Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.

(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )


jueves, 22 de septiembre de 2016

Remordimiento angelical

Él no buscaba ser un ángel. Y mucho menos un ángel vengador. A él lo que le gustaba era cantar. Se sentía a gusto en el coro de los serafines. Pero no podía ser. Desafinaba, y Gabriel le enmudeció para siempre.

En el cielo a cada uno le asignan un cometido. El suyo era vengar el oprobio cometido contra los inocentes. Lo cual no le desagradaba del todo. De hecho, él mismo se consideraba víctima de su jefe. Y esa circunstancia le dio el punto que necesitaba para realizar su trabajo: la rabia. Sus mandobles cortaban cabezas, cercenaban piernas y brazos hasta destruir la maldad al ritmo de "Santo, Santo, Santo es el Señor". 

Sin embargo, al acabar la matanza, se sentía culpable. ¿Porqué tenía que ser él? ¿Merecía tamaño castigo no saber cantar? Sabía que no era libre, y que el remordimiento le perseguiría el resto de su singular eternidad. Miró hacia abajo donde sus homónimos caídos se reían de él. Agachó la cabeza, apretó los puños y tarareó en su mente una melodía mientras esperaba impaciente su siguiente encargo.



La extraña pareja

¡Cómo si el amor pudiera escoger! En no pocas ocasiones veo una parejita que se arrumacan, agarrados del brazo, engatusados y sin embargo, a pesar del embelesado besuqueo me digo a mí mismo: ¡Qué extraña pareja!



El corazón de la ciudad

Su corazón tiene tres válvulas y ellas marcan el ritmo de los latidos. 

Una es verde, como la pulpa de un kiwi inmaduro. 

Otra es naranja, la menos duradera, transitoria, casi prescindible. 

La tercera es roja, como las lágrimas de la granada, roja como las mejillas de un niño, como una herida abierta que nunca para de verter promesas de una vida mejor.

Y cuando cesa la sangría, una pausa naranja se apodera de ella y la esperanza parece reinar todopoderosa de nuevo. Pero es un espejismo. El verde se evapora y la herida vuelve a abrirse para después cerrarse, y abrirse... Y millones de parpadeos verdes, naranjas y rojos bailan la predecible danza de la vida y la muerte de la ciudad.



lunes, 12 de septiembre de 2016

La lectora de cartas

Era su bien más valioso. Ese puñado de cartas desgastadas, amarillentas, releídas incontables veces, siempre junto a su mesita de noche, apenas iluminado por la tímida luz de la lamparilla, la anclaba al pasado como una descomunal losa que la asfixiaba. Y no obstante, les quitaba la goma que las mantenía unidas, y en ritual ceremonia, las releía de la primera a la última sentada junto a la ventana hasta que la luz del día se hacía insuficiente y su memoria sustituía a sus ojos.

Aquella mañana, recién levantada, aún desnuda, se sentó junto a la ventana cerrada de su cuarto, abrió las cortinas y desplegó las cartas por orden cronológico sobre la mesa. Le dio un sorbo al café mientras decidía con cuál de ellas deleitarse: aquella en que le declaraba su amor, o ésa en la que le prometía envejecer a su lado, o con la que le hacía reír tanto...

Antes de decidirlo, y sin reparar en el espantoso viento de poniente que doblaba los árboles de la alameda, abrió de par en par las hojas de la ventana. Las cartas volaron golpeadas por una mano gigante, batieron sus alas como palomas liberadas de un agónico cautiverio. Ella, espantada, lanzó un grito de horror y salió corriendo de casa, saltó de dos en dos los escalones hasta la calle y persiguió las cartas como una enajenada. Nada le ataba al presente, porque su presente era su pasado, y su pasado se escapaba furioso por calles y parques, por esquinas y sumideros.

Apenas dos hojas de cientos acabaron estrujadas entre sus dedos. No sabía si volver a su casa o quedarse llorando sobre el asfalto empedrado. No tuvo que decidir. Sus manos, su boca, todo su cuerpo se transformó de pronto en miles de cartas nunca escritas, en declaraciones y poemas, en secretos y confidencias que jamás se atrevió a garabatear sobre el papel. Y desapareció entre las nubes viajeras de aquel verano ventoso y cruel que puso punto final, al fin, a su existencia tejida de ayeres.




¿Viene o va?

¿Viene o va? La miro de reojo. Cabizbaja, pensativa, la espalda hacia adelante, los pies retraídos, las manos juntas y ocultas, la mirada perdida, la tez pálida... Dejo de mirarla, no quiero parecer indiscreto. Observo a mi izquierda las luces de algunos turismos y otros autobuses. Me parece ver quieto en un semáforo a alguien conocido. Pero no, no era. Mi curiosidad regresa al interior y carraspeo. Con el rabillo del ojo intento de nuevo observarla. Quizás su gesto ha cambiado. Pero me sorprende descubrir el asiento vacío. Me sale un chasquido de fastidio. ¿Iba o venía?
Es tarde. Me he quedado vacío, en la última parada. Mañana volverá la vida a entrar y salir por mis puertas. A ir y venir, quizás volver o a desaparecer para siempre.


Amanecer en la playa

Una de esas visitas inaplazables para las que no hace falta sacar una entrada, ni pedir cita, ni anotar en la agenda, ni contratar un guía. Andar plácidamente por la orilla de la playa cuando aún puedes avistar estrellas y planetas como puntos luminosos y ver alzarse el telón celeste sobre la línea del horizonte. Y bajo el escenario, elevándose majestuosamente al actor de actores, el gran astro rey, que con gesto solemne nos advierte de lo bello que es vivir. De lo que bello que es soñar.


Esclavo

Nació esclavo. Le fue fácil. No conocía otro modo de vivir. 

Fuera de los límites de su esclavitud no conocía nada. Las figuras que se paseaban por las paredes eran sombras sin ningún volumen, eran como el humo, inaprensibles. Por eso, cuando soltaron sus grilletes se quedó quieto. 

Cuando le animaron a andar fuera de la oscuridad de su hábitat, retrocedía. No escuchar los grilletes con cada paso que daba le asustaba. 

Las líneas que marcaba la luz del sol en el suelo se le antojaban un muro infranqueable. La falta de libertad se había integrado en su piel de tal forma que le dolían los ojos, se le agrietaban los labios. Pero no había escapatoria, sería libre, aunque ese estado para él se pareciera mucho a la muerte.