Bien ve ni dooooooooooossssssssssssss

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viernes, 8 de noviembre de 2019

Flor de la laguna

Amparo recorría las orillas de los arrozales, los caminos polvorientos, las veredas de cañizos que amurallaban los canales de aguas tranquilas y llenas de vida.

Se paró sobre una compuerta de la acequia que regaba los campos del tío Pep, ahora de sus herederos después de que lo encontraran muerto, medio hundido en las aguas poco profundas de los campos anegados y reverdecidos.

Un escalofrío le provocó un temblor en la ceja izquierda, justo en la cicatriz.

Se subió el vestido para ponerse en cuclillas y acariciar las yerbas que crecían salvajes junto al agua.

La luz del sol se apagaba deprisa y adivinó la silueta de dos hombres que venían desde el fondo del camino en silencio. Arrastraban los pies y cuando estaban a su altura le hicieron un gesto de saludo con la cabeza que Amparo repitió.

Las chicharras se quejaban del calor y algunas garzas emprendían el vuelo a otros rincones de la laguna. Amparo disfrutó de su lento aleteo y la imagen que dibujaban sus esbeltos cuerpos sobre el disco perfecto de la luna llena.

Cuando Amparo estuvo segura de estar completamente sola, metió el brazo hasta el codo en la acequia y sonrió al notar con los dedos aquello que buscaba en el fango. Limpió con agua de la superficie la bolsa de plástico, deshizo el nudo y sacó de ella una pequeña cajita de madera. Suspiró antes de abrirla. En su interior, un anillo de oro con una piedra carmesí que irradiaba destellos de sangre. Contemplándola se le humedecieron los ojos.

Flor de la laguna - 29,7x21cm - lápiz y tinta
Aquella noche lejana se parecía a ésta. Una noche luminosa en la que sus sueños parecían hacerse realidad. Ella en lo mejor de su madurez y enamorada. Le llegó tarde la emoción de las citas a escondidas entre los cañaverales, las primeras caricias que ardían como soles en la oscuridad, las dulces palabras de amor que caracoleaban en sus oídos y explotaban en su mente. Nunca había sentido nada como esto, ni su imaginación le había advertido apenas de su magnitud. Pero Pep le descubrió otros mundos en su propio interior, mundos que dormían en su corazón y en sus entrañas.

Aquella noche él le regaló el anillo. Amparo tocó otra vez el grabado interior: "Amparo y Pep" y un corazón.

Volvió a guardarlo en la cajita, lo envolvió en una bolsa nueva de cierre más seguro, lo hundió de nuevo en el fango, en un hueco de la pared de piedra de la acequia y lo aseguró con un pesado pedrusco.

Volvería otro día a aquel lugar, donde Pep accidentalmente tropezó en una de esas veces que se volteaba para decirle adiós y cayó golpeándose fatídicamente en la nuca contra la trampilla de piedra.

Aquella noche Pep no volvió a casa con su mujer y sus tres hijos.

Aquella noche, Pep la pasó en los brazos de Amparo hasta que los primeros rayos del alba volvieron a encender el verde oleaje de los arrozales.

Autor: Raúl Tamarit Martínez




Rosa tronchada

Cuando la rosa percibió cercano el filo de las tijeras que había cortado el tallo de sus hermanas, juntó sus pétalos y tembló casi imperceptiblemente.

La anciana que abrazaba el manojo de flores detuvo la acción del corte de repente. Su extrema sensibilidad había podido observar ese movimiento defensivo de la planta justo a tiempo.

Con enorme tristeza dejó las tijeras sobre la tierra, se ajustó las gafas y se acercó cuanto pudo a la flor temblorosa. Una congoja que no pudo dominar se apoderó de ella. Paseó sus dedos sobre el húmedo tallo esmeralda, como si acariciara a una mascota.

Algo cambió en ella. Algo que le produjo una drástica metamorfosis conceptual. Se sintió sucia, malvada, cruel, hasta que rompió a llorar delante de la flor.

Nunca más cortó un tallo, ni lo permitió hacer a sus empleados en los cinco viveros que explotaba en la provincia.

Los despidió a todos y cerró el negocio.

Ligó su propia vida a la subsistencia de la flor que la convirtió en otro ser.

Se sentó en una silla de mimbre junto a la planta y acompasó sus latidos a la caída de los pétalos de la rosa. Cuando la flor inclinó la cabeza adornada de pétalos secos, también el cuello de la anciana se dobló dejando caer suavemente la barbilla sobre el pecho.

Sus hijos las enterraron juntas sin escatimar en gastos.

Aunque, en su bienintencionada ignorancia, cubrieron el panteón de miles de agonizantes cadáveres de flor recién cortada, en honor a la madre que los parió.

