Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss
Bienvenidos a mi blog. Todas las imágenes y los textos del blog son de mi única y absoluta autoría para el disfrute de quien sepa apreciarlo.
(Para quienes sólo quieran ver mis obras pictóricas, las encontraréis aquí http://raultamaritmartinez.blogspot.com.es/ )
domingo, 27 de noviembre de 2011
sábado, 26 de noviembre de 2011
El sireno enamorado
En el agua, junto a unos arrecifes, mientras se bañaba, ella le vio bajo el agua. Un sireno espléndido, el sol refulgiendo en sus húmedas escamas.
Un día, ella le convenció con gestos de que saliera del agua. Lo cogió de la mano y lo adentró en la arena pedregosa de una solitaria cala.
El color dorado de sus cabellos y esos ojos grises y profundos la enamoraron instantáneamente.
El también se enamoró y muchos días nadaron juntos en las aguas frías de la costa.
Un día, ella le convenció con gestos de que saliera del agua. Lo cogió de la mano y lo adentró en la arena pedregosa de una solitaria cala.
Al llegar a un rincón acogedor él la miró un instante y lentamente cerró los ojos, abriendo y cerrando espasmódicamente las hendidas membranas del cuello.
Cuando hubo muerto asfixiado, ella acarició tiernamente su piel azul, su sexo de color verde esmeralda y después de posar un beso húmedo en su boca salada, con un cuchillo separó de los hombros la cabeza reclinada en su regazo. Arrastró el cuerpo al mar y le dijo adiós moviendo dulcemente los dedos de la mano.
En un bolso marrón con empedradura multicolor introdujo la cabeza agarrándola por los rizos dorados, sonrió y anduvo alegremente hasta su casa junto al acantilado, donde le aguardaba su magnífica colección de cabezas azules.
P.D.: Como podéis comprobar la imagen es para despistar jajaja.
El largo camino
Veo un camino que se pierde en el horizonte, justo donde cae herido el sol cada tarde. Y mis pies están recorriéndolo en solitario.
Detrás, he dejado partes de mí, aquí y allá. Esparcidas como hojas marchitas.
Miro mis manos y contemplo su vacío. No hay agua en sus palmas, no hay otras manos.
El viento me toca con sus fríos dedos la cara, y me arranca lágrimas muertas que ruedan huecas hasta mi boca.
Todo empezará de nuevo cuando dé un paso.
Tú contemplarás mi adiós en silencio. Tu rumbo… ya no coincide con el mío. Éste que andábamos juntos y que ya no compartes. Has roto tu amor por mí. Has roto mi amor por ti.
Detrás, he dejado partes de mí, aquí y allá. Esparcidas como hojas marchitas.
Miro mis manos y contemplo su vacío. No hay agua en sus palmas, no hay otras manos.
El viento me toca con sus fríos dedos la cara, y me arranca lágrimas muertas que ruedan huecas hasta mi boca.
Todo empezará de nuevo cuando dé un paso.
Todo acabará de nuevo cuando inicie otra vez el camino, solo.
¿Se puede morir de amor?, ¿se puede morir de desamor?Tú contemplarás mi adiós en silencio. Tu rumbo… ya no coincide con el mío. Éste que andábamos juntos y que ya no compartes. Has roto tu amor por mí. Has roto mi amor por ti.
Parece muy triste y solitario el camino. Una vez más.
Pero ¿quién sabe? Quizás otra tú una a los míos sus pasos y vuelva a sentirme vivo.
Otra vez.
lunes, 3 de octubre de 2011
FROZEN WINGS
Antes de que llegue la noche eterna, mientras la tibia luminosidad de los atardeceres suaviza los bordes quebradizos del hielo sobre la tierra, la dureza de los vientos del norte golpea sin descanso la rígida figura que languidece prisionera del tiempo.
Algunas estrellas refulgen en el cielo, azules, como la hueca mirada del ángel, azules como sus alas sin destino, como sus dedos, en otro tiempo trémulos extendiéndose en el aire, esperando una mano que le arranque de su destierro.
Atrás quedaron los intentos por salvarla. Era menuda, era bella. Su risa recorría como un rayo las llanuras de escarcha cuando la alegría llenaba sus entrañas. Era la hija de la luz y de la noche, la hija de las nubes y las auroras.
Y la raptó una jauría de demonios que trotaba embrutecida por el mundo.
Nunca se volvió a saber de ella. El eco de sus carcajadas infantiles flotó en los corazones de quienes la quisieron durante décadas, hasta que el olvido la cubrió con tormentas de nieve sin fin.
Sólo su ángel permanece en pié, señalando el sitio donde el cuerpecito convertido en estrellas de plata dormía su sueño eterno. Su ángel, cuya profunda tristeza le llevó a arrancarse los ojos en pago por su fracaso.
El hueco de las cuencas era el vacío que su descuido había dejado en el fondo de su corazón. Y aún sigue esperando a quien enjugue las lágrimas heladas que recorren sus mejillas.
