mucho se habló de aquello en el barrio.

María enfermó. Su cuerpo se fue cubriendo de escamas y sus piernas se unieron en una delicada cola de pez. Su familia la ocultó en un cuartucho, con un cubo de agua y un cazo hasta que murió emitiendo gritos que semejaban cánticos. 

Con el tiempo, el barrio fue abandonado por sus habitantes. Los muros de las casas se desconchaban o derrumbaban.

En un cuartucho derruido, una pared a la vista de cualquiera, mostraba una extraña silueta: los restos de María se habían quedado adheridos a ella y su figura pisciforme se recortaba sobre el yeso.

Durante muchos años, los vecinos se refirieron a ella, como la sirena cautiva. O desgarrada. O condenada.


La sirena de los suburbios - fotografía tomada de una pared en el barrio de El Cabañal, y algo retocada por mí (poco) digitalmente.


viernes, 3 de marzo de 2017

Qué triste hacerse viejo

Qué triste hacerse viejo 
Anciana sentada - ilustración digital
cuando cada año que pasa 
te deja un poco más solo, 
cuando de tus ramas 
caen las hojas una a una 
con cada amigo que muere, 
con cada amor que extrañas. 

Qué triste hacerse viejo 
cuando ya no hay quien acompañe
tus tardes al sol, 
cuando el camino de regreso a casa 
se hace inacabable 
y deseas caer de bruces 
y ya no volver a levantarte.

Qué triste hacerse viejo 
cuando las manos arrugadas 
de un recién nacido 
asaltan tu memoria 
y se convierten en las tuyas. 
Cuando la tarde anaranjada, 
enrojece tu rostro 
y tu alma llora. 
Cuando miras el poniente 
buscando un rayo de esperanza, 
o la sombra de tus muertos 
ofreciéndote un abrazo 
que dure más 
que una huidiza mirada, 
o que un suspiro, 
o que un sueño.

Qué triste hacerse viejo solo, 
sin ningún consuelo, 
sin ninguna compaña.


Y la Muerte tomó vida

Y la Muerte cobró vida para tocarla como sólo un ser vivo puede tocar a otro, como sólo la piel humana puede sentir la ternura de la carne que vibra con la sola expectativa de un contacto furtivo, que tiembla bajo la mano que la acaricia con pasión y deseo irrefrenable. 



Desnuda de espaldas - 30x42cm - Técnica mixta sobre papel