Autor: Raúl Tamarit Martínez

fotografía propia retocada "Rosa tronchada"

45 minutos

45 minutos-21x29,7cm-Dibujo pastel blanco
(inspirado en fotografía de Brassai)
Eligieron aquella esquina de la calle para citarse porque fue ahí donde sus manos se reconocieron en la intención de tocar las mismas flores. Justo donde ahora, el destino se retuerce entre las sombras y la luz se escabulle por las grietas de aquella amarga noche.
Viviane se estremece mientras espera a Laura. Oye pasos al fondo de la calle y observa con nerviosismo, pero el eco desaparece. Cuarenta y cinco minutos. Aparecerá. Le prometió que vendría. Aún le quedaba una oportunidad. Da una calada al cigarrillo y echa la cabeza atrás. Ve un reflejo en los límites del cielo que sobresale de la miseria.
Laura aparece tras ella, silenciosa como una voluta de bruma. Se miran atentamente a los ojos. Apenas reconocen en ellos a las personas que eran cuando se conocieron.
Laura toca con delicadeza la mano de Viviane hasta que la suelta abruptamente. No quería mostrar debilidad. Debían despedirse para siempre. Pero Viviane la arrastró hasta la zona en sombra y la besó con desesperación. Laura la apartó:
-¡Basta! -Sacó un espejito del bolso y se limpió los rastros de pintalabios con un pañuelo. Viviane sollozaba.- Ni se te ocurra aparecer de nuevo en mi vida. -se ajustó el sombrero y echó a andar a toda prisa calle arriba sin mirar atrás.
Viviane, apoyada en la persiana de la floristería, logró recomponerse. La frustración la consumía. Guardaba una ínfima esperanza de que Laura reconsiderara su decisión de casarse con aquél hombre rudo pero adinerado, a pesar de que le provocaba asco.
Respiró profundamente antes de arrastrar los pies calle abajo. Sus hijos y su marido estarían preocupados por ella. Al menos, le quedaba eso. El amor de su familia. Aunque esa noche, sin la más mínima duda, los habría sacrificado sin parpadear a los pies de su amada.





Salvado

Me juré que nunca movería un dedo por ayudarle.

El muy cabrón me hizo la vida imposible desde que llegué al campamento.

Nos obligaba a patrullar como ratas cada noche por el laberinto de trincheras repleto de cadáveres y excrementos.

Nunca le vi pegar un ojo. Hubiera jurado que el sargento estaba convencido de que si le sorprendíamos dormido acabaríamos con él a machetazos. Y quizás habría sido así, pero no se presentó la ocasión.

Sin embargo, a pesar de ser tan cabrón, comía la misma mierda que nosotros, caminaba siempre el primero, cogía la pala y cavaba como todos y sangraba sangre roja en vez del tarquín que imaginaba recorrer sus venas.

Nunca se quejaba de sus heridas y miraba con asco al que lo hacía con las suyas.

No sé porqué, yo creía que me tenía una ojeriza especial, que estaba demasiado pendiente de mis errores, de mis cabreos y de mis momentos de oscuridad más amargos.

Pasé por situaciones en las que sinceramente me daba igual estar vivo o muerto. Se me nublaban los ojos con el humo de la pólvora, el polvo embarrado que me cubría todo el cuerpo junto con restos de piel y carne que se adherían a mi uniforme.

El último día que pasé en el frente fue uno de esos. Llevábamos varios días sin comer, bebiendo la lluvia que recogíamos en nuestros cascos cuando empezó el bombardeo. Todo parecía saltar por los aires: sacos, brazos, piernas, armas, botas. Solo me quedaba permanecer acurrucado, rezando para que el siguiente obús no me cayera en la cabeza. Pero no recé lo suficiente. Salí despedido contra una de las paredes de la trinchera y reboté como un saco de patatas.

Pensé que ese era mi final y vi a mi madre sujetarme la cara y besarme, y a mi padre gritarme detrás de ella. "¡Levántate joder! ¡No me seas llorica! ¡Levanta el culo de una vez y pórtate como un hombre!" Pero esta vez no podía obedecerle: "¡Perdóname papá, esta vez no puedo, esta vez no puedo!"

Desde el suelo, solo alcanzaba a ver el horror de mis compañeros destrozados a mi alrededor. Ya no podía ver la imagen de mi madre pero sí la de mi padre venir hasta mí gritándome, insultándome, agachándose para cargar mi cuerpo inerme sobre sus hombros y correr entre los restos, parándose con las explosiones, volver a cargar conmigo con cada caída.
Salvado-29,7x21cm-Dibujo a tinta y lápiz
(inspirado en fotografía de la IGM)

Logró sacarme de allí y ponerme a salvo.