Ahora, que no es más que un ángel sólo, herido…, la sombra de un ángel sin alma.
Gracias a la inestimable colaboración de la gran ilustradora Alicia Tamarit (mi hija, para más datos :-D) que me ha cedido el uso de su bellísima obra Frozen Wings, y que además me ha sugerido la idea para el texto que le acompaña. ¡Muchos besos, artista!
martes, 12 de julio de 2011
El ascensor
Es algo cotidiano. Todos los días subo y bajo en el ascensor de mi finca.
Ocurrió hace unos días por primera vez.
Hay dos sótanos donde están los garajes.
A mediodía, subí con mi perro, un shihtzu, al ascensor. Como siempre pulsé el piso 35, se cerraron los paneles metálicos extensibles y vi cómo el botón 35 se apagó. Insistí varias veces pero el pulsador no me obedecía.
Entonces empezó el ascensor a ponerse en marcha y sentí una rara sensación en el estómago. Normalmente es un ascensor muy rápido. Pero en esta ocasión no subió. Descendió. Y el descenso fue extrañamente lento, muy ralentizado.
Mi perro me miró desde abajo con ojitos preocupados y yo me limité a hacerle un gesto tranquilizador.
Seguíamos bajando, muy lentamente.
Un -1 apareció en el visor. Y seguimos bajando. Yo empecé a sentirme algo nervioso y los gemidos de mi perro no ayudaban. Le chisté.
-No pasa nada.
-2. El ascensor se detuvo.
Los paneles plegables se abrieron. La puerta del segundo sótano, pintada de rojo caldera, con un cristal biselado que dejaba adivinar si al otro lado había luz… o no, permaneció inmóvil.
Yo esperé que alguien abriera la puerta desde el otro lado, algún vecino que había dejado su coche y había pulsado, quizás, antes que yo la llamada del ascensor.
Pero nadie abrió la puerta, el cristal biselado de la ventanilla permanecía sumido en la oscuridad. “Al otro lado no hay nadie” pensé. Pulsé de nuevo el piso 35, puede que con más fuerza de la necesaria. Pasaron los segundos y no nos movíamos. Oí unos ruidos al otro lado. Me pareció un carro de la compra, como esos que hay en las grandes superficies, sin lubricar. Chocó contra algo, quizás una pared.
Apoyé la mano sobre la puerta para darle un empujoncito y ver si al cerrarse de nuevo el ascensor se ponía en marcha, pero sentí un temor irracional y me quedé con la mano en el aire. De repente la puerta plegable empezó a cerrarse.
A golpes, con irritante lentitud. Y arrancó. Mi perro se movía inquieto por todo el ascensor. Empezó el ascenso. -1, 0, 1… por fin subíamos a casa.
No fue más que una anécdota. No hubo nada, no pasó nada. Y sin embargo…
Pero hoy ha vuelto a pasar. He vuelto del trabajo muy tarde. Las luces de la ciudad están iluminando las vidas y milagros del mundo. Muy cansado, con muchas ganas de llegar a casa y relajarme.
He pulsado como siempre mi piso, el 35. El ascensor ha iniciado su marcha con un sobresalto y ha empezado a bajar. No podía creérmelo. “Esta vez tiene que ser un vecino. Seguro” He pensado.
Volvía a ocurrir. Bajaba muy, muy lentamente. -1, -2. Golpe. Se detuvo. Se plegaron los paneles. La puerta roja apareció a mi vista. Nadie abría. Al otro lado del cristal, oscuridad. De repente un aullido. O me pareció un aullido. Unas risas nerviosas y un grito. Empecé a sudar. Golpeé el pulsador 35, una y mil veces. El ascensor seguía allí parado, sin hacer caso a mis órdenes. Alguien pasó por delante del cristal.
-¿¡Hay alguien ahí!?
Risas.
Un ruido estremecedor recorrió la otra parte de la puerta como unas uñas que la arañaran y se rompieran por el camino.
-¡joder!
Una tenue luz amarillenta se quedó pegada al cristal de la puerta y di un salto hacia atrás. No era una luz: parpadeó. Era un ojo enorme, el iris vertical giraba sobre sí mismo y se detenía. Enseguida desapareció entre ruidos de arrastre. No había sitio en el puto ascensor para esconderse ni huir. Intenté agarrar los paneles y obligarles a cerrarse, para poner una barrera entre lo que fuera que había al otro lado y yo. Pero me retiré de repente. La puerta roja se estaba abriendo, apenas una rendija. Ahí no pude aguantarlo más y grité. No me oí, pero estoy seguro de que grité. Los paneles por fin se empezaron a cerrar. El ascensor subió lentamente hasta el entresuelo y adquirió la velocidad acostumbrada hasta mi piso.
Aún estoy temblando, con la mano en el teléfono, decidiendo si llamar al 112 o dejarlo correr. Quizás sólo ha sido fruto de mi imaginación.
Lo auténticamente jodido será que no creo que suba al ascensor sólo nunca más. O subir y bajar por las escaleras. ¿Qué si no? Mi perro me está mirando y ha tragado saliva. Creo que ha adivinado lo que estoy pensando.
Tomatltiuacán
Recogían tomates. Cientos, miles, millones de tomates.
Un día se dieron cuenta de que los tomates enrojecían sus manos, sus caras. Después vieron cómo la piel se les secaba, cómo los huesos afloraban a la superficie, cómo las cuencas de los ojos se les vaciaban.
Por fin, sobrevenía la locura y la muerte.
Mientras tanto, los tomates resplandecían al sol, brillando con su embrujo en los ojos enfermizos de los humanos.
Los tomates se multiplicaban extraordinariamente. Los que habían sido ya arrancados de las ramas crecían, evolucionaban, alimentándose de la sangre que absorbían a sus antiguos enemigos.
Así fue cómo los humanos fueron dominados y así es como nuestra raza sobrevive hasta hoy.
(Extractado de "Lección de Historia para brotes y esquejes")
Me pasaba muy a menudo y me creaba cierta desazón. Cuando estaba cerca de ella mi piel reverdecía con húmedas gotitas surcándome la cara. ¡Era tan hermosa! Tan redondita, con esa tonalidad bermeja llena de salud y juventud que reblandecía mis semillas como barro bajo la lluvia. El corte de mi tallo y sus pedúnculos vibraban, temblaban, se erizaban cuando mi amada frotaba su cuerpo con el mío. Pero la pasión desbocada, en ocasiones, no nos lleva a nada bueno. Ya me lo decía mi madre. ¡Controla tus instintos hijo mío! Pero no pude. Le dí un abrazo tan efusivo que, mi amor, mi gran amor, me explotó en la cara cubriéndome por completo de pulpa. Aproveché, entre sollozos, para relamerme sus restos y guardar para siempre un ácido y sentido recuerdo de ella. ¡Chop!
lunes, 11 de julio de 2011
El asesino
El compositor estrujó el cigarrillo contra el cenicero hasta conseguir apagarlo por completo y respiró profundamente la última espiral de humo que avanzaba lentamente en su ascensión. Se dio ánimos a sí mismo y estirándose la chaqueta empezó a andar entre dudas que le hacían sudar a cada paso.
Entró en la habitación. El "Requiem" sonaba llenando todo el espacio.
Su mujer se encontraba desnuda, tumbada sobre las sábanas revueltas. Se incorporó asustada cubriéndose instintivamente al ver la cara desencajada de su marido.
El músico saltó sobre ella.
Todavía poseído por la ira, arrojó al suelo el cuchillo que hacía unos segundos buscaba incansable el amor traicionado.
Se dirigió a la puerta y giró la cara para mirar por última vez su cuerpo sin vida. La música parecía retumbar en las paredes.
Salió de la habitación con parsimonia, entró en la biblioteca, sacó del primer cajón de su mesa de trabajo un revólver y tanteó suavemente el gatillo con el dedo índice. Alzó la pistola hasta la altura de sus ojos. Ni siquiera se preocupó de apuntar bien. Y sin apenas pensarlo, con los ojos muy abiertos, disparó: una, dos, tres, hasta cuatro veces, y el cristal del retrato saltó hecho pedazos en el aire.
Con los ojos humedecidos de rabia y el olor a pólvora embotando sus sentidos se regodeó del resultado de su acción. Entre cristales rotos, con el "Requiem" aún tronando, le miraba el aborrecible retrato del gran Wolfgang Amadeus Mozart: el invencible amante de su esposa.
(¿Hola? Perdón por entrar en el tema. No puedo hablar muy alto, ¿me escuchan? Vamos a ver, comento. Una vez eliminada la parte emocional del asunto, me parece que el tío está muy grillao... sí, ¡el marido! El complejo de inferioridad respecto a un genio de la música, inalcanzable, y sobre todo ¡muerto hace cientos de años! es el auténtico desencadenante de una acción tan brutal. Y digo yo, ¿porqué te has dedicado a la música? ¿porqué no te has metido en el mundillo del hampa para así poder dar rienda suelta a tus fobias, a tus desequilibrios mentales? No señor, no. Te casas, con una melómana, sin comprobar antes que tienes un competidor insuperable, y encima la culpabilizas y la matas, ¡con saña! ¿Y el después? ¿Has pensado en la recogida? ¡Claro! ¡La de los cristales, la sangre, la ropa, las sábanas, la leche, las hostias? Bueno, la leche no. En todo caso la malaaaaaaa. A propósito. Decidle al dibujante que se ha confundido. La mata en la habitación con un cuchillo y lueeeeego mata a "Mozart" en la biblio con una pistola. Si no es así, corregidme. ¿Y que quién soy yo? Jajaja, joder, ¡pues el amante de verdad, el de carne y hueso que sigue meado encima y debajo de la cama cagaadoo de mieeedooo!)
Autor: Raúl Tamarit Martínez
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