Cuando recobré el conocimiento alguien me dijo que el puto sargento me había salvado la vida, que lo hizo con alguno más del pelotón hasta que lo perdieron de vista entre la humareda y las alambradas.

Pero yo no me creo que ese malnacido haya sido capaz de hacer eso por mí. Yo no habría movido ni un dedo por él.

Por lo que a mí respecta, me salvó mi padre, porque me quería tanto, me amaba hasta tal punto que al verme moribundo, se levantó de su tumba y acudió a mi rescate caminando entre los muertos.

Autor: Raúl Tamarit Martínez




Negra es la noche

El 14 de abril de 1971, teníamos 11 años. Eran las nueve de la tarde en la finca que tenían tus padres en las afueras de la capital, en pleno campo. Las plantaciones de tomates, alcachofas y cebollas rodeaban la finca.

Tu madre le describía entre lágrimas esa misma noche a la policía la ropa que llevabas puesta.

A mí no pudieron sacarme ni una sola palabra. Estaba en shock, con las pupilas dilatadas, la respiración acelerada, y quemaduras en las manos y en la cara. Solo acertaba a señalarles el cielo cuando me preguntaban por ti.

Nadie me creyó entonces y pasados cincuenta años ni yo mismo creía ya que hubiera pasado, hasta hoy.

Reconocí tu voz en mi cabeza, la misma que tenías de niña. Me confirmaste que lo que recuerdo de aquel día es cierto, que jugamos a El Escondite y yo debía descubrir tu escondrijo. Que te habías ocultado en la cebollera, junto a la acequia, y cuando me acercaba sigilosamente, un poderoso haz de luz atravesó el techo de la alargada estructura.


Negra es la noche - ilustración digital
Te estabas elevando como una paloma, con los brazos extendidos y me viste mirándote pasmado. Grité tu nombre y corrí hacia ti. Salté y alcancé a agarrarte de una pierna. Un intenso calor me levantó la piel de las manos y de la cara, cegándome. Seguí gritando hasta que caí sobre el campo de cebollas desde donde vi tu ascensión estupefacto, hasta perderte de vista.

En todo este tiempo de reflexión se me han pasado infinidad de ideas alocadas por la cabeza. He pensado que quizás tú no eras humana y vinieron a rescatarte, o a comprobar la evolución de tu ADN mixto, o que los anunakis se habían fijado en esos inmensos ojos tuyos, brillantes, ilusionados, alegres y querían copiarlos, crear nuevos seres así como tú, de ojos profundamente bellos.

También pensé que quizás no fue cosa de alienígenas, sino el mismísimo dios creador quien te capturó, o que eras un ángel caído por accidente y recuperado a toda prisa en una misión de rescate suicida... o que creíste que era buena idea esconderte en algún lugar del Universo donde me fuera difícil hallarte y así ganar el juego... (aquí he tenido que dejar de escribir esto para tragar saliva y contener la emoción)..., y si es así, si tanto lo deseabas ya te aseguro yo que has ganado, que puedes volver cuando quieras y así seguiremos jugando como dos niños.

Pero permíteme que hagamos una mínima variación: cambiaremos el juego de El Escondite por el de La Oca. Y en cada tirada de dados nos besaremos tantas veces como el dado nos sugiera, y en cada Puente que nos lleve a la Posada recuperaremos el tiempo perdido, y nos amaremos deprisa, y despacio, y deprisa. En el Pozo, en el Laberinto y en la Cárcel, haremos del amor una novedosa entelequia hasta que la Calavera nos devuelva al principio de todo, a cuando nuestras caras infantiles se miraban fijamente y parpadeábamos sueños con cada latido.

Autor: Raúl Tamarit Martínez



Duelo final

Jurgh resollaba. Las heridas de bala supuraban sangre. Pero no sentía dolor. La rabia no le dejaba espacio para sentirlo.
Desde que giró con su coche en dirección a la urbanización no había parado de matar; cosa extraordinaria en él. Sus propios compañeros bromeaban diciendo que su pistola y la funda eran de plástico porque jamás le habían visto empuñarla.
Nada más parar en el puesto de control y darle al guardia de la caseta el nombre de la persona que venía a ver, observó sorprendido cómo le cambió el gesto. Lo vio desaparecer bajo la ventanilla y reaparecer con un arma con la que encañonó al policía a la cara. Jurgh tuvo la fortuna de su parte. El arma se encasquilló y desde su incómoda posición al volante, agarró la muñeca del vigilante y le partió el codo en el filo de la ventanilla al tiempo que sacó su arma y le disparó en la cara.
Dos disparos de francotirador impactaron en el techo del vehículo y aceleró quemando neumático llevándose la barrera por delante. Enfiló por la carretera interior que como una serpiente subía hasta la cima de la meseta donde supuso que estaría la casa del tal Rudolf Planette. Cuando llegó arriba le esperaban tres matones que liquidó en orden de más alto a más bajo, como a los patitos en una feria, aunque le dejaron la carrocería como un colador y una bala en un hombro.
La sangre le recorría las venas a toda velocidad y otra herida en el costado le quemaba más de lo que habría esperado.
Recorrió el camino empedrado con los siete enanitos a un lado y Blancanieves ruborizada en el otro, hasta la puerta principal de aquella puta mansión. Otro matón abrió de golpe la puerta y le disparó volándole media oreja. Jurgh le atravesó la garganta con un disparo y un ojo con otro. Antes de entrar en la casa le propinó una patada al cadáver crujiéndole las costillas.
Enfrente tenía un espacio enorme, suelo de mármol y una doble escalera victoriana con mampostería de madera de cerezo.
Imagen: Duelo final - ilustración digital
Decidió subir por la derecha y a mitad de camino otro matón bajaba corriendo y disparándole por la de la izquierda. Sin cubrirse, Jurgh le dio en el estómago haciéndole rodar pintando de rojo doce escalones. Él se llevó en la refriega un impacto en el muslo derecho.
Empujó las puertas del dormitorio principal y entró cojeando en la habitación. En la cama, una joven rubia horrorizada, se cubría hasta la garganta y con mano temblorosa le señaló al policía una puerta. Jurgh le hizo un gesto y la chica huyó escaleras abajo.
El agente abrió la puerta del baño y se encontró a un anciano en el suelo, desnudo, excepto por unos calcetines negros de Calvin Klein, despeinado y con pintalabios corrido por toda la cara, gimoteando y suplicando por su vida.
Jurgh se lo quedó mirando fijamente, se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó una documentación.
-¿Rudolf Planette?
El anciano asintió compulsivamente.
-Tenga, esto es suyo. Se lo dejó olvidado en la comisaría, -Jurgh le tiró el pasaporte a la cara y le vació el resto del cargador en el pecho- ...hijo de puta.






Arua o La Gran Ola

Arua oteaba el horizonte como cada atardecer.

En una conversación de ancianas escuchó que desde allí vendría la gran ola, la que lo destruiría todo.

Su novio la tomaba por loca. Sus padres y sus amigas la tomaban por loca. Así que al cabo de algún tiempo dejó de acudir a la escollera.

Imagen: A vista de gaviota-ilustración digital
El tiempo transcurrió rápido, y ya anciana, en una de esas reuniones en las que se habla de todo, las amigas que la tomaron por loca cuando Arua era joven, sacaron el tema. La gran ola aparecería por el horizonte y se los tragaría a todos. Lo decían los curanderos, lo contaban adornándolo de monstruos y criaturas espeluznantes los marineros, hasta el clérigo en sus homilías se atrevía a darle verosimilitud a la fábula.

Pero esa noche, en la única taberna que quedaba en pie junto al embarcadero, Arua no estaba de humor. Había perdido a sus padres y hermanos hacía varios años. Su marido murió de disentería en sus brazos. Y hacía pocas semanas, su hija, su hijita del alma se había suicidado lanzándose de cabeza contra las rocas del acantilado.

Estaba sola. Vieja y sola. Así que cuando empezaron las cinco ancianas a relatar los terribles efectos que una ola gigantesca tendría sobre el pueblo, Arua pegó un puñetazo sobre la mesa y les gritó:

-¡Sois un atajo de brujas amargadas! ¡Tuve que sufrir vuestras burlas cuando era una niña por creer en ese cuento absurdo de la ola que nos arrasaría! ¡¿Y ahora?! ¡Ahora silbáis como culebras ponzoñosas que era verdad! ¡No tenéis vergüenza!

Las cinco se quedaron pasmadas mirándola. Arua bajó el volumen de su arenga y la voz se le quebró:

-¿Es que no os dais cuenta? Esa ola está en nuestras cabezas golpeándonos desde siempre, llevándose en su resaca nuestras vidas. ¡Me ha arrebatado a mi hija, a mi marido...! -se paró un momento para tragar saliva- ¡Me ha arrancado el alma a pedazos!

Arua se levantó de la silla con dolor y salió de la destartalada taberna arrastrando los pies. Cuando cerró la puerta tras ella, en el interior el tabernero miró a las cinco mujeres que permanecían en silencio e hizo un gesto de desaprobación con la cabeza.

En otra mesa, dos hombres apuraban su último trago cuando empezó el ruido. Primero se oía lejano. Pero enseguida el estruendo se acrecentó y la montaña de agua cayó sobre ellos como una antigua maldición.

Autor: Raúl Tamarit Martínez